Relatos de Benín

Una pequeña delegación del Gobierno de Cantabria ha recorrido la zona para conocer los proyectos que el Ejecutivo tiene en marcha en el país, uno de los más pobres del mundo

ÁLVARO MACHÍN
Los niños, descalzos, apenas vestidos, eternamente sonrientes y capaces de desprender toneladas de cariño a los visitantes pese a unas duras condiciones de vida./
Los niños, descalzos, apenas vestidos, eternamente sonrientes y capaces de desprender toneladas de cariño a los visitantes pese a unas duras condiciones de vida.

Suleyman tiene tres años. Su piel negra está teñida por ese polvo que sólo conocen los que pisaron África. Ése que se pega a los zapatos y ya no se marcha nunca. Suleyman no tiene zapatos. Sus pies descalzos corretean junto a cientos de diminutos pies descalzos por los caminos de Wenou, una aldea perdida en el mapa de Benín. Sonríe mucho. No deja de hacerlo. Hoy lleva una vieja bata de andar por casa que le llega por las rodillas. Está sucia, desgastada, llena de agujeros Mañana llevará la misma ropa. Y pasado. Y al otro. La lleva abierta y debajo no hay pijama, ni camiseta. Sólo la bata. Está muy contento porque hay fiesta. Se inaugura un pequeño centro que servirá para que los jóvenes de la zona se reúnan y, tal vez, aprendan algo útil. En la fiesta estará 'batouré' -así se dice hombre blanco en Baribá- y, con un poco de suerte, se repartirá algo de comida. Suleyman abre su puño y le ofrece a un joven de piel extraña lo que tiene: una pequeña goma de color verde. El chico blanco se la devuelve y la coloca en su dedo, como un anillo. Desde ese momento, cada vez que sus miradas se crucen durante toda la jornada, el niño levantará el brazo para mostrar que el regalo sigue allí. Y no se separará de 'batouré' durante todo el día. Hasta que se marche le cogerá la mano, apretará con fuerza y le acompañará donde vaya. Hasta que se marche. Un viaje por Benín es un diario de historias, de imágenes grabadas que contagian una epidemia de sensaciones contradictorias. Nueve días recorriendo el país sirven para rasgar el cuadro de los tópicos de África. El hambre, la pobreza, la miseria Existen. Claro que existen. Pero nadie avisó al viajero de una hospitalidad sin límites, de la ausencia de egoísmo, de la ilusión por la vida y, sobre todo, de las sonrisas. Miles de sonrisas. Miles de manos que se estrechan. Miles de saludos afectuosos. Miles de niños que se clavan en la conciencia a base de regalar felicidad. Tal vez esa felicidad esté más cerca del que nada tiene y está dispuesto a compartirlo. Benín está marcado por la indiferencia de quien vive en paz. Una democracia más o menos asentada, la ausencia de luchas étnicas y una convivencia envidiable entre católicos, musulmanes (ambos en minoría) y animistas. Benín no sale en los periódicos y no exporta sus miserias. Pero hay otro tipo de indiferencia que también habita en el país. La de la ausencia de casi todo. Aquí no hay petróleo, ni minas de diamantes Ni siquiera exportación de cacao, caña Sólo un poco de algodón que el mercado se ocupa de infravalorar a pasos agigantados. Por eso Benin no interesa. Ni a las empresas, ni a los estados (de Benin no llegan emigrantes y no tienen que 'pagar' a su gobierno para que vigile sus fronteras)... El cielo dicta sentencia de vida en forma de lluvia. Si la cosecha es buena, el año será llevadero. Maiz, mandioca, arroz, ñame (una especie de patata enorme y blanquecina), piña (ananá, deliciosa) Es la base alimenticia de un país que hace harina y pasta de casi todo. La carne, cuando toca, es de unos pollos delgados, con poca 'chicha' y algo dura. Si la cosecha es mala Si es mala acudirán al hospital, pero sólo en el último momento. No hay dinero y gastarlo o endeudarse es un último recurso. Por éso muchos mueren por el camino, en una carretera que después de las lluvias es como una atracción de feria. Botes y botes en vehículos destartalados. O kilómetros a pie. Florencio, un médico italiano, dirige el hospital de Tanguietá, el mejor del país. 5.000 niños pasaron por allí el pasado año. 400 no volvieron a casa. Niños que, como dice una religiosa de Materi,«huelen el cariño». Por eso se acercan, sonrientes, descalzos, inocentes, puros Tanto que no es extraño que dos jóvenes de doce o trece años caminen cogidos de la mano como prueba de amistad. Niños que, en ocasiones, son traficados o vendidos como salida económica para sus familias que, en muchos de los casos, son engañadas en torno al destino de sus pequeños. «Hay más de 2.000 benineses en el Congo», cuenta Juan José, un salesiano que ha consagrado su vida a 'rescatar' a estos esclavos del siglo XXI. Son familias demasiado numerosas. Por eso resulta sorprendente a ojos del europeo la suficiencia de una niña de tres años. Con esa edad ya cargan anudado a la espalda con el último bebé que deparó la Providencia. Y se ocupan de él hasta que éste pueda valerse por sí mismo. Años más tarde, esa niña tendrá suerte si no es forzada a contraer un matrimonio de intercambio. En un país donde la poligamia existe, las más jóvenes son elegidas para convertirse en las 'esposas de la vejez' de un hombre que