'El patrón Mancino'

Fragmento seleccionado del texto de Domingo Cuevas en 1903 El primo de José María de Pereda domina el lenguaje de la mar con una expresividad de hondo calado y con estilo costumbrista

Ramón Villegas ha recopilado el tomo de cuentos de mar. / M. DE LAS CUEVAS/
Ramón Villegas ha recopilado el tomo de cuentos de mar. / M. DE LAS CUEVAS

Era una tarde de febrero en que soplaba norte fresco, y aunque apenas sí rizaba la superficie del Cantábrico, arbolaba, no obstante, por fuera una mar atropellada y desigual que venía a estrellarse en la costa y salpicaba los peñascos.

Una muchacha recorría el arenal y parábase, cuando hacía al caso, a recoger los palitroques que iba dejando en seco la marea, y los colocaba dentro de una cesta besuguera, que al efecto llevaba pendiente, por el asa, del brazo izquierdo.

No lejos de la muchacha estaba un hombre, de bruces sobre un arrecife, el cual hacía empeño en apoderarse de unos remos que flotaban entre dos aguas, traídos y llevados por las corrientes. Ya anochecía cuando ambos, dejando la playa, tomaron el camino del pueblo, y llegado que hubieron, entraron en un portalón llamado del ochavo, que daba acceso a su casa. Sacudióse el hombre de la pesada carga que abrumaba sus espaldas, consistente en cuatro remos amarrados con unos belortos por los extremos. También a su vez la muchachada posó la cesta que contenía los palitroques recogidos en la playa, y dio en atrapar unos escajos secos que por allí estaban esparcidos.

Mancino (que así apodaban al hombre) contaba a la sazón sesenta años; era enjuto de carnes y tenía color de langosta hasta con sus chapas y todo; eran sus ojos pequeños y de un azul desvanecido; oblongada la cabeza y muy tupida de un pelo gris, corto y punzante. Patroneaba una lancha de altura, llamada La Guadalupe, de la cual estaba muy prendado por sus cualidades marineras; corrió en ella deshechas noroestadas y frecuentó varaderos sin que jamás -según su decir- le diese que sentir con una guiñada, ni le hiciera una acción mala; que no era alterosa ni traicionera.

La muchacha que le acompañaba se llamaba Bastiana, y apenas habría cumplido los dieciséis años: era fea en grado sumo y estaba además consumida por mor de la ruinera; pero dentro de aquel su exterior repulsivo se encerraba un alma noble y sensible. Cuidaba a su abuelo con esmero y traído bien remedao.

De rodillas sobre el llar y con la cabeza entornada a fin de esquivar las llamas que despedían los escajos, soplaba la muchacha con toda la fuerza de sus pulmones; pero enfurruñábase con los palitroques, que no hallaba manera de meterlos en fuego: logrolo, al fin, a fuerza de maña y paciencia. Mientras el viejo se calentaba, ocupábase Bastiana en pelar unos ajos y preparar otros menesteres para guisar unas lapas que a su lado bullían dentro de una cuenca.

Preocupado y silencioso más que de ordinario se mostraba Mancino aquella noche. Era que le trabajaba una idea alimentada tiempo hacía en su mollera. Nada menos que el construir una barquía por sí mismo, carpintero de ribera muy chapucero. Pensaba Mancino ir acopiando materiales dentro del portalón del ochavo (que habría de servirle de arsenal) cuando y como Dios quisiera y a mano le vinieran, y así se lo dijo a su nieta, añadiendo que la jallá de los cuatro remos le alentaba a poner manos a la obra.

-Piénselo bien, le dijo Bastiana; mire que no es 'usté' quién, y menos Juan de Ignacio, pa enjaretar una barquía.

-Vamos, niña, tu a guisar las llampas, que es lo que de ley te pertenez, y deja a tu abuelo que entienda en las cosas de su arte, que en él se puede decir que me mudaron los dientes; porque has de saberte, niña, que a malas penas tenía yo nueve años cuando ya ganaba un cuarto de quiñón manejando el chingarte, llevando a bordo el barril del agua y el balde con la carná.

Fotos

Vídeos