«Papá, papá, el techo de la iglesia se está abriendo». No dio tiempo a más. Unos diez metros cuadrados de escayola y ladrillo cayeron a plomo sobre los feligreses congregados para festejar religiosamente a su patrona. Santa Águeda no había obrado un milagro sino que la bóveda principal de la iglesia de San Miguel, de Matamorosa, situada a ocho metros de altura, se había desplomado literalmente sobre ellos. Era la una y cuarto de la tarde y la misa estaba a punto de finalizar.
Juan Carlos Fernández, párroco de Matamorosa, y numerosos feligreses -las mujeres delante y los hombres detrás, como manda la tradición rural- estaban sentados «en oración, dando gracias a Dios», tras haber comulgado. El templo estaba en total silencio cuando, según coinciden todos los testigos, se escuchó un crujido. «Un tremendo estruendo», precisa el párroco. «Un ruido horrible», remacha otro.
Todos miraron hacia arriba y vieron cómo, literalmente, se les caía el templo encima. «Creíamos que no salíamos de allí». El cura párroco se echó las manos a la cabeza «y los feligreses comenzaron a gritar, a llorar, a salir despavoridos por las tres puertas de la iglesia». Todos no, porque un buen número de ellos se quedaron para ayudar a las seis vecinas sobre las que habían caído los cascotes y que estaban heridas.
«¡Dios mío!, ¡salid todos!», les instaba el alcalde de Campoo de Enmedio, Pedro Martínez, mientras los vecinos huían del templo por las tres puertas de escape. En la calle reinaba el miedo y la confusión de los vecinos, que pisaban la nieve blanca teñida de sangre y de pañuelos con los que habían intentado frenar las hemorragias.
Momento de caos y miedo
Los familiares y vecinos trataban de encontrarse unos a otros, para confirmar que no les había pasado nada. Rápidamente la noticia había corrido como un reguero de pólvora por todo el pueblo de 1.500 habitantes, y quienes no habían acudido a la Eucaristía, iban hacia el templo para ver lo que había pasado e intentar ayudar. «Fue el auténtico milagro que no haya habido muertos. Ha sido un momento horrible. Sólo hay que ver cómo han quedado los bancos de la iglesia», repetía ayer por tarde el párroco, aún con el susto metido en el cuerpo.
Marimar Ruiz, vecina de Bolmir, una mujer de 56 años, fue quien se llevó la peor parte. De hecho, es la única de las seis mujeres heridas que fue hospitalizada. «No me toquéis, no aguanto el dolor». Sangraba por la cabeza, la costaba respirar y ella misma fue quien se las arregló para sentarse en la silla que la sacaría después a la ambulancia ya que en ningún momento perdió la consciencia. A varias heridas las ayudaron a llegar hasta la sacristía, «con la cara cubierta de sangre, que aunque no fueran heridas graves, causaban una gran impresión», aumentando la sensación de tragedia que había sobrevolado sobre sus cabezas, y nunca mejor dicho.
A Santa Águeda se le conoce popularmente como 'La Celliscona' porque su celebración coincide con la peor climatología de Campoo. Ayer no había nada que celebrar. Por eso el alcalde procedió a suspender todos los actos festivos.