Su primera noción artística la considera «anecdótica». Se remonta a cuando apenas tenía cuatro años: «La mujer del padrino de mi padre era una pintora de Guadalajara y recuerdo estar en su estudio y rodeado de cuadros. Me quedé impactado». Pero insiste, «eso es anecdótico». Salvador Carretero (Gijón, 1959), licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Valladolid y director del MAS desde 1990, apenas concede tregua al componente romántico de los recuerdos. Aquello, dice, no le marcó. Siempre tuvo claro a qué quería dedicarse: «con 16 años trabajaba colgando cuadros en una galería de arte de Gijón mientras estudiaba bachillerato». Ahora bien, el olor de la trementina que rezuma la memoria de aquel estudio manchego parece haber dejado un rastro, el que sigue la rutina y el esfuerzo de su día a día en el museo de la calle Rubio de Santander: «El estudio, el trabajo, lo que hago a diario... Es la base de toda una vida». Comisario de casi 200 exposiciones en el MAS y en el extranjero, se siente un «privilegiado» por dedicarse a lo que siempre ha querido. Lo hace desde el 8 de enero de 1990, cuando sacó por concurso su plaza como director del entonces Museo de Bellas Artes de Santander. Abraza en su rutina la versatilidad y el carácter poliédrico de su trabajo, «la posibilidad perpetua de plantear preguntas y de reconocernos, desde el interior, para que cada cual descubra su propio itinerario». Y en ese periplo no esconde su orgullo por la «evolución sostenible del MAS a todos los niveles, de la 'Travesía' -así se denomina la exposición con los fondos de la colección- llevada a cabo durante estos años, abrazada social y mayoritariamente con una inteligente naturalidad, fundamentada en un sólido proyecto museográfico». Cada vez «más exigente» con los artistas que ha visto y a los que le gustaría ver en el museo, define el MAS como «un referente de arte moderno y contemporáneo en el centro de Santander», aunque haya quienes aún no lo conozcan: «Si seguimos ofertando expocolecciones con una narrativa de amplia interpretación y actividades de diferente calado, los que aún no lo conocen terminarán accediendo a él». En su despacho, rodeado de pequeños detalles como figuritas o playmobils, «regalos todos de amigos íntimos», dirige el rumbo de la pinacoteca con el convencimiento de que no podría vivir «alejado del arte por su riqueza, transversalidad de disciplinas y géneros, y por su flujo identitario». Con su trayectoria como atalaya, mira a la bahía de Santander a la espera del Centro Botín: «Todo crecerá a su alrededor de forma natural, incluido el MAS, por las sinergias lógicas. Y como nunca nos hemos solapado en nuestras propuestas, el beneficio que obtendremos del Centro Botín, como ciudadanos y como institución, será espléndido». ::