Alberto Corral, ingeniero notable, mecenas excepcional

JUAN JOSÉ ARENAS
Aberto Corral junto a una pequeña parte de su colección. / DM/
Aberto Corral junto a una pequeña parte de su colección. / DM

Sin hacer el menor ruido ni provocar preocupaciones a sus más próximos, Alberto se ha ido. Se ha escapado de la vida tomando un camino que todos y cada uno sabemos que, antes o después, va a ser el nuestro. Pero tan anunciada igualación de nuestros destinos finales sirve de poco a quienes, como Bárbara y sus hijas Rosa e Isabel, con él vivían, disfrutando a diario de su cariño, de su protección y de su buen humor, esa difícil combinación de resolución frente a los problemas con una mirada siempre sosegada y una apariencia de plena tranquilidad. Son, está claro, su mujer y sus hijas quienes reciben el golpe más fuerte, pero para los hermanos de Alberto, su inesperada desaparición es también una amarga noticia que significa un vacío muy difícil de llenar. Tengo la impresión de que, para todos ellos, Alberto era una referencia de cariño, de interés por todo y por todos. Un cierto papel de «hermano mayor» parecía desprenderse de las numerosas visitas que Alberto y Bárbara recibían de los otros hermanos. Cuando, por cierto solían invitar a sus amigos que, de ese modo, hemos trabado conocimiento con casi todos los Corral López Dóriga.

Alberto, nieto e hijo de notables ingenieros, ha sido un hombre del todo preocupado por su profesión. Pese a que ambos estudiamos en la entonces única Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid, y pese a que nos debieron separar 2 cursos, justo la diferencia de nuestras edades, no nos conocimos hasta encontrarnos en Santander. Siendo el motivo que Alberto había recibido el encargo de traducir al español el libro alemán 'Brücken', Puentes, que hace 30 años se convirtió en un símbolo de modernidad y de ejemplos de cuidado diseño de puentes de todo el mundo. Alberto se iba a ocupar de la versión española.

Bueno, no le conocí personalmente pero sí de vista, sobre todo a raíz del concurso del Ayuntamiento de Madrid para levantar un paso elevado sobre la Castellana, a la altura de la calle Juan Bravo y desembocando en la glorieta de Rubén Darío, que ganó el trío de ingenieros formado por Fernández Ordóñez, Martínez Calzón y Alberto Corral, cuyo proyecto final redactaron y vieron felizmente construido. Es un hermoso viaducto de formas tan simples como limpias, que 30 años después se halla del todo integrado en el paisaje que lo rodea.

Fue un trabajo inolvidable entre otras razones porque la pareja compuesta por José Antonio Fdez Ordóñez (Jafo) y Julio Martínez Calzón aprovechó la situación política para desgastar al gobierno, presidido creo recordar por Arias Navarro. Y, además, en el caso de Jafo, hacer un poco de ruido. El motivo, algo tan secundario como la escultura 'La sirena varada', hecha ex profeso por Chillida para el Museo de escultura al aire libre que los ingenieros propusieron como ambientación del puente y que hoy puede conocer todo el que lo desee. La trifulca se originó cuando los servicios técnicos municipales se asustaron del peso de la pieza de hormigón y temieron que, al suspenderla de 4 cables que colgaban en oblicuo de las cabezas de otras tantas pilas, pudieran éstas dañarse. El Ayuntamiento no acertaba en su diagnóstico porque esas pilas disponían de armadura suficiente para resistir los tiros de los cables sin daño de ningún tipo, pero su error era, al principio, meramente técnico. Ahora bien, ésta es la nuestra debieron decirse Jafo y Julio Martínez Calzón para meter una cuña política y convertir el error de apreciación en desprestigio del Alcalde de Madrid (que pudo ser Arias) y del mismo régimen franquista.

El caso es que recuerdo haber pasado 2 meses absorto con un partido de tenis Ayuntamiento-Ingenieros. Pero, y aquí hay que diferenciar, Alberto Corral se apartó del equipo redactor del Proyecto. No recuerdo el orden de los acontecimientos y, por tanto, no puedo opinar sobre las razones de fondo. Lo que sí recuerdo es una carta enviada por Alberto Corral López Dóriga a los periódicos en la que, a causa de decisiones de obra que se habían tomado sin su participación, se desligó por completo del grupo. Y era por ese coraje del que tantas veces carecemos, por lo que yo, sin conocer ni entender el fondo del asunto, ya no pude olvidarme de quién era Alberto.

Nunca, en tantas tardes que hemos pasado juntos, le quise preguntar por esta historia y ello, porque en gente sensible esas cuestiones duelen y duelen a lo largo del tiempo. Por cierto que Julio Martínez Calzón, el 'ingeniero-bisagra' entre Jafo y Alberto, ha venido unas cuantas veces a pasar fines de semana a Queveda, a la preciosa casona de Alberto y Bárbara. Lo que indica, y de ello me alegro, que con él no ha tenido problemas. Y Fernández Ordóñez falleció hace pocos años, tras una larga y dura enfermedad.

