NUEVA YORK. En Tennessee no caen bien los forasteros. A nadie se le ocurre curiosear por las fincas ajenas, so pena de encontrarse con el rifle de un viejete de pelo blanco sentado en un porche de madera o al frente de una camioneta desvencijada. El eslogan de 'dispara primero y pregunta después' es la ley de la calle y el derecho a defender tu propiedad está arraigado desde los días del Salvaje Oeste.
Los hermanos Houston cumplen todas esas descripciones y hasta han subido varios grados el listón con las muescas de sus pistolas. En la valla de su finca, que linda con la carretera rural de Ten Mile, han colgado las fotos de los cuerpos acribillados de un agente de policía y su ayudante. Ellos fueron los últimos que intentaron entrar en su finca. La sangrienta imagen que sirve de advertencia para quien intente molestarles ha reabierto muchas heridas en el condado de Roane, donde el asesinato del sheriff adjunto Bill Jones y el alguacil Mike Brown todavía duele, sobre todo porque algunos piensan que ha quedado impune. «Es muy doloroso ver a cualquiera en esas condiciones, y mucho más a alguien que conocías y que llevaba tu mismo uniforme», ha declarado consternado Tim Philips, el actual adjunto del sheriff, que era amigo personal de los policías asesinados.
Ese 11 de mayo de 2006 los agentes fueron a la propiedad de los hermanos Houston para hacer valer una orden de detención por no haberse presentado a un juicio. Rocky, el mayor, les esperaba en el porche con un rifle semiautomático que pronto vació en el cuerpo de los agentes con una puntería de película. De los 22 tiros que pegó, más de una docena acertaron el cuerpo del agente Jones, que quedó atravesado dentro del coche patrulla. Brown, con la columna partida en dos por una de las balas, tenía medio cuerpo fuera, pero la mandíbula esparcida en 30 metros.
Los hermanos sostuvieron durante el juicio que los agentes no vinieron a detenerles sino a matarlos, porque en cuanto llegaron abrieron fuego contra ellos. El informe balístico no pudo determinar quién disparó primero, sólo de dónde vinieron todos los disparos mortales: del rifle de Rocky Houston. Su hermano Leon, que estaba sentado dentro, aseguró que corrió a por una pistola para ayudarle en la refriega y disparó ocho tiros, aunque ninguno dio en el blanco, por lo que fue absuelto sin más. De hecho él mismo recibió un disparo en la muñeca y otro en la cadera.
Lo de Rocky fue más complicado, porque existían antecedentes de malas relaciones con los policías a los que había denunciado en varias ocasiones, pero el jurado no fue capaz de inclinarse en un sentido u otro. Tras el segundo juicio, un fallo técnico del juez impidió volver a juzgarlo.
Así que los dos están libres y con las fotos de los agentes en su poder como parte de la documentación aportada a los juicios. La Policía admite que su actitud tiene mucho de mal gusto pero nada de ilegal. Si en EE UU hay algún derecho más sacrosanto que el de portar armas es el de la libertad de expresión.