AJosé María le da igual que nadie le llame por su nombre. Tampoco le importa que todos usen uno de mujer cuando se cruzan con él. Porque José María para Santander es Tea y Tea para José María es más que una madre. Y es que el resultado de esa ecuación es una vida entre frutas en un lugar enraizado en la intrahistoria más pura de la ciudad. «Desde nueve meses antes de nacer yo ya estaba por el Mercado de la Esperanza».
La biografía de uno es la de los dos y, por eso, es imposible separarlas. Dorotea García está a punto de cumplir los 97. Era la pequeña de seis hermanos. En Cueto aún les llaman 'los correas'. «Es que mi abuelo era muy trabajador. Decían que tenía mucha 'correa' y se quedó con Emilio 'Correas'», cuenta su hijo. Vivían en el Barrio Fumoril, donde estaba el lavadero. Desde allí bajaban en burra con lo que cultivaban, con queso, leche, pollos... A Tea le tocaba quedarse en el mercado guardando el sitio mientras los mayores subían y bajaban con el género. Tenía siete años y, de tanto esperar, allí se quedó para siempre. Primero, por fuera, y ya en 1940 dentro de la plaza. En 1950 ocupó el puesto que ahora regenta José María. Cerca de una puerta. Se ponía periódicos bajo la ropa porque entraba corriente.
Fue la única de la saga que unió su vida a la de la fruta. Tanto que se casó con otro frutero de La Esperanza. Porque sus hermanos mayores se fueron 'colocando' en otra cosa. «Uno montó el Bar Torreón, otro el hotel Costa Brava, El Caserío...». Todo en Cueto (allí sigue viviendo Dorotea). Así que la señora pasó la guerra civil, los tiempos de escasez y la historia de España detrás del mostrador de la Plaza. Tuvo dos hijas (una de ellas es la que lleva el comercio del mismo nombre en el Mercado de México) y un hijo y es justo ahí cuando empieza la historia de José María Lagunilla. Su vida está ligada al puesto. De crío jugaba a las chapas y a la peonza en lo que ahora es el techo del aparcamiento subterráneo. Cuando empezó a 'mocear' y algún sábado había juerga -en 'El Pistón' o 'El Caracol'-, la mañana del domingo no había excusa buena para no estar cortando acelgas o repollos.
Hizo el bachiller nocturno en el Pereda porque de día había que echar un cable. Y pronto aprendió el oficio. A vender y a comprar. Porque lo suyo era recorrerse la provincia por los mercados para traer el producto. «Había que ir a buscar género a los pueblos. Traerlo todo directamente nosotros para poder ponerlo más barato». Cuando iba en tren a por ajos a Herrera de Pisuerga llevaba la mano pegada al bolsillo. «Pasabas miedo viajando con dinero». Por eso, los 18 y el carné de conducir tuvieron más sentido. «A por nueces a Potes, a por patatas a Valderredible...». «Dicen que la vaca hay que comprarla en la feria y venderla en casa. Es difícil luchar en su propio terreno».
Del mostrador al reparto
Se casó con Inés a los treinta y, aunque ella había estudiado Magisterio, acabó en el puesto (ahora doble, porque compraron el de al lado). Hoy en día venden también legumbres y con el matrimonio colabora Elba Maza desde hace ya 27 años. Tienen dos hijos pero no esperan -ni quieren- que sigan con el negocio. Es duro. Tea (José María) no apea la bata. La blanca en el mercado y la azul cuando sale a hacer repartos. Porque la ciudad le conoce tras el mostrador y, casi más, al volante de una furgoneta que va y viene a todas horas.
«Cuando los barrenderos me ven vestido normal dando un paseo me dicen que ya es hora». Más de una vez le han saludado a media noche cargando un saco de patatas. Pero a él le gusta lo que hace. Por eso repite cada cierto tiempo eso de «si no quieres ser ni gorda ni fea, compre su fruta en Tea». Esas frases sólo se escuchan en el Mercado de la Esperanza.