La historia se inicia con besos -muchos- y abrazos -más aún- en un aeropuerto. Los rostros de niños pálidos, cansados y nutridos de alegría corresponden a los jóvenes rusos de Klintsi, afectados por el accidente nuclear de Chernóbil, que vienen a pasar el verano a Cantabria -hasta el 26 de agosto- con sus familias de acogida. Hay emoción en sus miradas. Frente a ellos, los padres.
Aurora y Pedro esperan la llegada de Elisabeta. Es la primera vez que acogen a un niño. Su hija María, de cinco años, agarra un peluche que le va a regalar a la recién llegada. «Es la que más nerviosa está», dice su padre. Pedro lleva desde octubre aprendiendo ruso «para que la niña se sienta más comprendida».
Los niños han conseguido venir gracias a la Asociación 'Un hijo más', que desde hace 16 años organiza la acogida de niños rusos procedentes de Klintsi. Este año son 20 niños menos que el pasado. La crisis pasa factura. En total, son 33 los que llegan a Parayas. Doce se han quedado en Burgos, uno en Madrid y otro en Salamanca. El viaje ha sido largo: Klintsi-Moscú-Madrid-Santander. Una odisea cuya meta es la felicidad.
Francisco y Luisa esperan pegados a la barandilla. Artem, un niño ruso de once años está a punto de llegar. Es el segundo año que viene. «El año pasado al irse nos preguntaba que por qué se tenía que marchar», explica Francisco, quien añade que «vino con los dientes destrozados». Luisa trata de decir alguna palabra en ruso sin apartar la mirada de la puerta por la que espera ver entrar a su niño. En poco tiempo llegará su otro hijo acogido, un niño saharaui que también pasa el verano en Santander.
Cerca de la pareja, Katia, una jovencita rusa que tras venir un verano en 2002, decidió quedarse a estudiar en España, espera a su hermana Anastasia, de 11 años. Su español es perfecto. «Echo de menos a mi familia, pero aquí me han acogido muy bien». Habla sonriendo.
Expectación
Las familias se arremolinan en torno a la puerta. El aeropuerto se carga de expectación. Son los segundos que preceden a los momentos importantes. El abrazo se hace esperar. Sucede a cámara lenta. Los pequeños aparecen corriendo cuando se abren las puertas. Como un huracán en campo abierto, se arrojan a los brazos de sus padres. Los menos atrevidos van despacio, tanteando el terreno que les espera durante todo el verano. Pero en seguida se rompen las barreras. El amor lo puede todo. «¡Qué guapo estás! ¡cómo has crecido», dicen los padres. Los niños no se sueltan de sus cuellos.
«Me quiere mucho»
Katia y Anastasia se han vuelto una sola persona. Los dedos terminados en uñas pintadas de color azul de la mayor se entrelazan con los de la pequeña. No se sueltan. Aparece su abuela española, Ana María. «Esta niña me quiere mucho y es una tragona de mucho cuidado», dice. Las hermanas se ríen, se tocan el pelo, se recuerdan la una a la otra. «Has pegado un buen estirón», le dicen a Anastasia. Otra niña rubia con trenzas lleva el peluche de María en la mano. Es Elistabeta, que ya se ha encontrado con su nueva familia. No conoce el idioma, pero le regala una sonrisa a todo el que se le acerca. Parece serena y desorientada. María la mira expectante. Aún les queda todo el verano por delante «para jugar, ir a la playa y la piscina y disfrutar del buen tiempo», dice Pedro, su padre.
Los niños están cansados, pero se dejan querer. Los padres no paran de abrazarles. Julia y María, dos hermanas, también se acaban de reencontrar con Lisa, que hace ocho años que viene. «Playa, piscina, Santander y campamentos», resumen. Los veranos siempre son divertidos. Cerca está Ana, que se deja fotografiar con Alina, de nueve años. ¿Habla ruso? «chu, chu», dice Ana juntando dos dedos, que significa un poquito. «Es una niña muy buena y cariñosa y estamos encantados con la experiencia», explica.
Año tras año, los padres españoles ven la evolución de estos pequeños y suponen un rayo de sol en su vida diaria. «Para ellos dos meses aquí son como dos años de vida».