183 paños de lágrimas

El equipo de psicólogos que atendió a las familias de las víctimas del JK5022 explica su labor y lamenta la falta de un protocolo de actuación

KAREN DE LA HOZ
Los servicios de emergencia atienden a un familiar de una víctima en la catástrofe de Spanair. / EFE/
Los servicios de emergencia atienden a un familiar de una víctima en la catástrofe de Spanair. / EFE

«Muchas gracias por estar ahí». Esta fue la frase más gratificante que escuchó Mónica Fernández durante los diez días que duró el dispositivo de asistencia psicológica para los familiares de los fallecidos el 20 de agosto en el MD-82 de Spanair. La encargada de coordinar el trabajo sólo fue consciente de que había realizado de forma cabal su tarea cuando una de las víctimas le dijo: «gracias también por no meterte».

Su labor, y la de los 183 profesionales que estuvieron bajo la tutela del Colegio de Psicólogos de Madrid, fue la de ser paños de lágrimas y ofrecer ayuda, nunca imponerla, escuchar y respetar el silencio, facilitar abrigo, dar información y preparar a las familias para los reconocimientos. Así transcurrieron 1.650 horas.

El primer contacto de Mónica con la catástrofe de Barajas fue una llamada telefónica. Era de una televisión y querían entrevistarla. Su experiencia en el Servicio de Orientación Psicológica de Oficinas Judiciales y su trabajo en el 11-M, la convertían en voz autorizada para hablar, pero en ese momento lo importante era ayudar.

Mónica declinó la invitación, colgó su móvil y de inmediato se puso a disposición del Colegio de Psicólogos. Eran cerca las tres de la tarde. Primero, acudieron a Barajas para atender a quienes llegaban en busca de noticias. Luego, al recinto de Ifema, primer destino de los cadáveres, y después al cementerio de La Almudena, donde recalaron al fin los cuerpos.

El Colegio de Psicólogos de Madrid estuvo en la toma de muestras de ADN a los familiares, acompañó a padres, madres, hijos, hermanos y parejas a reconocer y recuperar las pertenencias de los suyos, siguió la entrega de cuerpos y, los últimos días, en el hotel Auditórium para acompañar a los familiares que, una semana después de la tragedia, seguían a la espera de llevarse el cuerpo, o lo que quedara de él.

Petos de colores

Eran fáciles de identificar con sus petos de colores. Observaban desde las esquinas. Desde allí, miraban a todos los afectados y a ninguno a la vez. Siempre discreción, sin hacerse sentir. Si alguien necesitaba un abrazo, lo daban. Si pedían algún tipo de información trataban de conseguirla. Daba igual si eran las siete de la mañana o las diez de la noche.

Tuvieron que dedicarse a todo, desde marcar el teléfono de una mujer incapaz de hacerlo por el dolor, hasta atender a hombres, fuertes como robles, pero con los ojos anegados de lágrimas e incapaces siquiera de hablar. Jornadas extenuantes y sin cobrar nada.

Mónica Fernández, encargada de coordinar el proceso de acompañamiento en la recogida de muestras, explica que el trabajo se hacía en turnos de ocho horas. «Los psicólogos -precisa- estaban familiarizados con el escenario en que se encontraban y eso les permitía despejar los interrogantes de las familias».

Fernando Chacón, presidente del Colegio de Psicólogos, sostiene que hay que cambiar «la forma en que se comunicaron los fallecimientos». Cree que no fue un dechado de sensibilidad ni un acierto reunirlos en una sala y decir el nombre de los supervivientes. A su juicio, el sistema es «manifiestamente mejorable» y debe sustituirse por un diálogo «individual y personalizado».

Chacón también reclama una hoja de ruta para actuar ante catástrofes. «Es triste que cinco años después del 11-M sigamos sin un protocolo de intervención psicológica, cuando en otras comunidades autónomas existen». «Es obligación de todos -Colegio y Administración- que en estos casos excepcionales las actuaciones no queden a la suerte de la buena voluntad de quienes estamos en los puestos de responsabilidad».