San Isidro, un santo envidiable

Conociéndome, dudo que alguien lo haga, pero si me preguntaran por mi santo preferido, contestaría que un madrileño llamado Isidro de Merlo y Quintana, que pese a sus apellidos de aparente alcurnia procedía de familia humilde y fue un jornalero conocido hoy como San Isidro labrador, fallecido un 15 de mayo del año 1130.

Dicen de él que rezando, rezando, consiguió que subieran las aguas de un pozo y de esa forma pudo rescatar sano y salvo a su hijo que, ignoro las razones, se había caído en dicho pozo y a punto estuvo de dar un serio disgusto a sus padres Isidro y María de la Cabeza, llamada así tiempos después no porque fuera su apellido, sino porque su cabeza era sacada en procesión cuando pasaba un tiempo sin llover. Ella también alcanzó la santidad.

Felipe III se libró de unas peligrosas fiebres por intercesión del jornalero y el monarca español, en agradecimiento, solicitó que fuera declarado santo.

Pero mi personal admiración, aunque mejor debiera decir que mi envidia por San Isidro es porque cuando iba a labrar las tierras de su patrono, se retiraba a la sombra si el sol era de justicia o a un remanso o cobertizo si el tiempo era frío o de lluvia y allí rezaba y rezaba.

Mientras, dos ángeles, que allí llegaban por esos misterios que sólo los santos conocen, tomaban el arado y labraban el campo. De esa forma sus colegas no le podían acusar de vago y de absentismo laboral ¿No es motivo más que suficiente para sentir envidia por el afortunado labrador?

En alguna ocasión, el bueno de San Isidro se quedaba dormido con sus rezos, pero los bondadosos ángeles cumplieron siempre con sus obligaciones de arar las tierras, aunque esa es otra historia.