Porque la felicidad nunca viene sola, la felicidad son los niños y de nada te va a servir perjurar que jamás te harás cargo de domar a una cuadra de tres mocosos y medio cuando todos sabemos que el amor se cruzará en tu camino algún día. Hoy por ejemplo, si eres un treintañero, con una profesión liberal (músico y pianista de jazz en el 'Café Americain' de Rick) y un currículum que acredite tus buenas artes en los oficios de la seducción y la soltería, estás de mala suerte porque una Doris Day afrancesada, con la edad y las hechuras de Sophie Marceau, te va a echar el lazo para el resto de tu vida. Así se resume el ideario del cuarto largometraje de James Huth ('Hellphone', 'Lucky Luke'), un adalid de la comedia romántica rosa que le reza en voz baja a sus dioses mayores: Mack Sennett y Howard Hawks /el slapstick y la lucha de sexos pre bíblica.
Con un clown como Gad Elmaleh encabezando el reparto, James Huth apuesta por privilegiar los gags de naturaleza física, desatando todo el repertorio de un humorista que ha sido reconocido como uno de los mejores cómicos de la Francia libre de la noñificación gestual de 'Amélie'; porque el guion de la película (coescrito por la esposa de Huth, Sonja Shillito) no da para mayores alardes y la cámara apenas acierta al abanicar el tufo ahumado que desprende una historia de amor que abunda en todos los tópicos posibles.
Triunfará porque abundan espectadores adictos a la cursilería envuelta en papel de celofán, la amabilidad de sus diálogos y las travesuras de esa prole que lleva a cuestas una pareja inevitablemente abocada a vivir unida. No hay pequeño drama que estorbe este pequeño romance de baguette y pandereta, que extirpa de un plumazo la amargura brindando por todo lo alto por el 'joie de vivre'. En Francia también se hacen malas películas, pero todos -el marketing, la industria, los medios y sus ministros-, reman tan fuerte en la misma dirección que incluso las producciones más discretas de la 'comédie française' se venden como rosquillas.