Leonardo Torres Quevedo: centenario del primer dirigible español

El ingeniero cántabro disfrutó de un reconocimiento científico y un éxito comercial impensables cuando, el 11 de julio de 1908, hace ahora cien años, se elevaba por los cielos de Guadalajara abordo del dirigible que llevaría su nombre

FRANCISCO GONZÁLEZ DE POSADA
Retrato de Torres Quevedo. / DM/
Retrato de Torres Quevedo. / DM

Leonardo Torres Quevedo (1852 - 1936), natural de Santa Cruz de Iguña (municipio de Molledo), había sido considerado «el más prodigioso inventor de su tiempo» por Maurice d'Ocagne, presidente de la Sociedad Matemática Francesa, conocedor de sus revolucionarias concepciones en la creación y ejecución de máquinas de calcular algébricas, del telekino (primer dispositivo de mando a distancia del mundo), de la Automática (de la que fue pionero) con las relevantes invenciones de sus ajedrecistas y del aritmómetro electromecánico (primer ordenador del mundo en el sentido actual), y, entre otros muchos, de los inventos que entre 2007 y 2008 conmemoramos por sus centenarios: los dirigibles, en Guadalajara, y el transbordador del Monte Ulía, en San Sebastián, primicia del Transbordador del Niágara -el Spanish Aerocar- que aún surca los aires de Canadá y Estados Unidos.

No debía pasar el año 2008 sin que en Cantabria se recordara con especial atención el período comprendido entre el 14 de junio y el 11 de julio de 1908, memorables días de la aeronáutica, no sólo española sino universal, durante los cuales, en el Parque de Aerostación Militar de Guadalajara, se efectuaron las pruebas de estabilidad del dirigible 'Torres Quevedo', en las que realizaron los primeros vuelos tripulados en dirigible tanto el insigne inventor iguñés como diferentes aerosteros militares que con él colaboraron como Pedro Vives y Alfredo Kindelán. El éxito en España de estos ensayos con su dirigible autorrígido trilobulado se convertiría pocos años después en un impresionante reconocimiento internacional desde la Casa Astra francesa, con prácticamente cien dirigibles comercializados en Francia, Reino Unido, Estados Unidos y Japón durante la Primera Guerra Mundial y los años inmediatamente posteriores a su conclusión.

Torres Quevedo, ya miembro de la Real Academia de Ciencias, en 1901 había comenzado a pensar sobre temas aeronáuticos, y, con fecha 5 de mayo de 1902, solicita patente de invención en Francia por «Perfeccionamientos en los aerostatos dirigibles», donde manifiesta su preocupación físico-matemática y técnica por el problema de la estabilidad cuando el mundo aerostático aún anda ocupado en el de la propulsión (tránsito del globo al dirigible).

En enero de 1904 se había creado «para él» el Centro de Ensayos de Aeronáutica, dependiente de la Dirección General de Obras Públicas (Leonardo era ingeniero de Caminos), primera institución civil española dedicada al estudio de aeronaves y la primera industria constructora aeronáutica de nuestro país dedicada al desarrollo de los proyectos de un ingeniero español.

Alfredo Kindelán Duany, ingeniero militar aerostero, se integró en el Centro como Auxiliar Técnico, en marzo de 1905 y, bajo la dirección del inventor, confeccionó la envuelta trilobulada de un dirigible de 640 metros cúbicos en el frontón 'Beti-Jai' de Madrid. Este globo (todavía no dirigible) se infló con gas del alumbrado en las instalaciones del Aero-Club de Madrid el 26 de junio de 1906.

En Guadalajara

El 30 de junio de 1906, el director general de Obras Públicas, Ricardo Serantes, autoriza a Torres Quevedo a trasladar el globo y demás material del Centro de Ensayos de Aeronáutica a las instalaciones del Servicio de Aerostación Militar en Guadalajara que dirige el coronel Pedro Vives Vich.

Alfredo Kindelán comienza la construcción de un barracón de tela, y el 5 de agosto escribe a Leonardo Torres Quevedo: «Cuando venga Vd. tráigase algo planeado sobre la barquilla [ ] el motor marcha bien [ ] estoy satisfecho del funcionamiento pero no de la facilidad de ponerlo en marcha a distancia».

En septiembre de 1906 se realizan pruebas de inflado con hidrógeno del globo con objeto de «vencer la incredulidad de Vives y Rojas, metérselo por los ojos».

