Luces y sombras de un exilio forzado

Luces y sombras de un exilio forzado

Tras la cesión del Sahara a Marruecos y Mauritania, miles de saharauis huyeron hacia la desértica región de Tinduf, donde continúan a la espera de regresar a su tierra

M. E. ALONSOMADRID

El 14 de noviembre de 1975, seis días antes de la muerte de Franco, el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, firmó con los representantes de Marruecos y Mauritania los Acuerdos Tripartitos de Madrid, por los que estos dos países se repartían el territorio del hasta entonces Sahara español. Después de casi un siglo de presencia en la zona y sin tener en cuenta los derechos ni los deseos de sus pobladores, España cedía el territorio y se consideraba desligada en lo sucesivo de toda responsabilidad de carácter internacional con relación al mismo.

De la noche a la mañana, alrededor de cien mil marroquíes se instalaron en la región provocando la huida masiva de la población saharaui hacia la desértica región argelina de Tinduf. Hassan II daba un paso más en la consecución de su proyecto de Gran Marruecos. Comenzaba el infierno para los saharauis.

Representados por el Polisario, el pueblo saharaui se enzarzó con el Ejército de Marruecos en violentos combates, que se intensificaron con la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). En 1979 Mauritania decidió retirarse de la guerra y su parte del territorio fue rápidamente ocupada por las tropas marroquíes. Los ataques entre ambos bandos se prolongaron hasta el alto el fuego decretado en 1991 por mediación de Naciones Unidas y de la Organización para la Unidad Africana.

Una solución enquistada

Desde entonces, Marruecos ha incumplido sistemáticamente todos los Acuerdos de Paz. Hoy, 34 años después, los saharauis, tanto de los campos de refugiados de la hammada argelina como los de los territorios ocupados ilegalmente, continúan sufriendo las vejaciones y el sometimiento del Reino alauí. En su último discurso, Mohamed VI alertó de la existencia de una "conspiración" para minar su plan de autonomía para la antigua colonia e insistió en que no se renunciará "ni a un grano de arena de nuestro Sahara".

La comunidad internacional guarda silencio y mira para otro lado. Mientras, miles de saharauis viven condenados a un destierro que parece eterno, instalados en la precariedad, en mitad de la nada, sobreviviendo gracias a la ayuda humanitaria y con un deseo común: regresar al hogar del que nunca debieron salir.