Ni los ataques producidos durante esta primavera ni sus desastrosas consecuencias ni los escenarios de los escarnios (cada vez más próximos al hombre)
han ayudado de alguna manera a conservacionistas y ganaderos a hallar un atajo que les encuentre en su caminar tras la huella del lobo, actor causante de un histórico conflicto incrustado en las montañas que en su atávico hostigamiento a la oveja ha venido agravando un problema que no tiene solución. «Ni la tendrá mientras no exista una firme voluntad de diálogo entre las dos partes interesadas», advierte Luis Llaneza.
Considerado como una auténtica eminencia en el mundo del lobo, el biólogo asturiano está al corriente de la creciente actividad lobera observada a lo largo de este año en Liébana, Campoo y Los Tojos, donde los cánidos han provocado verdaderos estragos en los rebaños y el desaliento de sus propietarios, muy poco conformes con las cacerías que la Consejería de Ganadería y la dirección del Parque Nacional de los Picos de Europa -en su caso- vienen ordenando para controlar la población de lobos en Cantabria. Se produce, en este punto, un fuerte encontronazo.
En opinión de las asociaciones ecologistas, hay pocos lobos. En opinión de los ganaderos, hay muchos. En opinión del biólogo asturiano no hay ni pocos ni muchos.
«El número actual es superior al de las especies que hoy en día se encuentran en peligro de extinción, así que podría decirse que es una población razonablemente saludable, sin problemas de conservación a corto plazo», dice Luis Llaneza, que aboga por el entendimiento entre quienes, «erróneamente», sostienen que el lobo se extingue y quienes mantienen que la cabaña ganadera está en peligro por su acción predadora.
«Ni una cosa ni otra», dice el biólogo, para quien resulta imposible averiguar el número de cánidos que habitan las montañas cántabras: «Eso sería como intentar averiguar el número de gorriones que viven en Santander», reconoce Llaneza, director de un estudio realizado en el Parque Nacional de los Picos de Europa con lobos radiomarcados -provistos de collares con un GPS incorporado- que ha proporcionado a su equipo abundante información sobre sus movimientos y sus costumbres.
Las batidas
Pero no sobre el número de individuos, que la Consejería de Ganadería y el propio Parque Nacional de los Picos de Europa intentan controlar con batidas periódicas en las que participan tanto cazadores de la zona como la Guardería de Montes bajo la supervisión del Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil. Cacerías siempre justificadas por los ataques que los ganaderos entienden «insuficientes» - y, en algún caso, «inútiles»- y que el año pasado sirvieron para abatir a 14 ejemplares en el municipio de Valdeolea (Campoo).
Alcalde pedáneo de Bejes, en el municipio de Cillorigo de Liébana, y propietario de sendas cabañas de ganado ovino y caprino con las que los lobos se han cebado en los últimos años, Rafael Roiz entiende que los controles «son muy escasos», especialmente los autorizados por el Parque Nacional de los Picos de Europa, «siempre muy reticente» a autorizar las batidas, que, además, «no siempre se producen a tiempo, porque desde que los lobos atacan hasta que las cacerías se autorizan, a veces pasa el tiempo suficiente como para que la manada haya abandonado el lugar».
Es, la suya, una opinión extendida entre los pastores de una zona que pisa parcialmente sobre suelo del Parque Nacional y, por lo tanto, depende de dos administraciones. «El lobo no conoce de fronteras», recuerda el alcalde de Cillorigo, Jesús Cuevas, sensible con el problema que afecta a sus vecinos y que, reconoce, «tiene difícil solución». «El Parque tiene sus cosas buenas, pero también tiene sus cosas malas. Y esta, su reticencia a las cacerías, es una de ellas». Cuevas, que teme que los ganaderos de su municipio «se acaben cansando de esta situación y terminen por abandonar», propone, al igual que Luis Llaneza, «un encuentro en el que las partes -el Parque, la Consejería, los ayuntamientos, las juntas vecinales y los propios ganaderos- busquemos una solución definitiva».
Encuentro del que participaría el alcalde del muy cercano Tresviso, otro de los municipios asentados (en su caso totalmente) sobre el Parque Nacional.