Para la primavera de 1907, ya se ha recibido el material pendiente, se construye la barquilla y se acoplan todos los elementos al globo para convertirlo en un dirigible. Y, a principios de julio el 'Torres Quevedo nº 1' es una realidad: se infla el globo, se ponen en marcha los motores, acude la prensa, se hacen fotografías , pero las lonas han perdido su impermeabilidad, el dirigible no conserva la estabilidad de forma en vuelo y los ensayos deben suspenderse.

Durante los días 12 y 13 de septiembre el dirigible vuela con los motores en marcha, guiado desde tierra con las cuerdas de maniobra, pero sin pasajeros en la barquilla, hasta que vuelve a fallar la impermeabilización de las telas.

El 15 de septiembre Torres Quevedo acepta las modificaciones que le plantea Kindelán para resolver el problema: se podían mantener la viga funicular flexible interior y las aristas, pero debía aumentarse el volumen del lóbulo superior para ganar la fuerza ascensional que compensase el aumento de peso que conllevaba la utilización de nuevas telas más impermeables.

Nuevas telas

Encargadas nuevas telas en Francia a la casa Continental y ultimado el proyecto de la nueva envolvente de 950 m3, entre enero y mayo de 1908 Kindelán procedió a la construcción del 'Torres Quevedo nº 2'.

El 14 de junio empezaron las pruebas, haciendo volar el dirigible con uno solo de los motores a media marcha, y con los soldados corriendo por el Polígono acompañando el desplazamiento del globo, con las cuerdas de maniobras flojas pero sin soltarlas, para girar y dar la vuelta al dirigible cuando se llegaba a los límites del terreno. Se confirmaba el objeto de estudio tras las primeras pruebas de 1908: la estabilidad de forma y en vuelo del dirigible concebido por Leonardo Torres Quevedo en 1901, con patentes en 1902 y 1906.

Resueltos algunos desgarros en las aristas del globo, los ensayos continuaron durante los días 8, 9, 10 y 11 de julio. Sobre ellos escribía el inventor: «Se ponían en marcha los motores estando la barquilla en tierra y se paraban, en el momento preciso, cortando desde tierra la chispa del encendido. Aunque no se dejaba el globo absolutamente libre, las cuerdas de maniobra iban flojas del todo y no modificaban en nada la marcha».

Seguía escribiendo Torres Quevedo: «Las últimas ascensiones se llevaron a acabo en la noche del 11 [de julio]. En ellas, vista la seguridad con que marchaba siempre el globo, y aprovechando un rato en que el aire estaba completamente en calma, se hicieron varios viajes con un tripulante en la barquilla, no con el objeto de guiar el globo -que no se consideró que estuviera aún dispuesto para ello-, sino para comprobar la estabilidad de marcha y otros detalles. Tomaron parte en estos viajes el coronel Vives, los capitanes Gordejuela y Kindelán, los tenientes [Fernández] Mulero y [Cobo] Pintos (únicos oficiales que se encontraban entonces en el Polígono) y el que suscribe».

El 19 de septiembre de 1908 en el semanario Blanco y Negro se afirmaba: «Noticiosos de que dentro de pocas semanas, cuando hayan regresado a Madrid las Reales personas, se verificarán las pruebas oficiales del dirigible 'Torres Quevedo' en el Parque Aerostático de Guadalajara».

Ante el monarca Alfonso XIII

Esas pruebas ante el Rey Alfonso XIII no tendrían lugar, al producirse el desencuentro del insigne inventor montañés con los ingenieros militares. Sin embargo, este aparente fracaso en su país le llevaría directamente a la consagración internacional de su genio aeronáutico. Realizadas en octubre de 1909 nuevas pruebas en Francia con el dirigible ensayado en Guadalajara, la casa Astra compraría la patente en febrero de 1910 para su explotación en todos los países del mundo (menos España, donde seguía quedando libre una posibilidad que nunca supo utilizarse).

Tras el éxito en Francia del 'Astra-Torres nº 1', que lograría en mayo de 1911 el 'Premio Deperdussin' al dirigible más rápido en recorrer un circuito cerrado de 100 km, y el record de velocidad del 'Astra-Torres XIV' en el Reino Unido en octubre de 1913, cuando alcanzó los 82,3 km/h, muy por encima de cualquier otro dirigible de la época, Torres Quevedo disfrutó de un reconocimiento científico y un éxito comercial impensables cuando, el 11 de julio de 1908, hace ahora cien años, se elevaba por los cielos de Guadalajara abordo del dirigible que llevaría su nombre.

Nos encontramos ante una conmemoración centenaria que se añade a los esfuerzos realizados durante los últimos veinte años desde Amigos de la Cultura Científica para que la sociedad española en general, y la montañesa en particular, conozcan la dimensión histórica de este ilustre hijo de Cantabria.

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