La herida del Sahara

ANA RODRÍGUEZ DE LA ROBLA

Hace poco más de un mes, el 27 de febrero de 1976, se cumplió el 32 aniversario de la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática en un territorio que sigue bajo la responsabilidad ética de España, por más que España se pase por las corvas toda ética y el cumplimiento de lo estipulado por el Derecho Internacional en materia de descolonización. Desde hace ya 32 años se alientan la indigencia del pueblo saharaui a la vez que el humillante vasallaje al reino de Marruecos con absoluto desparpajo, por parte de todos y cada uno de los gobiernos de nuestro país que han venido sucediéndose desde aquel postrer estertor franquista por el que se confinó a los saharauis en la descarnada hostilidad de la Hamada argelina. La comunidad internacional no sólo hace caso omiso de la barbarie practicada contra los saharauis por la policía marroquí en El Aaiún y demás ciudades ocupadas del Sahara Occidental, sino que además somete a los refugiados en los campos de Tinduf a todo tipo de privaciones, incluyendo las alimenticias básicas: los envíos con ayuda humanitaria disminuyen porque quienes duermen en hoteles de cinco estrellas y tragan a todo papo y elucubran sin recato en los foros al efecto creen que es más propio en el desierto un ligero picoteo que una copiosa comilona.

En este contexto de vergüenza histórica, ahora que la memoria ídem está tan de moda, se ha presentado en el Ateneo de Santander el último libro de Fernando Llorente, 'Heridas y bálsamos', que lleva por significativo subtítulo el de "Saharauis: espíritu de resistencia". La obra de Fernando, excelente conocedor de la realidad saharaui por su reiterada convivencia en los campamentos de refugiados y su experiencia docente en El Aaiún inmediatamente anterior a la proclamación de la RASD, participa de varios géneros -diario, libro de viajes, reportaje, poesía, narrativa- y de varios deseos, siendo tal vez el de la mera satisfacción como autor literario el menor de ellos: es evidente, no sólo por sus palabras de presentación sino por el propio tono de la obra, que en este 'Heridas y bálsamos' asume un papel fundamental el testimonio de algunos de los saharauis con los que Fernando lleva tratando y estableciendo amistad durante años; un testimonio que es íntimo, de rabia, dolor, ternura, intensidad, vida y anécdota de sus protagonistas, pero que a la vez mira hacia fuera y es lucha contra el olvido por parte de la conciencia de occidente de estas gentes honestas y pacíficas abandonadas a su suerte en el inhóspito desierto sahariano.

El libro de Fernando -bellamente editado, por cierto- consta de tres partes variadas en estilo y tema: "Unos síntomas" sirve de introducción, mediante la transcripción de las palabras de saharauis significados por sus vivencias y trayectoria, al detalle de los acontecimientos bélicos y políticos conducentes a la actual situación del Sahara. "Heridas y bálsamos" constituye una parte más humanamente cotidiana, en que a partir de sentimientos, conversaciones, miradas de los propios saharauis y experiencias del autor en los campamentos, se va desgranando la apacible manera de entender la vida por parte de este pueblo, entregado al mimo de su tradición sin descuidar el ejercicio de la más cálida hospitalidad con el visitante, aun en mitad de sus evidentes dificultades. Por último, "Una larga espera" es un relato literario de ficción, aunque profundamente real, ambientado por su autor en una 'jaima' a la que súbitamente llega un regalo tan imprevisto como codiciado: un frigorífico; un relato en el que el rito plenamente semántico del té también adquiere relevancia. El libro se completa con proverbios saharauis y algunos haikai del propio Fernando Llorente, además de una serie de dibujos de Blanca González, diversas fotografías de algunos de los protagonistas y un glosario con los términos árabes específicos que se citan a lo largo de las páginas.

Fernando Llorente afirma que con 'Heridas y bálsamos' escribió, sobre todo, el libro que los saharauis querían que escribiera. Ojalá de esa querencia y de la labor de su escriba surja un día en que la precaria vida en el desierto sea sólo un recuerdo dormido de la Historia.