«Lo cual supone otro problema», admite el regidor, Javier Campo, «porque nosotros no dependemos del Gobierno de Cantabria sino de la dirección del Parque Nacional, poco dado a autorizar las batidas». Dice Campo que durante este año se han denunciado más ataques, que la mayoría se han registrado muy cerca de las zonas habitadas y que los daños ocasionados están «llevando al desánimo» a los ganaderos de una zona por tradición pecuaria donde el sector atraviesa un delicado momento.
Preocupados, Cuevas, Campo y los ganaderos a los que ellos defienden sugieren «un mayor control» que la Consejería de Ganadería sí está ejerciendo en tierras de la Hermandad de Campoo de Suso y de Los Tojos, donde sus alcaldes respectivos, Pedro Luis Gutiérrez y Belén Ceballos, solicitaron hace un mes batidas que el Ejecutivo ya ha llevado a efecto.
La vigilancia
En la búsqueda de las soluciones que rescaten al ganado de las fauces del lobo, el biólogo Luis Llaneza se detiene sobre la vigilancia de los rebaños expuestos a los ataques, que, insiste, «han existido, existen y seguirán existiendo» mientras existan lobos y ovejas.
La presencia de perros pastores -mastines por lo general- «contribuye sin duda a mitigar los daños que una manada de lobos puede causar en un ataque a un rebaño», afirma Llaneza, que en este tiempo ya no contempla un sistema de vigilancia mejor. «Bastante dura es ya la ganadería como para pedirle a un pastor que se tire tres meses en la montaña velando por sus ovejas», afirma el biólogo.
Rafael Roiz tiene uno al cuidado de sus rebaños. Lo llama 'Pirata' por la pinta que le cruza un ojo. «Los mastines huelen a los lobos a casi dos kilómetros de distancia». Su proximidad «altera a los perros, que con sus ladridos no sólo consiguen reagrupar al rebaño disperso sino ahuyentar a los lobos o minimizar los daños que puedan ocasionar al ganado», afirma.
La niebla y la noche, aclara, representan dos dificultades añadidas a la vigilancia contra las que «no se puede pelear».
Las compensaciones
Como no se puede pelear contra la acción de los buitres y los cuervos, uno de los principales obstáculos a los que se enfrenta el ganadero a la hora de solicitar las compensaciones. El otro es la burocracia.
Gobierno de Cantabria y Parque Nacional de los Picos de Europa -en su radio de influencia- asumen el coste de los daños de los lobos. Pero no en forma ni en tiempo. «Cuando los lobos atacan a un rebaño sólo te pagan los animales con signos muy claros de un ataque», subraya Roiz, que recuerda que la posterior acción de buitres y cuervos borra de los cadáveres cualquier prueba del ataque.
«Eso por no hablar de los animales que se te matan despeñados o los que se te mueren estresados», recuerda otra ganadera de Bejes. Es Loli Roiz, que ya está «cansada» de pelear con la administración. «Mire, la semana pasada recibí un expediente de una denuncia que hice hace tres años dando parte de un ataque de los lobos». Tres años. «Y más», dice Rafael, para quien la cantidad de las compensaciones económicas «no se corresponde» con las pérdidas cuantificadas. Pérdidas constantes que, a veces, «te hacen pensar si merece la pena continuar o si es mejor abandonar y dedicarte a otra cosa».
En 2010, el Gobierno regional -más diligente en el pago que el Parque de Picos de Europa- tramitó 173 reclamaciones de ganaderos por los daños inferidos a sus cabañas por los animales depredadores. La Consejería -que el año anterior había pagado hasta 102.801 euros por los 163 expedientes que validó- rechazó más de la mitad de aquellas denuncias culpando a losperros cimarrones, no a los lobos, de los estragos en los rebaños.
Y en el año 2011, el patronato del Parque Nacional de Picos de Europa (de más lento proceder) tramitó hasta 42 expedientes relacionados con ataques de lobos en Camaleño (23), Cillorigo de Liébana (14) y Tresviso (5) que supusieron poco más de 12.000 euros. «Ridículo». Para Rafael, para Loli y para cualquier ganadero preguntado sobre la baremación establecida, que depende del tipo de animal y que oscila entre los 60 euros que se pagan por un cordero sin inscripción y los 1.930 euros que vale una vaca limusina acreditada.