No era la primera ocasión, tampoco será la última, pero no deja de causar sorpresa, desilusión y polémica cada vez que el jurado del Concurso Internacional de Piano de Santander Paloma O'Shea decide declarar desierto su primer puesto. Una resolución que no gustó al público; que dejó con caras de circunstancias a los finalistas; que generó un activo debate, aún vivo, en el mundo cultural; y que se reflejó de forma destacada en medios de comunicación nacionales e internacionales.
El jurado, formado por músicos y profesores de primera fila, apela su decisión a la rigurosidad, profesionalidad y calidad que debe primar para ser coherentes con el prestigio del certamen. Sin embargo, las preguntas y dudas sobre qué es lo que busca el jurado, los límites de su exigencia y su adaptación a la realidad de la música actual, se sucedieron ayer entre periodistas, críticos y aficionados, que no entendieron el fallo en una edición en la que la coreana Ah Ruem Ahn y Tamar Beraia parecía que habían demostrado más que suficientes condiciones para alzarse con el triunfo. También fue mayoritaria la sensación de que una resolución así no beneficia para nada al concurso.
La historia se repite
La presente edición de 2012 ha sido la quinta ocasión en la historia del prestigioso certamen en que se repite esta situación: las anteriores fueron en 2002, 1995, 1990 y 1980. Un total de cinco ediciones han quedado desiertas del total de 17 celebradas desde 1974, un número sin duda alto si se compara el evento de Santander con otros certámenes pianísticos de relieve: el Tchaikovsky de Moscú sólo ha quedado dos veces desierto desde 1958; el Chopin de Varsovia, igualmente otras dos desde 1927. Ninguna por su parte el Reina Elisabeth de Bruselas, nacido en 1938, o el de Leeds, en 1963.
Antoni Ros Marbà, presidente del jurado, explicó el martes tras la gala de clausura que había «faltado algo» para poder dar el primer premio, aunque no alcanzó a definirlo. «Cuando falta algo, falta algo, y muchas veces es difícil describirlo», apuntó.
El director de orquesta también presidía el jurado que en 2002 decidió dejar sin ganador el Concurso de Santander, otorgando al israelí Boris Giltburg el segundo premio y a Ning An y Soyeon Lee un tercer puesto compartido. Entonces explicó públicamente que la «estandarización del arte» y «el miedo a perjudicar más que beneficiar» al ganador, que se vería obligado a actuar en los más prestigiosos escenarios del mundo, les habían llevado a tomar esa decisión «justa».
La década de los 90 dejó otras dos ediciones con sabor triste: la de 1995 dejó con la miel en los labios al italiano Enrico Pompili y las razones se repiten. Entonces el jurado estaba presidido por Alicia de Larrocha, recordada este año, pero las explicaciones tras el fallo las dio Harold Schonberg: «alguno de los pianistas no pudo manejar la presión de la final; estamos hablando de jóvenes artistas de 20 años y un artista profesional tiene que tener la capacidad de manejar estos problemas», definía quien fuera crítico musical de The New York Times.
En 1990 sucedió que ninguno de los seis finalistas alcanzó el 75% de los votos del jurado requeridos, un listón «muy alto» a juicio de los jóvenes intérpretes, que mostraron de forma visible su desilusión, sus quejas por la exigencia y se mostraron partidarios de modificar el reglamento entonces vigente. El sovietico Sergei Yerochin se convirtió en el vencedor 'moral' de esa décima convocatoria.
En 1980, en la que era sexta edición, se produjo el primer asiento vacío en el palmarés. Barry Douglas (segundo) y Francesco Nicolosi y Dan Atanasiu (terceros) no alcanzaron el nivel suficiente a criterio del jurado y escribieron el primer capítulo de una historia que, 32 años después, se ha vuelto a repetir.