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Las herramientas del alma

MÚSICA

Las herramientas del alma

05.08.12 - 00:04 -
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Rachmaninoff tenía unas manos enormes, tan grandes que algunos acordes de las obras que compuso no están al alcance de cualquier falange. Este hecho ha pasado a la historia como un atributo letal para aquellos pianistas que se atreven con sus partituras, cuando en realidad es la maestría de sus articulaciones, el ritmo y la elegancia de una musculatura forjada a golpe de marfil lo que hace de las manos el instrumento más poderoso para tocar la emoción o sostener la respiración de un auditorio hasta casi asfixiarlo. Sólo basta recurrir a la gran Alicia de Larrocha, que sin tener una manos especialmente grandes conseguía llegar más allá de los límites físicos de sus dedos para tocar lo intocable, para comprender que el virtuosismo está al alcance sólo de algunas manos, únicas, brillantes e insistentemente ejercitadas hasta su torsión.
Son dedos y piel. Uñas, yemas y nudillos. Sólo huesos, venas, carne y en algunas ocasiones callos. Todas distintas, y todas únicas, como la identidad que las sostiene, que las mueve y las hace volar sobre las 88 teclas de un instrumento con el que interpretan las sinfonías del mundo. Apenas son conscientes de ellas los seis participantes del XVII Concurso Internacional de Piano de Santander Paloma O'Shea que han disputado el viernes y ayer, sábado, las semifinales del certamen en la Sala Argenta del Palacio de Festivales.
Todos ellos tuvieron que mirar varias veces sus manos, como si existiera una insalvable distancia entre ellos y la punta de sus dedos, para intentar describir el arma con el que tenían que conquistar al jurado presidido por el maestro Antoni Ros Marbá, que este domingo hace público su veredicto. «Mis manos no son especialmente bonitas, pero me gustan mucho», dice Tamar Beraia mientras las acaricia. Hay ternura en su forma de estrujar unos dedos contra otros, como si se abrazan: «Son el instrumento que tengo para expresar lo que quiero, todo mi mundo interior, es la forma que tengo de sacar mi alma hasta el piano y llegar hasta el público». Con las uñas recortadas y tan sólo una alianza de oro, las manos de la georgiana destilan explosividad. «No las cambiaría por las de nadie», repite con insistencia. Si acaso por las de Rachmaninoff, pero las manos de ningún virtuoso pueden darle lo que las suyas le permiten: «Tocar al público con mi música».
Hay algo de practicidad también en el tacto del húngaro János Palojtay. Sus manos son sólo «un accesorio: el programa está en la cabeza, pero cuando por vagancia o por incapacidad no eres capaz de tocar una pieza le echas la culpa a tus manos. Y no es así».
Las suyas son robustas, suaves y con unos dedos anchos y largos que parecen hechos para aplastar con las yemas tantas teclas como sea necesario durante horas. Un domador de sonidos que ni un accidente el pasado año le ha alejado del piano. Durante su participación en los Encuentros de Música y Academia de Santander se cayó mientras paseaba por una zona de rocas en La Magdalena y se rompió la muñeca. Hoy en día la única cicatriz que tiene es lo que aprendió en las aulas del conservatorio Jesús de Monasterio, donde devoró las clases magistrales con la mirada y el oído, y el brazo escayolado.
Evitar accidentes y deportes que puedan dañarlas es el único cuidado que parecen tener. «Durante muchos años practiqué kárate», dice el coreano Samson Tsoy, «pero ahora...» y alza las manos consciente del incalculable valor que para él tiene un gesto tan nimio como doblar la muñeca. «Ni escalar, ni jugar al tenis... Nada de eso», dice el italiano Daniele Rinaldo. Él sí que tiene unas manos grandes, pero no lo asume como una posible ventaja: «Depende del repertorio puede ayudar pero no hay relación entre la musicalidad y su forma». Y bromea con el húngaro Benedek Horváth, de todos el que tiene las manos más pequeñas y por tanto el argumento más grande para poner en valor el ilimitado poder que da el estudio y la técnica: las torsiones imposibles que hacen sus meñiques y la musculatura que rodea los huesos dan fe de ello, manos ejercitadas, fuertes y recias en la piel casi transparente de apenas un adolescente.
«Es un tópico que las manos del pianista sean bonitas, con dedos largos y la piel suave... Las uñas las llevamos muy cortas, y tenemos callos de tocar», dice la coreana Ah Ruem Ahn, la única que de todo el grupo les concede un mínimo de atención: «Algunas noches me doy crema y me las vendo para dormir». Pero más que un cuidado estético es practicidad para evitar que estén resecas y le molesten cuando las exige que se estiren y se encojan a la velocidad de la luz sobre el teclado de un piano.
Una huella para el futuro
Las manos son el arma letal del alma de estos pianistas, un disparo de sus nudillos, una ráfaga de sus yemas, y el agujero en los sentidos del público es inmediato. Esa es la única huella que sus manos quieren dejar. Casi tan conscientes como temerosos de que más allá del horizonte del Concurso Internacional de Santander se abre la brecha de un futuro profesional poblado de retos que nada tienen que ver con lo propiamente musical, como mercados y discográficas, cifras de venta y públicos mediatizados, ellos se agarran a sus propias manos, noray que los mantendrá amarrados al puerto de la música.
«Me gustaría que me recordaran como una intérprete, no por ser una virtuosa del piano, que me recuerden porque toqué a la gente más allá de mis posibilidades técnicas», dice Beraia que mira hacia el patio de butacas como lo hace el húngaro Palojtay: «Mi objetivo es el presente y emocionar a quien me escucha tocar, no es necesario nada más. No me importa no dejar huella con una carrera profesional, lo que me interesa es dejarla en un concierto». Y el italiano Rinaldo añade que su música «está por delante de mí, esa es mi huella como pianista, un profundo respeto por las piezas que interpreto». Tampoco le importa la impronta de sus manos a Benedek Horváth: «Sólo quiero compartir la música», dice.
Y como si habitaran en una partitura común continúa en la misma clave la coreana Ruem Ahn: «No creo que mi música deba dejar una huella». Si acaso un leve golpe, un sutil tintineo sobre la historia de la música como ha sido su paso por la semifinal de Santander.
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