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La tristeza de Karagandá

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La tristeza de Karagandá

10.02.12 - 00:55 -
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Además de los llamados niños de la guerra, que se repartieron por Inglaterra, Francia, Bélgica y Rusia, entre otros, la Guerra Civil de 1936 exportó a muchos ciudadanos españoles. Como es bien sabido, sobre todo en el caso de los infantes, unos no sabían ni a dónde iban, y todos creían que volverían en no más de unas semanas o meses. Entres los 4.506 españoles que fueron a Rusia, como documenta Secundino Serrano en su libro 'Españoles en el Gulag. Republicanos bajo el estalinismo', había de todo, incluso algunos desertores de la propia División Azul. A las guerras, como decía Gila, muchos van sin saber por qué, pero los republicanos españoles que fueron a Rusia, esos 190 republicanos de cuya tristísima vida nos documenta Serrano, fueron porque tenían eso que ahora no se conoce, ni se predica: un ideal. Creían que, al luchar con los rusos frente a Hitler, luchaban por la libertad del género humano. Berlanga, que, por cierto, se apuntó a la División Azul, en la creencia de que así podía redimir las penas de su padre republicano, un día nos dijo que eso sólo lo puede hacer alguien que tenga, a un tiempo, ideal y locura en suficiente dosis.
Cierto día, Secundino Serrano, que no es historiador del común, se encontró en el Archivo de Salamanca una carpeta en cuyo exterior aparecía esta enigmática inscripción: Karagandá. Dentro había noticia triste de las muy tristes vidas de 190 republicanos españoles, que fueron a Rusia creyendo que el comunismo era la salvación, y volvieron a España en 1950, repatriados por el régimen franquista al que habían combatido. Antes, habían pasado por el infierno de los campos de la intemperie, condenados a la mayor de las tristezas: el olvido. Al regreso a España, el franquismo les utilizó como arma de propaganda, alentando la idea perversa de que los rusos tenían cuernos y rabo. Pero es que los comunistas españoles también habían hecho ascos a sus camaradas, apestados sólo porque Stalin -como a tantos miles y millones de rusos y no rusos-, les había condenado al infierno por capricho, por maldad; porque Stalin quería pasar a la historia como lo que era: un canalla. Y los comunistas, durante mucho tiempo, se vendaron los ojos para no ver que el estalinismo fue un infierno, aquí, en la Tierra.
Secundino Serrano ha incorporado a la historia esas vidas llenas de tristeza, esas 190 memorias confundidas de ciudadanos que padecieron la doble tortura aplicada por Stalin, al verse, al mismo tiempo, despreciados como traidores por los suyos, y utilizados por el enemigo, al repatriarlos en 1950. Franco procuró darles trabajo y ganárselos no sabemos para qué causa. Lo ha dicho Serrano con precisión: «Españoles que marcharon a Rusia cantando el Himno de Riego y regresaron a España, quince años más tarde, en un barco donde se entonaba el Cara al Sol». Por eso no importa que Karagandá esté en Kazajstán. Será siempre un lugar en el País de la Tristeza.
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