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Las musas de la historia

SOTILEZA

Las musas de la historia

Las mujeres fueron el reflejo más fiel de los cambios estéticos y sociales en la evolución del arte que, como en la lírica, ha retratado a las musas encorsetadas a la actualidad del momento

03.02.12 - 01:09 -
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Las musas de la historia
Las mujeres estaban presentes en imágenes antes de ser descritas, antes de que se narrara sobre ellas y antes de que ellas mismas tomaran la palabra». Estas palabras del historiador francés Georges Duby alzan el telón que descubre a las grandes protagonistas de gran parte de las obras de arte.
Ellas, amantes y amadas, fueron las musas inspiradoras de grandes genios, a la par que adalides de la belleza y sus cambios estéticos según el curso del tiempo.
De la belleza espiritual con formas poco marcadas y una pureza destilada y sin adornos se pasó a unos pechos generosos que auguraban unos cuerpos en los que las redondeces marcaban la sexualidad hasta entonces oculta. Las mujeres enjoyadas, con miriñaques y cuidados recogidos, dieron paso a las jóvenes y deportistas que comulgaban más con la delgadez ya impuesta con el siglo XX y la nueva movilidad femenina, como bien muestra el libro 'Mujeres admiradas, mujeres bellas', de Karin Sagner, editado por Maeva.
Aún así, el siglo pasado y este hacen que la mujer oscile entre los ideales andróginos de los años 20 y la exuberancia a lo Marilyn Monroe, icono que parece no pasar nunca de moda.
¡Por los pelos!
En el cabello se refleja, en cierto modo, la liberación de la mujer y la conquista de su espacio. Hasta ahora, pocas épocas han permitido a la mujer mostrar el cabello suelto y 'despeinado' por su vinculación erótica -la imaginación puede llevar de esa imagen a la de ella en una cama-. Un mandato claramente masculino y aceptado por las féminas.
De ahí que retratos como el de la emperatriz Isabel de Austria, de Franz Xaver Winterhalter, fueran concebidos únicamente para deleite del esposo. En este caso, Francisco José I encerró el cuadro en sus aposentos privados. Un cabello como el de su Sissi, fruto de cepillados de tres horas diarias, eran un tesoro que debía permanecer guardado.
Más motivos para esconder su pelo tenían las pelirrojas, a las que en la Edad Media tildaban de viciosas, e incluso de brujas, que fueron mostradas por los prerrafaelitas como mujeres peligrosas para los hombres -de ahí la cantidad de Evas o Salomés con ese color de cabello- y que en el siglo XIX eran ya auténticas 'femmes fatales'.
Así en 'Lady Lilith', cuadro que recuerda a la primera mujer de Adán según la tradición judía, Dante Gabriel Rossetti utilizó la imagen de su amante y modelo Fanny Cornforth, una bella mujer de pelo largo, ondulado y cobrizo que era tan rebelde y ambicionaba tanto la libertad como la Lilith expulsada del Paraíso.
Pero esa deseada independencia se fue conquistando y, en los felices años 20, se hacía alarde de ella mostrando a las mujeres modernas fumando, con el pelo a lo 'garçon' y los labios bien marcados por un rojo intenso -por fin la barra de labios se convertía en un símbolo de emancipación femenina y no fálico y dejaba atrás motes como el de 'salchichitas', impuesto en 1883 cuando se presentó en sociedad-. Ellas ya ejercían actividades profesionales que las permitían llevar una existencia autónoma, si bien seguía habiendo mujeres marginadas por ser prostitutas, bebedoras. Fruto de todo ello nacieron obras como 'Muñecas aburridas', de Jeanne Mammen, una pintora que deseaba mostrar la ambivalencia de la vida de la mujer moderna y el amor sáfico.
El deseo sexual
«Me ha gustado tomar una esposa que no se ruborice cuando me ve empuñar el pincel», escribió Rubens de su segunda mujer, Elena Fourment. Retratada en 'Desnudo con abrigo de pieles', ella aparece como una Venus de pecho generoso, formas opulentas y esa mirada de confianza que reflejaban la certeza de las palabras de su marido.
A través de los ojos de ellos, las mujeres mostraban aquello que los hombres más deseaban. Uno de los 'objetos' preferidos, sobre todo durante la corte de Luis XV, fueron las nalgas, que se cuidaban con polvos, perfumes y aceites. Es justamente esa parte del cuerpo, amén de la postura boca abajo y con las piernas abiertas, la que protagoniza el retrato de la concubina Louise O'Murphy realizado por François Boucher.
Sin remontarse tan atrás, y en plena independencia femenina, hubo espaldas desnudas que causaron estragos. Una de ellas fue la de Kiki de Montparnasse, musa convertida en un deseado instrumento que aún hoy muchos desearían tocar, 'El violín de Ingres'. Modelo de Man Ray, Calder, Chagall o Modigliani, Alice Prin, que era como se llamaba, fue una mujer provocativa, alegre, seductora y sensual -todo lo que en los años 20 se podía esperar de una musa en París- que vivió su libertad siendo pintora, cantante, escritora y solo famosa por ser musa y amiga de casi todos los grandes artistas del momento. «Kiki reinó en esta era de Montparnasse con mucha más fuerza de la que nunca fue capaz la reina Victoria a lo largo de toda su existencia», escribió Hemingway.
De un modo u otro, a lo largo del tiempo las mujeres fueron tomando las riendas y recuperando posiciones. Fue así como pintoras de la talla de Berthe Morisot o Zinaida Serebriakova nos dejaron obras sobre rituales matutinos de belleza femeninos en los que no había erotismo ni alusiones mitológicas. Únicamente, mujeres que peinaban sus cabellos y daban rubor a sus mejillas.
