Desde lo alto de la torre de la capilla, se descubre que Ciriego, en realidad, es una ciudad en miniatura. Un pequeño Santander del ultramundo, con su trazado urbanístico tan ordenado, su zona noble, su casco antiguo y sus barrios populares. Hay buenas familias y próceres; incluso esculturas celebrando a sus hijos predilectos -el Ciriego 'de toda la vida', vamos-. Hasta las calles tienen nombre aquí. Y el parque, su secreto ominoso: bajo el frondoso verde se oculta la vergüenza de las fosas comunes.
No está claro, eso sí, el número de almas que conforma su padrón, ni si las decisiones se toman en asamblea, en aquelarre o al dictado de la autoridad competente, que por fuerza ha de ser teocrática pues, que se sepa, hasta la fecha nadie ha alzado la voz en su contra ni dado un paso al frente para asumir el mando. Cierto que no hay demasiada vida social, pero el vecindario parece tranquilo, y no se recuerda ninguna revuelta ni levantamiento popular, ni siquiera protesta alguna, más allá de algún epitafio díscolo. Desconocemos si sufren la crisis, aunque el problema de la vivienda aún lo tienen por resolver, con un crecimiento constante de su población. Y es que, según anda hoy en día el metro cuadrado, ¿habrá nichos de protección oficial? No vaya a ser que tenga uno que pasarse también la muerte hipotecado.
Aunque lo que realmente impone es eso del panteón familiar. Y es que, diga lo que diga Jorge Manrique, eso de pasar la vida eterna entre mármoles tiene por fuerza que merecer la pena; si no, ¿a qué iban a dejarse nadie los ahorros en mausoleos, pudiendo fundírselo todo en noches locas y fuegos de artificio? Cierto que resultan un poco fríos, con tanta piedra y tanto hierro, pero visto que la estancia va a ser larga, siempre será mejor decantarse por materiales nobles, y diseños intemporales, que lo clásico nunca pasa de moda.
Pese a sus connotaciones luctuosas, no nos dejemos llevar a engaños: este paisaje, incluido el mortuorio, no es sino una celebración de la vida.
Nocturna, motorizada, urgida por la precariedad e incomodada por volantes y cambios de marcha, pero vida al fin y al cabo. De Ciriego al antiguo campo militar, cualquier recodo sirve a los amantes para entregarse a la pasión, sabedores de que esas tapias, por mucho que les aguarden, les sitúan aún en el reino de los vivos.
¿Qué hacer entonces sino apurar la vida, al abrigo de esos muros? Porque, como dice Manuel Arce: ¿los moradores de los panteones se habrán enterado de que se han muerto. para siempre?