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Da Vinci tiene un taller en Cantabria

Andrés Gutiérrez es capaz de hacer realidad curiosos proyectos

Da Vinci tiene un taller en Cantabria

12.02.12 - 00:28 -
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Andrés Rodríguez subido a la moto que ha fabricado por encargo de una productora./ Foto: Celedonio
Cuando le pidió al vendedor dos hélices recibió como respuesta una mirada cargada de mensaje. «¿Tú sabes cuánto cuestan?», le interrogaron. Los 3.000 euros de cada una no eran un problema. «¿Pero para qué quieres tú dos hélices?». La respuesta sí que descolocó a aquel tipo. «Para un coche». Andrés Rodríguez acabó acostumbrándose a que le trataran como a una especie de chalado. Pero su 'locura' -unido a años de trabajo y de aprendizaje- le han convertido en un fabricante capaz de colocar chasis en el Dakar, bicicletas imposibles en anuncios de televisión y diseñar coches tubulares para carreras por medio mundo. Si es posible diseñarlo, él puede hacerlo. Últimamente, algún empresario que no le dio importancia en su día le ha pedido consejo para vender sus productos en el extranjero. Porque su correo, en plena crisis, sigue recibiendo pedidos. Como el de aquel coche anfibio que le encargó un millonario algo excéntrico. Para eso eran las hélices.
Es difícil definir a este cántabro peculiar y emprendedor de 37 años. Le conocen profesionalmente por 'Doctor Charan'. Algo así como su nombre de guerra y el que puso a su empresa. En su página web se habla de «pasión por el mundo del motor y el espíritu de 'inventores'». Es una buena forma de empezar, pero se queda corta. Fabrica vehículos. Desde coches de carreras hasta tanques pasando por encargos especiales para anuncios, caprichos excéntricos, prototipos militares o motos destinadas a una secuencia de película. Pero también hace de unos contenedores viejos un apartamento de 30 metros cuadrados o una discoteca de dos plantas. Y más. Pinta bicicletas, proyecta peculiares ciudades... Lo que sea.
«Tenía catorce años y andaba con los coches todo el día haciendo trastadas y jugando con las ruedas. A los veinte tuve un accidente. Me di un golpe con uno de los que yo hacía y dio un giro mi manera de pensar. Decidí hacerlo, pero bien. Construir un producto mejor, seguro y de calidad». Es el principio de su historia. Fue estudiando lo que iba haciéndole falta. Automoción, algo de aeronáutica, diseño, soldadura, electrónica... También dirección deportiva y hasta el curso de patrón de embarcaciones. Un poco de todo. En Francia trabajó para un departamento de ingeniería. Iba tomando nota. Se marchó seis meses a Islandia para fabricar coches a 25 bajo cero, colaboró con equipos auxiliares de apoyo de Fórmula Uno y recorrió los circuitos de varios campeonatos internacionales. «Hasta adquirir los conocimientos suficientes para manejarme solo».
Una vida poco convencional requiere de un escenario poco convencional para desarrollarla. Por eso, sus primeros pinitos en un polígono industrial no le dejaron satisfecho. «Yo quería tener un taller diferente». Y tanto. «Me compré unos contenedores para almacenar y estudié las posibilidades. Era un mercado sin explotar». Andrés no sólo se 'hizo' un taller a su medida. Cada detalle es 'Made in' Andrés. Le apasionó el tema. Tanto que presentó un proyecto en el Reino Unido. Su idea, una ciudad de artesanos-artistas en contenedores basada en su propia experiencia, en la de personas que quieran crear un entorno de trabajo a su medida. Ganó el primer premio y tuvo la oportunidad de desplazarse a Londres, donde observó las técnicas de trabajo y amplió sus conocimientos. Ya tenía otra línea de negocio. Porque, desde entonces, ha convertido contenedores en discotecas, bares, almacenes, apartamentos o naves industriales. Una vivienda puede salir por 30.000 euros. Con todo. Un bar, por 54.000. «Llegamos un lunes a una explanada en Valencia. Había un letrero que anunciaba la inauguración de una discoteca el viernes. La gente del lugar se reía. No había nada. Pero la discoteca de dos plantas estaba ya de camino. Llegó el jueves y el día previsto estaba funcionando».