cederá posiblemente a la hija de su hermana o a una suya a cambio de alguien que le cuide hasta que muera. Pero no todas se resignan al destino. Algunas huyen -bajo amenaza de muerte- y escapan lejos de su entorno. Las hermanas teatinas de Materi sostienen una residencia que les da cobijo, educación y una posibilidad ante la vida. Y es que la educación y la independencia de las mujeres es la mejor salida para el desarrollo. Si una niña pudo estudiar llevará a sus futuros hijos a la escuela, será económicamente independiente y tendrá opciones de decir que 'no'. Pero no es fácil de explicar que una niña deba ir al colegio aunque eso suponga desatender a sus hermanos, dejar de preparar el hogar o la comida, o reducir sus viajes a por leña o para traer agua del pozo... Agua. En muchos lugares la palabra grifo forma parte de un verbo en tiempo futuro indeciso. Ese mismo agua que ofrece el rey de Wenou al visitante en su choza. Es lo único que tiene. Un cuenco de agua con la que el hombre blanco sólo se moja los labios para no ser descortés ante el temor de contraer alguna de esas dolencias de otro mundo. Es un rey pobre, sentado sobre una alfombra y rodeado por los ancianos que forman su corte. Pero es un rey respetado y hospitalario. En otro lugar, en Fo-Bouré, unos sacerdotes riojanos consiguieron el dinero, la infraestructura y la organización (tal vez lo más importante) para canalizar el líquido de la vida. Ellos mismos describen las caras de asombro de los habitantes el día que varios puntos de luz eléctrica empezaron a hacer la competencia a las estrellas. Unas estrellas que se pelean por el protagonismo de un cielo indescriptible. La luz africana también es especial. De noche y de día. Hay luces externas e internas. Como las que irradian algunas personas. Sor Imelda es una de las sesenta personas de nacionalidad española que vive en Benin. Tiene 71 años y ha pasado media vida en Tobré. Por eso habla, incluso, un perfecto Baribá y camina con soltura por los caminos robados a la sabana o entre las descarpadas cabañas donde viven sus hermanos benineses. Son vidas dedicadas a los demás, como la de Sor Carmen, Sor Antonia o Sor Inmaculada (nacida en Togo), desde su residencia de chicas en Materi, donde un día sí y otro también se enfrentan a la necesidad, las arraigadas tradiciones y hasta a un dichoso generador que no acaba de arrancar cuando se va la luz. O Patrick, un enorme sacerdote beninés que ejerce de párroco en Ouassá-Pehunco. Enorme por dentro y por fuera, como las voces de su coro. Sobre todo la de Daniel, un chico avispado e inteligente que pide a gritos a quien le escuche un diccionario de francés-español para estudiar. O la de Rachel, protagonista de un documental sobre la vida de las niñas en el país y la importancia de su escolarización. Los ojos de Rachel se convirtieron en fuegos artificiales al verse en la pantalla por vez primera. Antoanette también es una niña. Mucho más pequeña. Y fue capaz de llevar en su diminuta mano un trozo de papel arrugado durante dos días sólo porque contenía el dibujo que un hombre blanco le regaló. En la camiseta que le llegaba por las rodillas no había bolsillos, aunque le sobraran los agujeros. Historias con nombre propio en el cuaderno de notas de un viajero dispuesto a observar y alejado de los escrúpulos de la comodidad. En este recorrido de estampas, poco importa si el pantalón se ensucia con el barro del camino, si la camiseta se pega a la piel con un sudor empalagoso o si el pelo es un lacio compañero que sólo se lava con cubos de agua fría sobre la cabeza. Es un viaje para no llevar espejos, pero sí la mirada bien atenta. Un viaje que, al deshacer la maleta, impregna un hogar europeo de un aroma que a muchos desagrada. Un olor a piel y polvo, a harina de maíz, a calor que abofetea el rostro, a humedad, a fuego de cocina bajo el sol, a agua del pozo, a niño descalzo, a calle sin asfalto Todo junto. Y ese olor recuerda a las palabras de un cántabro que viaja a Benín a menudo. «En este país los sentimientos no necesitan de palabras», asegura. Él se reencuentra consigo mismo cada vez que renueva el polvo de sus zapatos. Dice que a África puedes llegar con cientos de maletas cargadas de dinero o de regalos. Ella te dará mucho más. Antes de marcharse, el hombre blanco le entregó una vieja mochila de color rojo a Suleyman. Una de esas bolsas publicitarias que regalan por beberse un par de copas. Ésas que acaban en el fondo de un armario o en una papelera por no cargar con ella hasta casa. El niño, aquellos días y aquel país le habían hecho un triple regalo mucho más importante: el cariño, la conciencia y el recuerdo. El cariño de la mano apretada de unos diminutos seres sonrientes que le siguieron a todas partes. La conciencia de que la felicidad es muy barata, aunque aquí la busquemos en una lista de ceros. Y el recuerdo Un recuerdo que le provocó una emoción especial cuando entre todas las fotos encontró la de un niño de tres años y pies descalzos vestido con una bata sucia sentado sobre sus rodillas. Llevaba una mochila roja. Y sonreía.

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