El día de Silva y Ramos

El lateral y el centrocampista se marcan un partidazo ante Rusia

ROBERT BASIC
Silva celebra su gol con Cesc Fabregas. /EFE/
Silva celebra su gol con Cesc Fabregas. /EFE

España bailó anoche bajo la lluvia. Lo hizo con elegancia y convencimiento de que su fútbol encerraba muchos más quilates que la propuesta rusa, rácana y carente de fantasía, que se diluyó como un azucarillo en un vaso de agua cuando la selección empezó a hacer daño de verdad. Todo el equipo estuvo inmenso, creativo arriba y sin fisuras atrás, pero Sergio Ramos y David Silva firmaron un completísimo encuentro que rozó la perfección.

España se sabía superior, pero le costó abrir el melón ruso. Amagó nada más arrancar el choque, en el minuto 6, cuando Akinfeev sacó un disparo de Torres que las gradas ya celebraban como gol. A partir de ahí, la 'roja', que ayer vestía de amarillo, se hizo con el control del partido, aunque ya no gozó de oportunidades tan claras en la primera parte. La tromba de talento se hizo esperar, como los grandes artistas, para brotar en la reanudación y llevarse por delante a los hombres de Hiddink.

Desde el pitido inicial se vio que Sergio Ramos estaba 'enchufado'. Subió la banda derecha una y otra vez, incansable, perfecto, un portento físico que cuajó su mejor actuación desde que llegó a la Eurocopa. Se convirtió en un arma ofensiva peligrosa, inmenso en sus llegadas desde atrás, y en ningún momento descuidó sus tareas defensivas. Arriba desbordó una y otra vez a Zhirkov y, en la zona de contención, no concedió ni un milímetro. Anoche fue su día y gozó de lo lindo en el empapado césped de Ernst Happel.

Cuestión de fe

Rusia sólo dio señales de vida con dos zarpazos de Pavlyuchenko en la primera mitad. Pudo haber cambiado el rumbo del partido, pero España está hecha de fe y, de haber marcado Rusia, 'la roja' hubiera volteado el marcador por puro convencimiento. Y si Ramos hizo un partidazo -llegó a robar balones, subir y rematar de cabeza-, David Silva no se cansó de marear a los defensas rivales. Se ofrecía, abría espacios, buscaba la portería de Akinfeev y regateaba en una baldosa.

Nada más arrancar la segunda mitad, Xavi entró en el área como un tren de alta velocidad para empujar a la red un remate de Iniesta. Ahí se acabó todo y España empezó a sacar conejos de la chistera, tirar purpurina al aire y esconder el balón. Silva seguía haciendo daño, una peonza al servicio del espectáculo, que culminó su noche mágica con un gol en el minuto 82. Cesc, inconmensurable desde que sustituyó al lesionado Villa, le envió un regalo al punto de penalti que el canario convirtió en el 0-3 definitivo.