Una ruina inteligente

Una vieja y arruinada casa castellana, bella en su imperfección, resplandece bajo una adaptación, «que no rehabilitación», brillante, moderna y rompedora

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Sobre el páramo desnudo castellano, en Porquera de los Infantes, la ruina adaptada, una rehabilitación diferente./
Sobre el páramo desnudo castellano, en Porquera de los Infantes, la ruina adaptada, una rehabilitación diferente.

La ruina no se restaura ni se rehabilita, sólo se adapta para hacerla habitable', este es el punto de inicio de la filosofía constructiva que han adoptado los impulsores de una original construcción en Porquera de los Infantes, próxima a Aguilar de Campoo, a la que denominan 'La ruina habitada'.

Su propietario, Fernando Gallardo, crítico de hostelería del diario 'El país' y máximo responsable del equipo profesional de críticos más importante de España que controla al año más de 3000 hoteles, junto al arquitecto, Jesús Castillo, director del departamento de Conservación y Restauración de Patrimonio de la Fundación Santa María la Real y gerente de la empresa de construcción Patrimonio y Restauración S.L., han dado forma y proyección a una insólita idea, tras varios retos, una inquietud mutua y horas de reflexión. Abrieron, de esta forma, un camino y un territorio de exploración para perdurar en el tiempo.

Esta es la historia de una casa en un recóndito pueblo, en la que la actividad se detuvo en ese territorio del abandono y, que finalmente, como muchas otras, se derrumbó por la indiferencia y discrepancia de los herederos. La vivienda en su interior guarda sigilosa, secretos de otras vidas y los rincones son cómplices de silenciosas historias no contadas, un testimonio documental de profundas y sencillas vidas rurales.

Fernando Gallardo y Jesús Castillo supieron escuchar al inmueble y decidieron abordar, para habitarle, un proceso de conocimiento, al que califican de «tremendamente interesante». Había que mantener el valor de la autenticidad, conservando la estructura original sin modificar alzados, manteniendo la lateralidad de los muros, dando un salto al vacío en las normas arquitectónicas, sin dejarse manipular porque, aseguran, que «la rehabilitación hubiese sido un error».

«El edificio habló, sólo hubo que interpretar lo que decía, hablaba porque estaba construido, y aunque feo nos decía que algo servía. La idea clave se la doy al alma del edificio y al azar, que puso la poesía en este proyecto» explica Gallardo, en alusión a una nevada que destruyó parte del tejado, el detonante para que los propietarios decidieran venderla después de dos años de negociaciones.

La ruina se ha mantenido intacta, dejando al descubierto las heridas desnudas del tiempo, perforada por siluetas de luz y color que proyectan los rayos de sol al filtrarse en el interior. En la fealdad secuestrada de la fachada, se fuga el aire, se pegan las sombras y el soplo del viento, transformándose en algo desconocido, novedoso, en un nuevo hallazgo. Al mismo tiempo, en sus cristales se adhieren cielos profundos y contornos de paisajes con una serenidad de luz y calma. El resultado es la creación de atmósferas que nacen por el tratamiento arquitectónico de la luz.

Entre el aspecto ruinoso surge la morada. Es el despertar de viejas y nobles vigas de madera y pobres ladrillos junto al inmaduro acero cortem y las ordinarias chapas de galvanizado. Atrapa al visitante la exquisitez, la espiritualidad, el ritual de la acogida. Es la fusión del pasado inamovible con un futuro impredecible.

En esta frontera entre el pasado y el futuro se abren camino las últimas tecnologías. Las consideraciones sensoriales y la informática dan paso a una iluminación artificial a través de un sistema de escenas que permiten manipular, desde dos ordenadores, la luz, su intensidad, el color, según las necesidades o el estado de ánimo del morador. Así, La ruina, sorprendida del cambio, ha adaptado a sus íntimos y callados rincones de ensoñación, la inteligencia de los nuevos avances.

Un viajero incansable

Por su trabajo Fernando Gallardo, que también es el responsable de la web 'notodohoteles.com', ha viajado por todo el mundo, por lo que se define como nómada. «Yo no viajo a lugares, viajo a conceptos, me gusta recorrer el más allá que es lo que he querido hacer con esta ruina, cuando se me agote ya no estaré aquí», señala el promotor, quien asegura que cada día le atrapa más este refugio o 'burbuja' como lo llama, pasando más tiempo en Porquera que en Madrid.

