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En estos momentos de zozobra económica, el meollo de la cuestión en España consiste en apretar la tuerca del endeudamiento, tanto como sea posible pero sin llegar a romper el tornillo de la actividad. Ambos problemas, endeudamiento y atasco, conforman el núcleo duro de nuestras dificultades y se entrelazan para complicar la solución. En efecto, cuanto más reduzcamos el déficit público y menor sea la presencia en el mercado de las distintas administraciones, más contraeremos la actividad que necesitamos para crecer y crear empleo.
Embridar el déficit es una exigencia exterior, impuesta por nuestros financiadores, y un requisito previo en el interior para que el crédito fluya hacia el sector privado, de forma que el Estado pueda actuar con decisión. Eso es evidente. Pero también lo es que la situación del empleo es tan lamentable que no podemos esperar sentados, viendo como destruimos 9.000 puestos de trabajo al día. Por mucho que la economía sumergida aporte un poderoso calmante, y por más que el apoyo familiar solucione parte de los destrozos sociales que causa el paro, no podemos seguir así. Una estructura social que cuenta con menos de 17 millones de cotizantes a la Seguridad Social, más de tres de ellos empleados públicos, con otros cinco millones largos de parados y más de ocho millones de pensionistas, sencillamente no es sostenible. O borramos al menos tres millones de personas de las listas de parados del INEM y conseguimos transformarlas en cotizantes a la Seguridad Social, o este país carece de capacidad para sostener el andamiaje de bienestar que nos hemos dotado.
Si las reformas emprendidas hasta ahora por el nuevo Gobierno, en forma de límites al endeudamiento público y elevaciones en los tipos impositivos de las rentas medias/altas eran necesarias, la reforma laboral resulta imprescindible para desbloquear la situación del empleo. Y, después, tendremos que encarar más cosas. Algunas corresponden al Ejecutivo, como la fiscalidad de la inversión, la liberalización de los sectores intervenidos, el diseño global de una política energética consistente, la armonización de la pléyade de reglamentaciones autonómicas que rompen la unidad de mercado, la eficacia de las ayudas al I+D y a la exportación...
Pero quizás la más importante corresponde al conjunto de la sociedad. Si necesitamos tres millones de empleos, precisaremos antes crear más de 300.000 nuevos empresarios y esa es una tarea gigantesca que involucra a la calidad de la enseñanza y a la recuperación del prestigio social -si alguna vez lo tuvo- del emprendizaje. El camino no resulta sencillo, pero mientras Cristiano Ronaldo goce de mayor consideración social que Amancio Ortega es evidente que lo hemos equivocado. Vamos en la mala dirección.
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