Despedida en el Consejo de Estado

JOSÉ IBARROLA/
JOSÉ IBARROLA

El pasado 2 de junio publicó el Boletín Oficial del Estado el cese a petición propia de Jerónimo Arozamena Sierra como Consejero Permanente de Estado. No era esta noticia que, en plena campaña electoral, pudiera atraer mucho la atención de los medios de comunicación. Y, sin embargo, los resplandores y los estrépitos de las contiendas políticas no deberían impedirnos reflexionar sobre la importancia fundamental que en el Estado democrático de derecho tienen trayectorias de servicio público tan ejemplares como la de Jerónimo Arozamena, que el gobierno ha recompensado con la gran cruz de la orden de Carlos III. Nacido en Reinosa en 1924, Arozamena tuvo una temprana y marcada vocación judicial y la labor de juez contribuyó sin duda a definir los rasgos principales de su carácter; en su desempeño fue, entre otras cosas, juez en Villacarriedo (su primer destino), magistrado del Tribunal Supremo, presidente de la sala de lo contencioso administrativo de la Audiencia Nacional, y vicepresidente del Tribunal Constitucional.

La mayor parte de la vida profesional de Jerónimo Arozamena estuvo, pues, dedicada a la actividad jurisdiccional. Sin embargo, como esa vida profesional ha durado nada menos que sesenta años -pues comenzó en 1949 con su ingreso en la carrera judicial-, también ha sido mucha su dedicación a la Administración del Estado, primero como Subsecretario del Ministerio de Trabajo en el primer gobierno de la democracia (1977-1978) y luego, sobre todo, como Consejero permanente de Estado desde 1986. Durante los últimos veintitrés años, Jerónimo Arozamena ha sido una de las voces más importantes en las deliberaciones de la Comisión permanente del Consejo de Estado. Se acostumbró con rapidez a las formas de trabajo de la Administración consultiva, distintas a veces de las propias de los órganos jurisdiccionales; pero conservó siempre las virtudes del buen juez que había sido durante tantos años.

De entre esas virtudes, y sin pretensión de originalidad, cabe destacar la prudencia, que, adaptada a la función consultiva, podría definirse como la cautela y la moderación que hay que tener al razonar sobre un expediente administrativo, porque esos razonamientos tienen efectos sobre la libertad, la propiedad, o los intereses de los ciudadanos, y también sobre el buen funcionamiento de la Administración. Recuerdo una advertencia que Arozamena hacía con frecuencia a los letrados de su sección cuando proponían la modificación de un dictamen que recaía sobre un proyecto normativo complejo: «Cuidado, no vayamos a mover piezas». Demostraba así su clara conciencia de la complejidad del tablero del ajedrez jurídico, donde un movimiento en apariencia innocuo puede tener consecuencias perturbadoras, quizá no inmediatamente visibles, pero que surgen cinco o seis jugadas después; y él siempre quería calibrar esas consecuencias con detenimiento.

Por lo demás, la inteligencia y la buena formación jurídica van unidas en Jerónimo Arozamena a un sentido del humor tranquilo y lleno de finura. Hace muchos años, en una reunión de la Comisión permanente, un Consejero criticaba un dictamen procedente de la sección de Arozamena y señalaba que su preocupación, más que del contenido del dictamen, venía del apasionamiento con que el letrado ponente lo había defendido. Arozamena resolvió la crisis con una sonrisa: «Si le parece a la Comisión, quitamos la pasión y mantenemos el dictamen». En ese mismo registro, Jerónimo Arozamena tiene una notable capacidad para captar los momentos humorísticos que en ocasiones se deslizan entre las solemnidades de nuestro oficio de juristas. Así, nos contó que cuando en 1960 ascendió por oposición a magistrado de lo contencioso administrativo en la Audiencia Territorial de Barcelona, notó que el presidente de la sala, el ilustre y veterano magistrado Juan Ríos Sarmiento, lo trataba con alguna distancia. Por otro lado, las reuniones de la sala se interrumpían un cuarto de hora a mediodía y el presidente aprovechaba para comer tres galletas María que traía envueltas en papel de plata. Pasaron las semanas y un día el presidente le ofreció una galleta a Arozamena y se comió las otras dos. Un compañero de sala le dio a Arozamena la siguiente explicación: «Creo que el presidente ha querido darle a usted una muestra de aprecio, una vez superado un recelo inicial que tuvo, quizá derivado de su juventud». Ríos Sarmiento se dio cuenta pronto de la valía de Jerónimo Arozamena. Los que hemos tenido el honor de trabajar con él en el Consejo de Estado, también.

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