«Yo quería algo rompedor, vanguardista, algo que me emocionara pero sin extravagancias, yo quería arte, porque el arte es una pulsión que nace de la casualidad», matiza Gallardo. En este sentido, argumenta que necesitaba un dispositivo que le emocionara «la arquitectura tiene que ser una explosión sensorial en texturas, olores, formas, tiene que satisfacerme sensorialmente, no me basta con que sea el continente de las sensaciones».

Y en este punto, el crítico asevera que fue el arquitecto, Jesús Castillo, quien «me entendió perfectamente y le debo el haberme engendrado, porque ha proyectado mi ser para los próximos años, ha elevado la ruina a categoría de arte».

Jesús Castillo, que con este proyecto ha recibido el segundo premio del colegio de arquitectos de León, afirma que trabajó muy cómodo. «No es fácil encontrar a un promotor que crea y confíe en ti por intuición, con esta conexión e intercambio hemos crecido exponencialmente. Una casa es lo que somos, es complicado encontrar la casa adecuada para la persona que va a vivir». Este encuentro y acercamiento para realizar el proyecto les ha llevado a entablar una gran amistad «y mi éxito de arquitecto es que la casa sea de Fernando». Añade que hubo un gran rechazo en un primer momento entre la gente por desconocimiento, y más tarde un gran impacto, a pesar de carecer de una imagen deslumbrante. La primera condición de amigo impuesta por Gallardo fue que Castillo habitara la primera noche La Ruina.

Decrepitud controlada

Los materiales de La Ruina están hablando todos los días. Para Castillo, que ha realizado numerosas intervenciones en iglesias románicas y monumentos, mantienen «una decrepitud controlada porque no existe ningún material que haya que mantener, no es un degradación, es una adaptación del material al entorno». En este mismo sentido, se expresa Gallardo, para quien la trampa del espacio es que no te sacia, que cada día se descubren cosas nuevas «los materiales decaen, evolucionan no hay que mantenerlos, por eso están vivos, se oxidan, cambian de luz, todo es un puro goze. Disfruto con su deterioro».

Gallardo ha elaborado su propia reflexión sobre la morada y el paso de la vida hacia la vejez, y es que, él afirma evolucionar conjuntamente con La Ruina. «Podemos hacer dos cosas, o luchamos contra ella con siliconas, o la amamos y aceptamos el declive con la alegría de saber que vas madurando, envejeciendo, que te vas fundiendo en ti mismo siempre con el báculo de la experiencia, y esta casa tiene una enorme experiencia». En definitiva, concluye, que ambos llevan una decadencia controlada.

El dueño explica que los invitados se sorprenden al ver la fealdad, el desastre de casa y no intuyen la esencia exquisita del interior. Se establece un juego en el que «el sentido de la ruina nos introduce en una paisaje romántico, donde el invitado está muy entregado a descubrir matices», apunta.

Huecos de luz

La Ruina no tiene ventanas, son huecos cuyo tratamiento ha sido muy premeditado pero en los que no ha acabado el proceso constructivo. Esto crea un efecto de traspaso hacia el exterior «es como estar en la calle, desprotegido, los huecos te están contando que estás en una ruina, su colocación es azarosa, no tienen sentido, forman parte de una carcasa perforada», precisa Castillo. Estos huecos que no tiene función de ventana, se destinan tanto a un armario ropero, como a alacena para colocar las copas y vajilla.

Por otra parte, se han cuidado todos los detalles de la construcción teniendo presentes consideraciones sensoriales a la hora de proyectar las distintas instalaciones. La instalación de calefacción es un folio radiante colocado bajo el suelo para no distraer el espacio con chimeneas o radiadores. Asimismo, las instalaciones de luz y electricidad están comandadas desde dos ordenadores que permiten realizar las combinaciones necesarias para obtener la luz demandada en cada momento con el fin de evocar sensaciones o sugerir el estado de ánimo del morador. «Ya no encendemos luces, creamos escenas con la iluminación, ésta es un elemento más que sirve para reforzar ciertos elementos arquitectónicos», explica Castillo.

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