Y así, casi sin darse cuenta, ya puede presumir de haber fabricado ochenta coches y unos 270 chasis tubulares en su 'taller-container' (ha sido un colaborador habitual de Antonio Zanini, entre otros). Todo el proceso. «Desde el diseño del vehículo hasta la fabricación del pedal, de la palanca o la cerradura de la puerta. Todo a mano». Sin ir más lejos, es el autor de todos los vehículos actualmente participantes en las 'G Series Andros', unas carreras sobre hielo que se celebran en Andorra. «Allí montamos, además, talleres como éste para la logística». Sinergias.
Lo más sorprendente
Pero es que el éxito de sus trabajos empezó a reportarle otro tipo de encargos. «Por el taller han pasado ministros, dirigentes de empresas petrolíferas...». Así, en un vistazo de su catálogo aparecen prototipos mucho menos convencionales. Es la mejor forma de entender sus habilidades. «Un señor me pidió un coche de tipo militar. Cuando lo tenía a medio hacer apareció en el taller con un arma de largo alcance que costaba 90.000 euros. Quería que adaptara el arma al vehículo para cazar». De ahí, a ser un habitual de productoras de cine y televisión. De hecho, está pendiente de rematar una moto 'fantasmagórica' que luce en el taller. El manillar son unas cadenas y el carenado, un costillar. Como remate, una enorme cola de escorpión. Asusta. «A algunos amigos sí que les da un poco de miedo».
En otra ocasión le pidieron hacer realidad un vehículo que aparece en la película de animación 'Final Fantasy'. Algo increíble. Tenía los planos y todo listo para empezar. Al final, no hubo acuerdo. Dice que lo tiene «entre ceja y ceja». El que sí completó fue el 'anfibio' para un cliente privado. Un coche que pudiera ir por el agua. Lo compró un tipo con mucho dinero para llevárselo a África. Acudía todas las semanas a verle con un fajo de billetes para sufragar los gastos que iban surgiendo. No era problema de dinero (es el que pagó las hélices). Tampoco la moto rosa de aquella modelo rusa encaprichada de sus trabajos. Otro trabajo peculiar.
Con sigilo
Esa faceta está ahora en un segundo plano. Cada coche -el aspecto en el que centra su trabajo- le lleva unas seiscientas horas de tarea. Demasiado tiempo. Ese es también uno de los motivos de su sigilo a la hora de dar datos en torno a su ubicación. Trabaja en la zona occidental de Cantabria. Vale con eso. «Esto no es un escaparate y hay mucha gente que trata de ver qué haces, qué hay en los contenedores. No vendo directamente al público. Es un cliente que te tiene que buscar a ti y no al revés. Son productos muy selectos, no para todo el mundo, y te llaman constantemente para decirte que les gustaría venir a ver cómo trabajas, qué estás haciendo, conocer el taller...». La curiosidad no le permitiría centrarse. «Yo hago todo. No tengo secretaria... Por eso no puedo perder tanto tiempo».
En ese contexto, selecciona sus apariciones. La semana pasada tuvo a tres chicas de una productora belga grabando imágenes mientras trabajaba. En su día, manejó un par de ofertas para protagonizar uno de esos programas tipo 'American Chopper'. La crisis lo acabó frenando todo. Pero pedidos a él no le faltan. «A raíz de la crisis, trabajar en otras actividades me resulta más fácil. Antes no se fijaban en mí. Todo esto era una cosa de 'chalados', que pensaban que no le interesaba a nadie. Pero ahora han visto que funciona y que aquí hay futuro». De hecho, ya tiene en marcha un nuevo proyecto. Ha convertido otro container en una cabina de pintado de bicicletas. Casi es por afición (es un habitual de las pruebas ciclistas). Dará, incluso, trabajo a un pintor experto. A un autónomo de los varios que colaboran con él para rematar los pedidos.
Le va bien. No se queja. Ni siquiera cuando le vienen a pedir consejo los que le tomaron por loco. Los que pensaron que era un bicho raro con sus 'cachivaches' imposibles. Porque Andrés, el Doctor Charan, los sigue vendiendo cuando todos se quejan de que nadie compra.
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