Yo pondré la guerra

El nacimiento de un tipo de prensa poco fiable de la mano de Hearst a finales del siglo XIX acabó por influir en campañas electorales y en el voto ciudadano

J. R. COLÓN
McKinley, a la izquierda, y Hearst: enemigos./
McKinley, a la izquierda, y Hearst: enemigos.

A finales de 1897, el ilustrador Frederic Remington no pudo ocultar su sorpresa al leer el telegrama que le remitían desde Nueva York en contestación a su petición de regresar de Cuba, adonde había acudido a cubrir las revueltas mambises contra el dominio español. «Remington. La Habana. Por favor quédese. Usted ponga los dibujos y yo pondré la guerra». A muchos kilómetros de la capital de la isla caribeña, en la Casa Blanca al presidente republicano William McKinley ni se le había pasado por la cabeza iniciar una hipotética guerra con España. Pero pronto comprobó lo cerca que estaba de hacerlo.

La respuesta que recibió Remington estaba firmada por su jefe y dueño de 'The New York Journal', William Randolph Hearst, que por entonces era ya un importante editor de prensa. Ese telegrama supuso el despertar de una forma de información que poco a poco resultó imparable hasta influir poderosamente en muchas de las decisiones políticas y hasta presidenciales. E incluso la responsable de inclinar de un lado u otro la opinión del ciudadano sobre a quién apoyar en las urnas para dirigir la mayor potencia del mundo, como se ha visto hasta nuestros días.

Cundo Hearst hizo quedarse en La Habana a su dibujante, el trasunto del 'Ciudadano Kane' reflejado por Orson Welles en las pantallas de cine buscaba una catapulta con la que aumentar la difusión de sus periódicos -más decisiva en aquella época que la publicidad- en clara competencia con el también legendario Joseph Pulitzer.

Poco después del envío del telegrama, el 15 de febrero de 1898, una bomba destruyó el acorazado estadounidense 'Maine', fondeado en la bahía de La Habana. Los medios de Hearst señalaron a España como culpable. Fue la chispa que desencadenó un conflicto iniciado en las rotativas, aunque la historia se ha encargado de aclarar que la explosión fue accidental. La opinión pública estadounidense se soliviantó empujada por el magnate. La exigencia para que Washington declarase la guerra fue un clamor en todo el territorio americano.

Virulentos ataques

El vaso se desbordó. McKinley, contra quien Hearst había lanzado la campaña más virulenta que jamás había existido para impedir primero que llegara a ser presidente y luego su reelección, se vio presionado por una ciudadanía manipulada y no tuvo más remedio que iniciar las hostilidades con España, hasta obligarla a abandonar Cuba después de tres siglos. El empresario californiano cumplía de esta forma lo prometido a su ilustrador. Y también la profecía autocumplida: instigar una guerra para generar la noticia, que a su vez sostiene la guerra. Es decir, puro terrorismo. ¿Les suena?

A pesar de que el conflicto le hizo vender periódicos a mansalva, Hearst ya barruntaba otra estrategia para intentar acabar con McKinley e influir en su sucesor. No había insulto contra el mandatario republicano que no se utilizara en los medios de Hearst. Incluso se llegó a la incitación del atentado. Y, claro está, se produjo. McKinley cayó abatido por las balas disparadas por el anarquista Leon Czolgoz en 1901.

El rey de la prensa ve entonces que el panorama se despeja. Pero la alegría le dura poco. El magnicidio de McKinley lleva a la Casa Blanca a su número dos, Theodore Roosevelt. A pesar de que el vigesimosexto presidente de EE UU había sido uno de los impulsores de la intervención americana contra España desde su puesto de secretario de Marina de la mano de Hearst e incluso tomó parte en la contienda bélica, no hacía buenas migas con el prócer de la prensa. Éste lanzó una ofensiva difamatoria contra el dirigente que al final se descubrió como falsa.

Aunque Hearst no pudo impedir que Roosevelt renovara su mandato presidencial, no se dio por vencido. Y el comienzo casi inminente de la I Guerra Mundial le iba a dar nuevos argumentos para proseguir con su manipuladora influencia política desde sus poderosos medios.