Explico cómo nos conocimos en Santander. Una mañana suena el teléfono de mi despacho y al otro lado de la línea está Alberto Corral. Me dice que tiene dudas en algunas palabras técnicas para la traducción del libro "Brücken". Sólo recuerdo la que más me interesó que era el nombre en español de las torres de un puente atirantado, tipología representada en Cantabria a pequeña escala por el puente construido frente al Parque Científico y Tecnológico, torres más o menos inclinadas, en cuyo tramo superior se anclan los tirantes rectos e inclinados que vienen del tablero.

A Alberto, la voz 'torre' no le llenaba y coincidí con él. Tenemos en el subconsciente un enlace poderoso entre torre y construcción vertical. Además, una torre hace pensar en un elemento de gran potencia. Cuando, por ejemplo, la palabra "mástil" sugiere cargas más o menos importantes y se relaciona tanto con pieza vertical como con pieza inclinada. Por ejemplo, en el puente sobre la S20, llamar mástil inclinado a esa pieza de acero de sección variable que desde el nivel del tablero parece del todo recomendable.

Existe otra voz para designar a esas piezas que es 'pilono' cuya palabra hermana, 'pilón', se refiere a una pila vertical especialmente robusta, Pido que me excusen si digo que quien empieza llamando pilono a lo que es un mástil ligero es posible que haya ya perdido el concurso. Porque la sensibilidad se demuestra no sólo con la obra construida sino también con las voces que la explican. Ni que decir tiene que Alberto estuvo de acuerdo en tachar 'pilono'. Yo creo que este episodio (torre, mástil, pilono) habla a las claras de la finura de espíritu de nuestro amigo y, por otro lado, indica la minuciosidad con que se tomaba su trabajo.

Un punto concreto que no podría pasar por alto es el compromiso que Alberto Corral aceptó de traducir al español un libro técnico en el que muchos hemos aprendido a calcular y tratar la fuerza de pretensado en cada pieza resistente. Es el libro, completo y fecundo, del Profesor Fritz Leonhardt, cuya publicación en español ha hecho posible la diseminación por todo el país del conocimiento del proyecto y construcción de estructuras de hormigón pretensado. Bajo ese mismo titulo ('Hormigón pretensado') tenemos, en español, un libro de más de 700 páginas, donde la concepción, el cálculo y la construcción de puentes de hormigón pretensado se muestran y explican con todo el rigor alemán pero con palabras de máxima claridad. Mi copia personal, desgastada de tanto leer, mirar y remirar, es de Octubre de 1967. El libro se vendía sólo casi en el extrarradio de Madrid, en el Instituto Torroja, en el extremo de Arturo Soria. Recuerdo que me costó 500 Pta, que salí feliz con él y que me pareció encontré regalado.

Yo le he agradecido unas cuantas veces el valor, inmenso, de esa actuación. De no ser por Alberto Corral, al no dominar el alemán a niveles de gran finura, nos hubiéramos desesperado, con el 'Spanbetton', de 700 páginas, en alemán. Alguna vez, al intervenir en algún congreso técnico. le he rendido a Alberto público homenaje. La verdad es que él recibía estas noticias, seguro que con satisfacción íntima, pero sin expresar demasiado interés.

No puedo hablar de su importante dedicación a la eléctrica Saltos del Nansa, sociedad fundada por Santiago Corral, padre de Alberto y, según tengo entendido, verdadero factótum de la sociedad de Santander. La responsabilidad de Alberto con Saltos del Nansa le trajo a Santander hace ya tiempo y, desde entonces, hemos contado con él en muchas direcciones. Comenzando por su participación en Cantabria Nuestra, en una época en la que todavía creíamos que las cosas, ese estado de cosas de urbanismo montaraz y delictivo, donde tiro la piedra, en forma de urbanización claramente abusiva e ilegal, y escondo la mano, podía mejorar en cuanto la gente tuviera más información.

Sé que hay un capítulo especial que yo me limito a nombrar porque nada concreto sé, que es el de Alberto Corral, mecenas. Y otro, del que me hubiera gustado disfrutar, que es el de Alberto Corral coleccionista de arte. Nos acabamos de enterar de su estrecha y generosa participación en las exposiciones organizadas en Málaga por Fernando Francés.

Como mecenas, Alberto ha ejercido a lo largo de sus años en Cantabria, en un ámbito tan íntimo como es la familia propia. En efecto, Bárbara de Rueda se ha sentido siempre bien aconsejada y del todo amparada por la voz tranquila de Alberto. No sería capaz de detallar nada de ninguna en concreto pero han sido muchas las iniciativas artísticas que Bárbara ha podido experimentar con el apoyo continuado de Alberto. Lo que no hace más que aumentar el dolor de la separación. Para cuya superación el factor tiempo resulta indispensable.

A todo nos duele la marcha, demasiado temprana y demasiado precipitada, de Alberto Corral. Para quienes nos esforzamos en creer en las promesas de Jesús de Nazaret hay un camino, una luz y una esperanza. Que nos permita a cuantos le hemos querido confiar en volver a verle.