Otro verano más, los chiringuitos van a seguir a pie de playa. En El Puntal de Somo, en La Magdalena, en El Sardinero, en la Concha de Suances... los bañistas que con la bolsa al hombro acudan a los arenales cántabros encontrarán en su sitio esos establecimientos tan típicos y tan españoles como la paella, las navajas, las raciones o las cañas que sirven. Se mantienen dado que los negocios, a los que ya no les cubre la concesión, se han adaptado a la normativa que requiere la Ley de Costas. Porque era o eso, o la piqueta. Y es que la referida norma, de 1988, se expresa con claridad. Cualquier instalación en terrenos de dominio público marítimo terreste no puede sobrepasar los 150 metros cuadrados. Sin olvidar, claro, otras cuestiones de carácter medioambiental y sanitario a las que obliga la Dirección General de Costas, que es quien atiende esos territorios.
En Cantabria son tres los chiringuitos a los que les ha vencido la concesión. Se trata de los dos situados en El Puntal de Somo, y el de la playa de La Magdalena, en Santander. Si aceptan determinadas condiciones, los dos primeros están en vías de recibir otra concesión por 15 años.
Al resto aún no les ha expirado la licencia -casos, entre otros, del Cormorán, BNS, ambos en Santander, o El Balneario, en Suances- o se encuentran en terrenos de servidumbre municipal o de propiedad privada, como sucede, por ejemplo, con El Pájaro Amarillo, en Oyambre (Comillas).
«Con el agua la cuello»
Cualquiera que hoy acudiese a El Puntal se sentiría extraño y, sin duda, echaría en falta los chiringuitos de 'Tricio' o de 'Santos' si ambos negocios tuvieran que desaparecer. No es el caso. Desde hace cuarenta años los dos forman parte del paisaje de ese sable de arena, pero la Ley de Costas se les vino encima hace cuatro años al caducar los permisos para tener allí sus establecimientos.
«Empezaron mis padres -explica Ricardo Tricio, propietario del Chiringuito de Tricio-. Luego estuvo mi hermano, yo le seguí y ahora mi hijo. He nacido en él y ya van tres generaciones». Por eso anuncia su propósito por mantener allí el negocio, en mitad del arenal, al que se puede acceder por un embarcadero del que también tiene la concesión. Y es que antes de que existiera algo en El Puntal, su familia ya cubría el servicio de lanchas para trasladar a los bañistas que comenzaban a descubrir ese paraje en medio de la bahía.
Otro caso. «Nos vimos con el agua al cuello», recuerda Crisanto García, uno de los propietarios del chiringuito El Capricho, la otra explotación de ese tipo que existe en El Puntal, cuando venció la concesión y se barajó su posible derribo, una pesada losa que, como sus vecinos, han aguantado este último lustro. «Estamos aquí desde hace 38 años, y es un negocio familiar y uno de los mejores chiringuitos de España». Pero con un gran problema: supera los 300 metros cuadrados de superficie, y Costas les obliga a reducirlo a la mitad. De lo contrario, el único futuro del establecimiento será el derribo.
Desde que expiró la concesión, los propietarios de los chiringuitos tuvieron que optar a renovar la explotación ante Costas pero en libre competencia. «La concesión está extinguida y mientras la Dirección de Costas resuelve sobre su futuro, presenta unos concurso de explotación año a año», explica José Antonio Osorio, jefe de la Demarcación de Costas en Cantabria, al respecto de la situación de los dos chiringuitos situados en El Puntal.
Denominada 'servicio de temporada', tal autorización dura hasta el 15 de octubre. No obstante es más que probable que la de este año sea la última. La siguiente concesión podría tener una duración de quince años. Tricio está a punto de recibirla. Y la de El Capricho está en vías de que se resuelva.
Mejoras obligadas
«Costas ya nos ha enviado el borrador de la concesión», confirma Ricardo Tricio: «Si aceptamos sus cláusulas y realizamos las mejoras que nos piden, nos la conceden». Además de limitarse a los referidos 150 metros cuadrados, entre otras actuaciones requiere que instalen una depuradora y dejen de usar la fosa séptica. Y que renueve el suelo. Unas obras que, calcula, le llevarán unos 60.000 euros, al margen de los 15.240 euros que le cobra Costas por la concesión para esta temporada. No ponen reparos. «Llevamos detrás de esto 45 años y queremos seguir», de modo que harán frente a esas mejoras pues les aseguran otros quince años de actividad. Esta semana han dado el sí a Costas. Cuando les llegue la confirmación «ya sólo tendremos que preocuparnos de que haga bueno», comenta.
En El Capricho, donde también han abonado los quince mil euros por el canon para esta temporada, aguardan la contestación de la Administración al proyecto que presentaron. E, igualmente, esperan recibir una concesión «por quince años, espero», señala Crisanto García. Se supone que Costas les enviará antes un borrador con determinadas exigencias como requisito previo antes de decidir sobre la concesión.
Una de ellas, primordial, pasa por reducir el local. «¿Cuanto? Bastante. La mitad», reconoce Santos. Se trata de un edificio de fábrica, pero la propuesta realizada es que no se derribe lo que sobra sino que se ceda al Ayuntamiento de Ribamontán al Monte y al Gobierno regional con el fin de que dispongan de locales para el 112 o la Cruz Roja, o como refugio ante galernas. Él y su socio Fidel Carriles optan a la nueva concesión dispuestos a «hacer lo que se tenga que hacer», porque se han dejado «mucho sudor y trabajo y sacrificio, y había que defenderlo para mantener la actividad» de la que viven ocho personas.