Decir que la última novela de Auster es un libro de memorias no es decir nada ni es hacerle justicia porque se trata de lo menos parecido al género autobiográfico en lo que toca a su estilo y a su planteamiento 'argumental', a su estructura y a su enfoque temático. Paul Auster cuenta de su vida exactamente todo lo que no se suele contar en los libros de memorias, o sea cuenta lo que realmente interesa de él, lo esencial no como un humano ejemplar (que es lo frecuente) sino como un 'ejemplar humano', que es a lo que nadie se atreve entre otras cosas porque a nadie se le ocurre.
Y es que en lugar de justificar un libro sobre sí mismo con las opiniones que tiene sobre sus coetáneos o con las experiencias que pudieran darle lustre; en vez de usar el artificio literario para el maquillaje de su biografía, lo que Auster hace es usarlo para la desnudez, para confesar todo lo que se podía haber callado porque ocurrió de los ojos y de la piel para adentro. Unas memorias así, que rehuyen lo típicamente 'memorialístico' -la crónica social de autobombo que le pone bien a uno y mal al resto del género humano- sólo podían justificarse por el camino que el autor toma desde la primera página de este 'Diario de invierno'; desde la literatura pura y dura; desde un intimismo fisiológico que le hace mirarse y mirar al mundo como lo haría un personaje novelesco, en una audaz y natural segunda persona que convierte el texto en un ágil tuteo de Paul Auster con Paul Auster, con el que es y ha sido a lo largo de sesenta y cinco años.
De este modo nos encontramos con alguien que nos habla de una forma eficazmente narrativa de sus primeras heridas y cicatrices, de los accidentes de su infancia y de cómo se rasgó la cara con un clavo cuando jugaba con otro niño en unos grandes almacenes de Newark a los que le había llevado su madre para hacer unas compras; del cosido magistral que le hicieron en un servicio de urgencias, de otras cicatrices; de cómo se rompió más tarde las dos cejas o sufrió una fuerte afección en los ojos. De alguien, en suma, que nos interesa como criatura literaria y que experimenta literalmente en sus carnes como metáfora de la existencia toda esa fisiología que abarca de la niñez al presente.
La propia edad madura la advierte como la sensación de frío invernal al que hace referencia el título del libro, en el que incluso llega a hacer alusión a la «fenomenología de la respiración» que no es en absoluto gratuita y que resulta «en principio» chocante en un americano porque es típica de la novela europea que va de Proust al existencialismo. Digo «en principio» porque lo que va hacer Paul Auster es americanizar esa fenomenología de las sensaciones, darle el suspense y la intriga de un texto policíaco, de una suerte de 'trhiller' sensorial en el que las percepciones cobran un significado directamente relacionado con lo sustancial de la existencia, con lo moral, con los hechos y los sentimientos.
Al revés que el discurso hipocondríaco y solipsista de Guido Ceronetti en 'El silencio del cuerpo', el del 'Diario de invierno' se zambulle en todas las estaciones de la vida y nos brinda la «elocuencia del cuerpo» en la veintena de casas que ha ocupado y en un texto tan fragmentario como los aforismos de aquél, pero que da cuenta, contrariamente, de la realidad exterior, de una vida vivida intensamente y en la que tienen lugar los otros, las novias locas de su juventud; la chica de la que se enamoró pero que «estaba hecha para otras chicas» y en la que él se empeñaba en ver una leucemia cuando lo que de verdad padecía era un trastorno psicológico que la condujo a la anorexia; la hija pelirroja que lo habría hecho ya abuelo si su madre y él no hubieran decido abortar cuando eran muy jóvenes y que todavía le atormenta en ciertas madrugadas; la complicada y fracasada relación con la escritora Lydia Davis, su primera esposa, que tan pronto le quería como le dejaba de querer; su segundo matrimonio con la escritora Siri Hustvedt, con la que aún sigue unido y que representó un amor de madurez, el encuentro con una mujer de carne y hueso que no estaba dispuesta a dejarse reinventar por él.
Y, luego, la figura de su madre, la comprensión con la que habla de un divorcio que no estaba bien visto en la América de los cincuenta y que a él le privó de un hogar estable. La verdad es que es un doble privilegio leer una novela tan cálida y tan especial que nos llega a los lectores españoles antes que a los americanos.