El Vaticano sufre desde hace meses un inexplicable goteo de filtraciones que, al margen de las noticias que genera, describe un mezquino mundo interno de conspiraciones y zancadillas. La última, anteayer, ha disparado definitivamente las alarmas porque reúne rasgos nunca vistos. Se trata de una carta confidencial, como muchas aparecidas últimamente, en las que alguien informa a Benedicto XVI de una historia delirante que desemboca en un supuesto complot para acabar con su vida. Con el añadido de tácticas para la próxima sucesión del Papa. La trama parece más bien un chascarrillo salido de madre y el portavoz vaticano, Federico Lombardi, dijo que era «tan absurdo que no merece la pena tomarlo en serio». Pero admitió que el documento existe.
Ahí está lo grave. Primero, que haya cardenales que se entretengan en chivatazos y confabulaciones de nivel infantil. Segundo, el grado de insidias internas que revela. Pero lo peor de todo, lo inédito, es precisamente que ese papel, que fue entregado a la secretaría de Estado y luego al Papa, haya salido del Vaticano. Está claro que en el palacio apostólico hay quien hace lo posible, y a cualquier precio, aunque sea un enorme daño a la imagen de la Santa Sede, por desatar un terremoto. El objetivo parece ser el 'número dos', el secretario de Estado, Tarcisio Bertone, cuya gestión es muy criticada y a quien se acusa de un total desgobierno de la Curia. De hecho se suceden los rumores sobre su destitución por varios errores de bulto.
Éste es el turbio panorama que se encontrarán el próximo fin de semana los cardenales de todo el mundo, convocados a Roma para el consistorio de creación de nuevos purpurados. Quizá sea el momento de poner un poco de orden. Aunque, en la línea de las inquietudes de los anónimos, también puede convertirse en un ensayo de cónclave.
La historia de la última carta, fechada el 30 de diciembre, empieza con el cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos, de 82 años, retirado y autor de grandes meteduras de pata como el visto bueno a un lefebvriano nazi o la felicitación a un obispo francés que encubrió a un cura pederasta. Fue él quien entregó el texto, que en realidad es anónimo y escrito en alemán, y mantuvo una audiencia personal con Ratzinger sobre el asunto el 13 de enero. La misiva cotillea de un extraño viaje a China del arzobispo de Palermo, Paolo Romero, en noviembre en donde habría comentado que el Papa «morirá en los próximos doce meses», frase que alarmó a sus interlocutores al interpretar que se gestaba un atentado contra él. También habría dicho que Benedicto XVI «odia literalmente a Bertone» y prepara al nuevo cardenal de Milán, Angelo Scola, como su sucesor. Y Castrillón le fue con el cuento al Papa. Romeo, por su parte, ha desmentido haber dicho todas esas cosas, aunque no ha aclarado la razón de un viaje «privado» a China de cinco días.
En realidad, al margen de estos personajes secundarios, la mala uva de la filtración se dirige contra Bertone, lo que no es nuevo, pero también contra Scola, a quien se quiere empezar a quemar como posible candidato al papado tras la muerte de Ratzinger. No es un secreto que está en todas las quinielas, por su amistad personal con el pontífice y tras su sonado traslado de Venecia a Milán. El hecho de que ya se hable de ello, no obstante, prueba que en la Curia están en marcha las maniobras para el cónclave. Es decir, se pone sobre la mesa la cuestión tabú del fin del pontificado, evitada hasta ahora por los medios, y las preguntas sobre la salud de Benedicto XVI, que cumple 85 años en abril. El supuesto comentario del cardenal de Palermo sobre la muerte del pontífice parece más bien una de tantas predicciones agoreras, del estilo de las que se oyen en Roma.
Control de la Curia
¿Cómo es la salud del Papa? Cualquiera sabe que es frágil, estable y muy vigilada, pero imprevisible a largo plazo. Su aspecto es cada vez más avejentado, a menudo se le ve cansado y, al parecer, ya apenas ve del ojo izquierdo. Limita al máximo su actividad y en octubre usó por primera vez una peana con ruedas para moverse por la basílica de San Pedro. No obstante, tiene un gran equipo médico detrás y sigue haciendo grandes viajes, como el del próximo mes a México y Cuba.
Desde luego los dolores de cabeza de la actual crisis interna no son lo mejor para un Ratzinger cansado y que nunca ha terminado de controlar la Curia. Delegó la tarea en Bertone, pero no ha estado a la altura. Del mismo modo, la gestión mediática de la Santa Sede ha sido un desastre que le ha golpeado directamente estos años. Pero la cuestión le preocupa. El pasado 28 de enero dedicó parte del 'consejo de ministros' de la Curia a discutir cómo terminar con la fuga de documentos. Está claro que no dio con la solución.