Con nombre de mujer
No sólo en el arte la figura de la mujer ha sido y es objeto de fuerte inspiración. La ópera es otro ejemplo relevante. Tardaron en poder cantar sobre el escenario pero cuando lo hicieron quedó claro que el género estaba pensado para ellas. Música y libreto giraban en tono a la heroína, ya fuera trágica, romántica o liberadora. El papel que los compositores han concedido a la mujer en las tramas operísticas ha sufrido un largo y profundo proceso de transformación a lo largo de tiempo. El Medievo aceptó sin preguntas la ausencia de voces femeninas en los templos. «Que las mujeres guarden silencio en las iglesias», escribió San Pablo a los Corintios. Esta idea la mantuvo a rajatabla la Iglesia Católica, ya en el Renacimiento, con la prohibición de que actuaran las mujeres en la Capilla Sixtina y en los espectáculos públicos de los Estados Pontificios. Fue la era de los 'castratti', un reinado que se mantuvo hasta el siglo XIX, pese a que las mujeres para entonces ya se situaban en el centro de la escena. Alessandro Moreschi, considerado el último de su estirpe, murió en 1922.
En el libro 'Las mujeres y la ópera', recientemente aparecida su traducción en España por la editorial LID, Hélène Seydoux traza un interesante análisis histórico sobre el papel que se le ha encomendado a la mujer en el género lírico. Además, vincula estas consideraciones y roles con las situaciones sociales y políticas de cada momento. Al final Seydoux se queda con tres prototipos femeninos: Carmen, Elektra y Ariadna.
Damas y criadas
Pero antes de llegar a ellas hay que hablar de Mozart, de Verdi, de Wagner... El genio de Salzburgo quiso mucho a las mujeres y así lo demuestra en la mayoría de sus obras. En ellas, según señala Seydoux, están las damas a las que la educación de la época les impone la resignación y luego las doncellas que no temen a los hombres. «Un hombre vale lo mismo que otro, porque ninguno vale nada» dice la Despina de 'Così fan tute'. En el 'El rapto en el serrallo', Mozart rinde homenaje a la mujer libre y en 'Las bodas de Fígaro' hace que la razón, esta vez gracias a la lucidez de la criada Susana, enderece esta complicada historia. No es extraño pues que todas esas obras se consideraran atrevidas con la llegada del periodo romántico, una etapa en la que las mujeres van a sufrir mucho en la ópera, de hecho se mueren casi siembre. Tienen que ser buenas hijas, buenas compañeras, llenas de valores cristianos; vamos, todo un drama de vida.
Wagner, misógino donde los haya, no puede evitar tratar a sus heroínas según su forma de pensar, que en parte es la de su tiempo. Son al mismo tiempos ángeles y demonios, son la madre o la puta. Para los personajes wagnerianos el amar y ser amados se siente más bien como una desgracia. Conocer la vida privada de Wagner tal vez nos pueda ayudar a comprender la complejidad del personaje de Kundry ('Parsifal').
Seydoux plantea ¿quiénes son las heroínas de Verdi? y se responde a sí misma: «No tiene mucho sentido la pregunta ya que parece más apegado en describir las pasiones que explorar en el alma de sus héroes y heroínas. Todas son mujeres atormentadas, pero también fuertes y combativas».
Los cambios
En los últimos años del XIX ocurre el cambio: la ópera se hace moderna y con ella sus personajes. Desde 'Carmen', que se estrena el 3 de marzo de 1875, hasta 'Lulú', la ópera 'bomba' de Alban Berg, que lo hace el 2 de junio de 1937, aparecen Salomé, Tosca, Elektra, Turandot, Jenufa, etc. Pese al evidente gran paso dado, todavía chirrían muchas cosas en algunas de estas heroínas. Tosca, por ejemplo, arrastrándose a los pies del malvado Scarpia poco antes de asesinarlo o Turandot aceptando el destino final de 'ser poseída'. No extraña que Nuria Espert, en la magnífica versión que hizo de la ópera de Puccini, dejara abierta la puerta a un suicidio liberador a la princesa.
Pero ¿por qué la autora se fija en Carmen, Ariadna y Elektra? Lo razona en que la primera constituye, según su opinión, la heroína libre por antonomasia, la segunda aglutina el mundo del sentimiento y la tercera el de la política.
En la gitana sevillana destaca algo ya sabido: encarna al individuo libre. El corazón de Carmen tiene razones que su moral no condena. Además, decide sus actos hasta la muerte, una opción de la que no goza don José. Seydoux presenta a la protagonista de la ópera de Bizet como la antítesis del 'Don Giovanni' mozartiano. Lo cierto es que se ha convertido en un mito, ¿excesivo? -o no-, de la mujer moderna, alejada del éxito social y de lo convencional.
Strauss hizo en 'Elektra' una ópera de mujeres, tres mujeres que se enfrentarán. Clitemnestra es la madre, la reina, la dueña del poder político. Y sus dos hijas Elektra, la rebelde que renuncia a todo para cumplir un destino de venganza, y finalmente la Crisótemis que acepta su destino de mujer alejada del poder. Es la tragedia griega en estado puro.
La Ariadna de Paul Dukas, según Seydoux, tiene la fuerza de mantener el pulso con Barbazul desde el primer momento. A este personaje, que era el arquetipo de mujer abandonada, en 'Ariadna y Barbazul', el compositor francés lo convierte en «una mujer triunfadora de la noche, radiante, realista y sentimental». Esta heroína, poco conocida en los escenarios líricos, demuestra a la perfección, según su creador, que «uno solo se libera por sí mismo».
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