Que nadie se deje llevar por las apariencias y tampoco por las profundidades trascendentes. 'Promoción fantasma' puede llevar a engaño pero también simular su vitola de filme fallido. Pesando tanto las intenciones, casi siempre interesantes pero erróneas, como los atrevimientos, es un filme que puede encasillarse en su paródica intención y sin embargo poseer más sabiduría, más lucidez que la mayoría. Magníficamente interpretado, sin desvirtuar su etiqueta consumista, sabe introducir dosis de originalidad y sorpresa.
Javier Ruiz Caldera jugaba al póker descubierto en 'Spanish movie', con las cartas marcadas. Su facilidad para la caligrafía formal, sus ideas claras, eran encomiables. Aquí hay una vuelta de tuerca encubierta que quizás se queda a medio camino. La historia de estos estudiantes fantasmas atrapados en un instituto da para el golpe de gracia, la ocurrencia divertida, la demostración de que se manejan varios géneros con solvencia y cierto descaro. Lo que sucede es que no acaba de cuajar por previsible, especialmente el guion, tanta mixtura cachondo festiva. Ruiz Caldera mezcla tonos y registros, se muestra coherente, pero carece de acidez, de ironía en los tramos finales. El cineasta atiende a lo formal, nos subraya que posee capacidad para el estilo,y es verdad, pero nunca convierte ese material en personalidad. Al cineasta le vencen las ganas de gustar, la taquilla facilona frente al riesgo. Le puede la anécdota ocasional antes que primar la pasión. Y se muestra casi siempre atrapado en la ñoñería y cae en el encasillamiento argumental antes que en sacrificar la simpatía y volver a regodearse en la frescura, en un salvajismo que hubiese hecho del filme un punto y aparte.
Acostumbrado a un cine español constreñido, encasillado, agredido, envarado en ciertos acomplejamientos, 'Promoción fantasma' podría haber solventado todas esas etiquetas con un soplo más fresco a lo 'profesor chiflado'. Apoyado en un excelente, como casi siempre, Raúl Arévalo, el filme discurre en el filo de la navaja que determina mantenerse entre el homenaje, la ficción paródica y el pulso teen. Lo peor es que no acaba de soltarse y concede margen a los monólogos televisivos -el personaje psiquiatra de Joaquín Reyes es divertido pero atorado en lo catódico- y una banda sonora recurrente, bien ubicada pero dependiente. La historia de este profesor pardillo con toque sexto sentido que en demasiadas ocasiones ve muertos, posee tanta rigidez como frescura. A Ruiz Caldera le pierde el azucarado sentimentalismo que atraviesa este 'club de los ochenta' con maestro iniciático, propicio para la carcajada zombie, al que le falta algo de mordedura. El final significativo revela lo dicho. Prolonga lo previsible, se regodea en la excelencia coral y no se luce en lo contundente. Es como si el ectoplasma de Spielberg, cargado de anfetaminas, intentara convertir 'Agárrame esos fantasmas' en un 'Super 8' definitivamente sentimental.