Luxemburgo La esencia de nuestro continente

Coqueto y cosmopolita, el pequeño país ofrece un sugerente combinado de paisajes naturales, oferta cultural y gastronomía, con el vino blanco como gran estandarte, y todo ello tamizado con fino estilo norteño

MARIO SÁNCHEZ GUILLÉN
Pese a su pequeño tamaño, el país desborda de rincones con encanto que fusionan su entorno natural con la arquitectura europea./
Pese a su pequeño tamaño, el país desborda de rincones con encanto que fusionan su entorno natural con la arquitectura europea.

Al recorrer por carretera las verdes tierras de Luxemburgo hay que tener cuidado para no salirnos del país y acabar en Francia, Bélgica o Alemania. Ocupa un territorio muy pequeño, en el que con un vehículo privado podemos tener la certeza de que nos podemos plantar en cualquier punto del país en poco más de una hora.

Esta sensación de pequeñez y familiaridad es la que ha marcado a fuego el espíritu de Luxemburgo, nación que se ha encontrado a lo largo de su historia bajo la órbita política de Francia, Austria, Alemania, Holanda e incluso España, que dominó en el siglo XVI los territorios luxemburgueses como parte de sus posesiones de lo que entonces se conocía como Flandes, y que ha dejado un conmovedor sabor español en la herencia del país del que sus ciudadanos se sienten orgullosos.

A pesar de su citada pequeñez, en tan poco territorio -similar al de la provincia de Vizcaya- abunda una rara variedad cromática, gastronómica y cultural, que va desde el cosmopolitismo de la capital hasta el alma rural de sus villas.

Pero quizás de lo mejor del país sea su gente, frase que parece un tópico -y que de hecho lo es- pero que todos los que lo visiten darán como cierta. La hospitalidad, nivel cultural y civismo de sus ciudadanos hacen que uno se sienta orgulloso de pertener a una Europa unida cuyos valores de tolerancia y respeto tan bien representa Luxemburgo. En las pequeñas plazas de la capital (75.000 habitantes, más de 200.000 en el área metropolitana), jóvenes con estética «punki» y fuerzas de seguridad comparten el espacio sin estridencias. Los unos apagan cívicamente sus cigarros en los ceniceros callejeros habilitados para tal efecto, y llevan a sus perros con correa. Los otros, miran a la concurrencia sin ninguna gana de liarse a soltar mamporros. Lo dicho, otro mundo, pero está claro que, si el espíritu al que aspira Europa existe, es este y no otro.

Por otra parte, hay que tener en cuenta la influencia de la inmigración en este, además de limpio, riquísimo ducado (no confundir con un cigarro). La influencia demográfica de franceses y alemanes es notoria (sólamente el «land» alemán de Renania-Palatinado, que hace frontera con el país, tiene cuatro millones de personas frente al medio millón que viven en Luxemburgo), pero tampoco es desdeñable la cantidad de portugueses que moran en el país, hasta un 20 por ciento de la población total, traídos de forma completamente regulada durante varias décadas para satisfacer una demanda de trabajo con blancos católicos portugueses, antes de que los turcos musulmanes acudieran a trabajar allí. También con estas medidas controvertidas se construye la estabilidad social de un Estado.

Por otra parte, este país también ha tenido el mérito de hacer de la necesidad, virtud. De la debilidad de su lengua y la fortaleza de las que tiene alrededor (francés y alemán), los luxemburgueses han construido una sociedad multilingüe en la que los jóvenes, cuando llegan a su mayoría de edad, manejan a la perfección cuatro idiomas: el luxemburgués (idioma germánico), el francés, el alemán y el inglés, la lengua «koiné» del siglo XXI. El visitante no puede sino envidiar esta gran riqueza, sobre todo en un país como el nuestro donde ni el presidente del Gobierno es capaz de expresarse correctamente en inglés.

La cultura como baluarte

La ciudad de Luxemburgo y toda la región han sido capital europea de la cultura en 2007, y esto ha supuesto un impulso que ha llenado de ilusión a los ciudadanos del ducado (no confundir con un cigarro), ansiosos por darse a conocer al continente. Por ello, redoblan esfuerzos por demostrar que la «marcha» también se puede asociar a Luxemburgo aunque, salvo catársis del cambio climático, están muy lejos aún de convertirse en un país tropical.

Aquí son más de conciertos de ópera que de bachata y reguetón, y por ello han habilitado la Abadía de Neumunster -en la parte vieja de la capital- un antiguo fuerte militar que también ha sido prisión, como el gran espacio para eventos culturales del país. Su «slogan» es «Dialógo de culturas, cultura de diálogo», otra vez el diálogo como bastión ideológico esencial de su idiosincrasia nacional. La situación del espacio es inmejorable, bordeando uno de los ríos de la ciudad y con una espectacular vista a una montaña trufada de las cuevas que cavaron los españoles para defender Luxemburgo en el siglo XVI.

Para los buenos urbanitas, además, Luxemburgo ciudad presenta todas las características de una gran conurbación de nuestra era, a pesar de su pequeño tamaño y de que parece más bien una villa señorial donde el tiempo no transcurre. Gentes de todos los colores pueblan sus calles, que también dan una oferta más que aceptable de tiendas, cafeterías, restaurantes y pubs.

La ciudad incluso cuenta con una «City» financiera al estilo londinense (una de los diez centros financieros más grandes del mundo) en la que «brokers» encorbatados realizan cada día transacciones millonarias. Porque Luxemburgo es un país de banqueros (su principal sector económico), y eso se tiene que notar.

Pero, para los que busquen algo más bucólico con lo que solazar sus sentidos, Luxemburgo también ofrece esa posibilidad. Como coger un sensual crucero por el río Mosela -frontera con Alemania y tierra de viñas- que nos lleve desde la localidad de Echternach a Schengen, un delicioso pueblo de 500 habitantes que fue sede del famoso Acuerdo firmado en 1985 y gracias al cual los ciudadanos de la Unión Europea podemos movernos por los distintos países miembros sin que existan fronteras.

Otra posibilidad es visitar el castillo de Vianden y el bello pueblo homónimo sobre el que se yergue, surgiendo entre exhuberante vegetación, esta fortaleza construida entre los siglos XI y XIV que, lamentablemente, fue vendido pieza a pieza en 1820 por el rey Guillermo I de Holanda y que, aunque fue restaurado con mucho acierto en 1977, lógicamente no es lo mismo que una construcción original antigua.

Además, todas estas bondades se verán mucho mejor si son regadas con la especialidad gastronómica luxemburguesa: el vino blanco. Con distintas composiciones, ácidos, dulces o afrutados, es una bebida ligera que acompaña al viajero durante toda su estancia en el país, con toda la satisfacción que sus efluvios generan.