Una voz en el aire

JESÚS CARMONA
Maza en un concierto en el aniversario de Jesús de Monasterio. / DM/
Maza en un concierto en el aniversario de Jesús de Monasterio. / DM

Las últimas imágenes que recuerdo de José Antonio Maza como músico, como extraordinario cantante, están asociadas a una hermosa obra de Whitacre interpretada por Ars Poliphonica. La música es envolvente y nos da la sensación de estar suspendida en el aire, y a la vez nos suspende en el aire. La pieza, 'Lux aurumque', concluye con una larga, profunda, diríase que interminable línea en el sobre-agudo de una voz solista, mientras el coro todavía, pausadamente, desgrana unos últimos acordes intercalados de silencios. Pero siempre, siempre la voz en el aire. Esa era la voz de José Antonio Maza, contratenor. Interpretamos esa música en posición circular, y José Antonio desde la cabecera de la iglesia, en el lugar más lejano a mi posición de director, retrasada hasta el centro geométrico, nos deslumbraba con un único 'fiato' interminable.

Esa era la voz de José Antonio Maza, contratenor; capaz de imantar, poderosa, sensible, buena, sólida. Una voz que ni tan siquiera necesita de un atisbo de retórica para que al hablar de ella podamos decir con propiedad que era una voz única. Y cálida, penetrante, aural. Era a la vez una voz técnicamente muy bien labrada, desde los comienzos con Carlos María Labarta, que es quien descubre una voz infantil que ya sorprendía en numerosos concursos nacionales e internacionales (Madrid, Bratislava); esa voz sigue afirmándose a su paso por el Conservatorio Superior de Madrid, en las clases con su último profesor Iñaki Olazábal o en su estancia londinense con los maestros Mason, Hobss, Roblu o Hollander; y disfrutamos de ella en todo su esplendor a lo largo de una fructífera carrera musical que aunque con un centro gravitatorio en las grandes obras del barroco vocal: Haendel, Bach, Vivaldi, podía recalar en autores del siglo XX como le oímos interpretar en tantas ocasiones: Bridge, Guastavino, Turina, García Abril o en el repertorio liederístico más fundamental: Schumann, Strauss, Wolf. Esos son tan sólo algunos de los nombres que ha llevado en sus programas de concierto por toda España

Esa carrera musical estaba precisamente ahora en un interesantísimo momento de madurez y, como siempre, reservaba en el horizonte hermosos proyectos por cumplir. Los más cercanos siempre le animábamos a emprender con total decisión la aventura de la ópera barroca, para la que estaba dotado con una naturaleza desbordante; y en nuestras últimas conversaciones esa opción aparecía como una de sus primeras prioridades.

En los últimos años los músicos que compartíamos proyectos con José Antonio Maza, asistimos a la eclosión de un carácter pedagógico en su vertiente profesional. Fue todo un descubrimiento comprobar la ductilidad de su acercamiento a los problemas técnicos, su actitud respetuosa, implicada, a la vez su confianza en la mejora de los alumnos que se aproximaron a sus clases, o en su faceta de técnico vocal frente a numerosos coros de Cantabria, en ocasiones rompiendo el hielo de una precariedad técnica evidente pero que José Antonio Maza sabía tratar con cuidadosa precisión. Estaba en su mente la decisión de poder transmitir sus conocimientos en vistas de constituir una «escuela de contratenores» de modo que la técnica tan particular que se precisa para el canto y desarrollo de esta voz no cayese en un peligroso vacío.

Si la dimensión de José Antonio Maza como cantante excedía los límites regionales, sin embargo supo mantenerse en contacto con la realidad musical de Cantabria, contexto en donde aportaba una presencia de una calidad extraordinaria. Hay nombres que están asociados a la trayectoria vital y también musical de José Antonio Maza: la Escolanía Santo Domingo Savio es el primero de ellos, y quizás en estas horas dolorosas uno de los que más nos impacta pues nos retrotrae a los momentos infantiles en los que tantos vínculos se fueron creando. Muchos de estos vínculos continuaron en Ars Poliphonica donde era una pieza decisiva en el desarrollo de sus distintos proyectos. Igualmente se añade una larga lista de nombres importantes de la interpretación en Cantabria a los que se unía su arte vocal: Rosa Goitia, Dolores Fernández, Mariano Rodríguez Saturio, etc. O la colaboración permanente de los últimos años con el organista catalán Joaquín Masó. Todo ello configura el dibujo de una figura absolutamente singular, irrepetible, de nuestro panorama musical. Es cierto que ahora nos invade una sensación de cierta frustración y rabia asociada inevitablemente a su pérdida. Ha de ser a la vez necesariamente modulada por la consideración de lo que hemos sido capaces de recibir estando a su lado: en estos largos meses de lucha sorda y silenciosa contra una enfermedad que se le llevaba, una y otra vez hemos recordado a un José Antonio Maza que supo afianzar con inconmensurable tesón su condición de músico hecho a sí mismo, y que demostraba en el día a día un amor a la música admirable.

Su conversación podía prorrogarse en interminables horas sobre las posibilidades de sus programas de concierto y resultaba ejemplar cómo planteaba siempre la interpretación desde una radical exigencia técnica y estilística. Esto, de seguro, va a seguir alimentando nuestra pasión por la música y nuestro personal compromiso con tantas tareas que emprendió, y que ahora intentaremos que no cesen de crecer. Queda siempre esa voz en el aire, quizás muy cerca del cielo, una altura que se disputan su calidad de cantante, de músico, y su calidad humana, personal, sin poder dirimirse. Al fondo, José Antonio Maza proyecta su voz, y escuchamos muchos: María Teresa, Javier, Don Juan Ángel, Santos, y todavía muchos más, pues la voz no cesa, nunca cesa, continua en el aire, con su último aliento interminable.