El pueblo que aún mira al mar

El pueblo que aún mira al mar

Los refugiados saharauis viven en campamentos desde hace 30 años a la espera de recuperar su país

BORJA OLAIZOLA

Agotado, con polvo hasta en el último rincón de la boca y el corazón encogido. Así se quedó el profesor de Derecho Internacional Juan Soroeta cuando terminó hace unos años la Maratón del Sáhara, una carrera que recorre los campos de refugiados en los que residen desde hace más de treinta años unos 200.000 saharauis. «Aquello es todo piedra y polvo, pura desolación, y cuando empieza a soplar el siroco llega un punto que piensas que te va a entrar arena hasta en el corazón». La Maratón del Sáhara, que se celebra todos los años en febrero para evitar la época de calor (en verano es normal que los termómetros suban por encima de los 50 grados a la sombra), es una de las muchas actividades humanitarias que organizan las asociaciones de apoyo para recabar apoyos a la causa saharaui. Porque los descendientes de la antigua colonia española, que tuvieron que abandonar abruptamente su país cuando entraron las tropas marroquíes, no tienen más remedio que sobrevivir con el único soporte de la ayuda internacional.

Soroeta no sólo conoce los campamentos de refugiados por su afición al atletismo. Este profesor de la Universidad del País Vasco es autor de uno de los pocos libros en los que se analiza desde una perspectiva del Derecho Internacional lo que ha ocurrido en el Sáhara desde que el territorio fue abandonado a su suerte por España hace 33 años. El volumen, que se titula 'El conflicto de Sáhara Occidental, reflejo de las carencias y contradicciones del orden internacional', fue editado en 1999 y es toda una referencia tanto para los que se asoman por primera vez al embrollo como para los que llevan años intentándolo solucionar. «La cosa es muy sencilla: Marruecos se ha saltado a la torera desde el principio todas las directrices de la ONU y la comunidad internacional nunca ha tenido arrestos para obligarle a cumplir la legalidad», resume el profesor.

El próximo 24 de febrero se cumplirán 34 años del abandono de la vieja colonia por parte de España. Marruecos, que nunca se ha esforzado en disimular su deseo de extender sus fronteras hasta la raya de Senegal, organizó la conocida como Marcha Verde aprovechando la incertidumbre que se instaló en España con la agonía de Franco. Absorta en las intrigas del fin del régimen franquista, la metrópoli decidió lavarse las manos y quitarse de encima una patata caliente: abandonó su tutela sobre la colonia y firmó unos acuerdos con Marruecos y Mauritania que en la práctica dejaban las puertas abiertas a su ocupación. Las resoluciones de la ONU para que Sáhara ejerciese su derecho a la autodeterminación por su condición de antigua colonia quedaron en papel mojado.

Fatma Mohamed tenía 13 años cuando ocurrió aquello. «Recuerdo la sensación de profundo desgarro que sentí cuando mi padre me vino a recoger al colegio y me dijo que nos teníamos que ir de nuestro hogar, que estaba en la antigua Villa Cisneros, hoy Dajla, porque venían unos soldados que la iban a ocupar. De la noche a la mañana pasamos de ser una familia normal que vivía en una casa agradable de una localidad junto al mar a convertirnos en un grupo de refugiados agolpados en una jaima en medio de un paisaje hostil».

El mar es una referencia constante entre los refugiados saharauis. Se diría que su recuerdo es uno de los ingredientes fundamentales de la dieta de ilusiones a la que han tenido que recurrir durante estas tres décadas para no perder la esperanza. «Cuando estuve en Tindouf hace ya quince años me llamó la atención que cada vez que hablaban de su futuro echaban una mirada hacia poniente. Estaban en medio de aquel pedregal, a cientos de kilómetros de la costa, pero en sus ojos se adivinaba la añoranza de las olas que bañan El Aaiún», recuerda el periodista Carlos Morán.

La niña que tuvo que abandonar precipitadamente su hogar en Villa Cisneros es hoy una mujer entrada en la cincuentena que representa los intereses del Frente Polisario en España. Ha ejercido como delegada de la organización que representa a la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en Galicia y Baleares y ahora lo hace en el País Vasco. Su periplo ilustra la trayectoria vital de toda una generación de refugiados. «Cuando llegué a lo que hoy son los campamentos de Tindouf no había nada, sólo unas cuantas jaimas. La gente enfermaba por el agua y los alimentos en malas condiciones y yo solía ayudar a un enfermero que era el único de entre todos los refugiados que tenía algunos conocimientos médicos. Tenía solo 13 años pero en mis brazos vi morir a muchos niños de mi edad». Fatma pudo trasladarse a Cuba cuando cumplió los 18 años gracias al apoyo del régimen castrista a la causa saharaui. «Estuve ocho años en La Habana estudiando Magisterio y Ciencias Políticas y a la vuelta de Cuba me puse a dar clases en Tindouf», cuenta la dirigente del Polisario.

Por aquellos años la feroz guerra que el Frente Polisario había entablado con Marruecos tras la salida de España de la colonia había tocado a su fin. «El alto el fuego de 1991 se vivió con una explosión de alegría incontenible en Tindouf», recuerda Jesús Garai, un miembro de la Asociación de Amigos de la RASD . «Estaban convencidos de que los años de sacrificio y penuria en medio de aquel erial se habían terminado y de que por fin iban a poder volver a su patria y a sus antiguos hogares». Pero los pobres saharauis se quedaron con la miel en los labios. Aunque la resolución de la ONU en la que se contemplaba el fin de la contienda establecía que a los seis meses se iba a celebrar un referéndum para la autodeterminación, el paso previo a la independencia, Marruecos volvió a hacer de las suyas. «Coincidió que la situación interna en Argelia, que ha sido el principal apoyo de los saharauis, se complicó tras el triunfo de los islamistas en las elecciones de aquel año y los marroquíes dieron largas al referéndum pensando que Argel iba a dejar a su suerte al Polisario», explica el profesor Soroeta.

El plan de paz establecía que el territorio saharaui iba a permanecer bajo la tutela de una administración provisional de la ONU hasta la celebración del referéndum. Había ya acuerdo en cuanto a la pregunta -o independencia o integración en Marruecos- y en cuanto al censo, basado en el último que elaboró en 1974 la administración española. «Como Marruecos sabía que iba a perder de calle, empezó a decir que había que cambiar el censo para incorporar a colectivos afines a sus tesis. Desde entonces -añade Soroeta- ha hecho caso omiso a todas las resoluciones de la ONU y hoy en día el asunto sigue bloqueado porque Francia veta sistemáticamente cualquier iniciativa en el Consejo de Seguridad».

Los intereses económicos y geoestratégicos -Marruecos como barrera de contención del islamismo más radical- ayudarían a explicar (que no a justificar) la nula disposición de la comunidad internacional a aplicar la legalidad. Lo saharauis, mientras tanto, mantienen viva la llama de la esperanza conscientes de que episodios como el que protagoniza ahora Aminetu Haidar les hacen algo más visibles después de tantas décadas en el olvido. «Somos un pueblo curtido en la adversidad y estoy segura de que más pronto o más tarde el Sáhara se convertirá por fin en nuestro país», aventura con voz decidida Fatma Mohamed.