El Juzgado de Primera Instancia e Instrucción nº 1 de Reinosa tiene en su poder, desde ayer por la mañana, el atestado del incendio de la Plaza de Abastos realizado por los especialistas de la Policía Científica de la Guardia Civil, desplazados desde Logroño a la capital campurriana para investigar las causas del siniestro.
Según ha podido saber este periódico, este informe «no determina», en un principio, si el fuego fue intencionado o fortuito, y la jueza, ahora, deberá estudiarlo en profundidad «para decidir si practica alguna diligencia», según fuentes judiciales.
Desde el Ayuntamiento de Reinosa aseguraron desconocer el contenido de ese informe y los resultados de las investigaciones. A día de hoy, afirman que «no hay novedad» sobre el desastre que el 24 de junio acabó con el emblemático edificio, construido en 1882.
Los agentes permanecieron en Reinosa desde el 26 al 28 de junio, recopilando pruebas, tomando fotografías y entrevistándose con vecinos de la zona y testigos del incendio. Su objetivo era determinar el origen de la deflagración y buscar, si los hubiera, indicios de intencionalidad, extremo que, al parecer, no se ha podido confirmar.
Han pasado ya 18 días desde el fatídico domingo en el que una llama en un costado, avistada por residentes en pisos cercanos que enseguida llamaron a los bomberos, se transformó en apenas unos minutos en una gran llamarada que alcanzó a todo el edificio a las dos y media de la tarde. La cubierta y el piso superior se desplomaron, y de la Plaza de Abastos apenas quedaron en pie cuatro maltrechos muros y tres de sus arcos, agrietados y tambaleantes, que desde un principio se dijo que tendrían que derribarse.
La rauda propagación de las llamas se atribuye a la madera que formaba su estructura, que facilitó que el incendio devorase el mercado con gran rapidez. También ayudó el material de la lavandería instalada en la Plaza, llena de sábanas. La rápida intervención de los bomberos evitó que el fuego se propagase a los edificios de las calles aledañas, tres de los cuales, ubicados en Juan José Ruano, corrieron serio riesgo de quemarse. La extinción finalizó cinco horas después, a las siete y media de la tarde, aunque bajo los escombros siguieron humeando pequeños focos, por lo que un retén se quedó en la zona hasta que, días después, todo quedó controlado.
El edificio, ahora, es una escombrera parapetada por cuatro paredes con más de un metro de altura de cascotes.