Del Sáhara al Sardinero

Más de ochenta familias cántabras acogen durante este verano a niños procedentes de los campamentos de refugiados

V. MILLÁN URQUIJO
Mariam Sidahmed con su familia española./ CELEDONIO/
Mariam Sidahmed con su familia española./ CELEDONIO

Mariam Sidahmed tiene 10 años y éste es el cuarto verano que pasa estos meses con la familia Vázquez. Aunque no hay posibilidades de adoptar oficialmente a estos niños, que llegan a la región de la mano de Cantabria por el Sáhara, la familia española de Mariam asegura que «es una más en nuestra casa, forma parte de nuestro hogar».

La mayoría de las familias de acogida, un total de 83 este verano, visita durante el año a los niños en el Sáhara, aunque como ellos dicen «no es sencillo ver las facilidades que tienen aquí y los problemas que soportan allí para conseguir recursos tan insignificantes para nosotros como el agua».

El Sáhara arrastra este peso desde hace 33 años. Sin un reconocimiento internacional como país, la vida en los campos de refugiados linda con la extrema pobreza. «Hay muchas familias que están bien estructuradas», explica la 'madre española' de Mariam, «y los niños son felices porque no entienden nada de lo que ocurre, pero también existen familias con carencias tan necesarias como los medicamentos». «Si no fuese por las ONG la situación sería todavía peor», señalan.

El alcalde de Valdeolea, Ángel Calderón, lleva tres años acogiendo a Sidi Mohamed, de 10 años. «El primer verano fue muy difícil porque es un niño inquieto y mi hijo pequeño es lo contrario, pero ahora la situación se ha normalizado». La hija mayor, de 18 años, acude cuando puede a visitar Sidi porque «le considera como un hermano más».

Estos días empiezan a ser tristes para las familias porque el 19 de agosto los niños partirán cada uno a su casa. «La despedida es muy difícil porque los niños quieren ver a sus padres pero también te preguntan cuándo van a volver». En algunos casos, como es el de la familia de Mariam, es el último año que van a poder disfrutar de ella, puesto que el máximo son cinco años y ella ya cumple el cupo. «Estamos muy tristes, y ya que no nos la podemos traer aquí porque no nos dejan, seguiremos yendo a verla a su casa».

«Los niños son felices aquí, hacen amigos, y en cuanto se van llaman porque quieren volver», dicen las familias. Es una situación que parece no tener una solución próxima y por eso Cantabria por el Sáhara invita año tras año a las familias de acogida a que «sigan luchando y sigan presionando para que esta horrible situación llegue a su fin».