El pacto de Santoña entre el nacionalismo vasco y Mussolini

Una alianza secreta, con la mediación de El Vaticano, facilitó la toma de Santander por las tropas franquistas

MAXI DE LA PEÑA
Terror. La prisión de El  Dueso se convirtió en un campo de concentración franquista.  ::
                             CELEDONIO/
Terror. La prisión de El Dueso se convirtió en un campo de concentración franquista. :: CELEDONIO

Así ha pasado a la historia, como el Pacto de Santoña. Se trata de un acuerdo firmado el 24 de agosto de 1937 durante la caída del Frente Norte en la Guerra Civil Española entre dirigentes políticos vinculados al Partido Nacionalista Vasco, formación católica y de derechas, y los mandos de las fuerzas fascistas italianas enviadas por Mussolini, que combatían en apoyo del bando franquista en la población cántabra de Guriezo, cerca de la marinera Santoña.

El libro 'El Pacto de Santoña. La rendición del nacionalismo vasco al fascismo', del periodista asturiano Xuan Cándano, relata la historia oculta del acuerdo entre el nacionalismo vasco y las tropas italianas que en 1937 dejó «sentenciada» la Guerra Civil, aunque la contienda se prolongara otros dos años. Este libro ha puesto luz a tanta oscuridad.

Desde sectores abertzales, se reconoce la capitulación del PNV ante los fascistas, y sus dirigentes no descartaron convertir la patria vasca en un protectorado de Mussolini. Sin embargo, Mikel Arizaleta justifica este pacto dadas las diferentes posturas en el seno del nacionalismo vasco.

Durante la Batalla de Santander, y ante el rápido avance de las tropas franquistas, las líneas de defensa se hundieron y cundió el pánico en el bando republicano, siendo numerosas las deserciones. En Santoña se fueron concentrando, por orden del Partido Nacionalista Vasco (PNV), tres batallones de la 50 División de Choque Vasca ligados a este partido que habían abandonado sus posiciones en la noche del 21 al 22 de agosto, y a los que posteriormente se sumarían otros doce.

Desde la primavera, antes de la caída de Bilbao y de las últimas plazas que controlaba el Gobierno Vasco, Juan de Ajuriaguerra, presidente del Bizkai Buru Batzar, había estado negociando, durante varios meses, un acuerdo de rendición con la mediación de El Vaticano que llegó a oídos del Gobierno de la República al interceptar un telegrama.

El presidente del Consejo de Ministros, Largo Caballero, se reunió con los ministros más próximos y decidió no hacer público el mensaje, que permaneció desconocido hasta el fin de la guerra para el PNV y el Gobierno Vasco, aunque demuestra el conocimiento de los mismos que tenía el lehendakari.

Una figura importante de estos pactos, en los que intervenía el ejército italiano, sería el padre Alberto Onaindía, el cual se había reunido en secreto con el coronel italiano Di Carlo cerca de Algorta (Vizcaya), el 25 de junio. Fruto de este encuentro surgió un viaje del militar a Roma para dar explicaciones sobre el problema vasco al ministro de Asuntos Exteriores italiano, Galeazzo Ciano.

El lehendakari Aguirre

El papel del lehendakari José Antonio Aguirre sigue siendo aún incierto y oscuro. Se desconoce si fue víctima de la insubordinación de su propio partido, o por el contrario ya conocía y permitió de antemano estos contactos. Cuando el general Gámir, jefe del Ejército del Norte descubrió espantado durante la Batalla de Santander la postura del Ejército Vasco, Aguirre simuló ignorarlo. Parece que el presidente vasco no era partidario del acuerdo con los italianos, de los que no se fiaba, pero es posible que intentara utilizarlo para sacar en barcos a su ejército hasta Francia, con la intención de que luego regresaran a territorio republicano por Cataluña para reconquistar el País Vasco a través de Navarra.

En estas circunstancias se llegó a un acuerdo a espaldas del gobierno de la República, en Valencia en esos momentos, por el que el Ejército Vasco se rendiría, entregando sus armas a los italianos, a cambio de que respetasen la vida de sus soldados y fueran considerados prisioneros de guerra bajo la soberanía italiana, permitiendo evacuar a los dirigentes políticos, funcionarios vascos y a los oficiales que lo deseasen por mar. En aquel momento los vascos aceptaron la rendición sin ulteriores condiciones, aunque trataron inútilmente de conseguir unas mayores garantías del coronel Farina, jefe del estado mayor de las fuerzas italianas. Así las cosas, los italianos entraron en Santoña y se hicieron cargo de la administración civil. El 26 de agosto habían entrado al puerto santoñés los buques mercantes ingleses 'Bobie' y 'Seven Seas Spray' procedentes de Bayona bajo la protección del destructor inglés 'Keith'. Comienza de inmediato el embarque de refugiados con pasaporte vasco. A las 10.00 de la mañana, enterado el general Dávila, manda la inmediata suspensión de la operación y ordena el desembarque. Únicamente el mercante 'Bobie' abandona el puerto con 533 heridos a bordo escoltado por el 'Keit'. El pacto no llegó a su término, en parte debido al retraso de la llegada de los buques de evacuación y al ser desautorizado finalmente por el alto mando del Ejército nacional, que ordenó inmediatamente el internamiento de los republicanos vascos en la prisión de El Dueso, convertido en un campo de concentración (más de mil ajusticiados por los franquistas).

Once mil gudaris

Hacia noviembre, alrededor de 11.000 gudaris habían sido puestos en libertad: 5.400 estaban integrados en batallones de trabajo, 5.600 en prisión (de éstos más de 500, condenados a muerte). A pesar de estas cifras, la represión no alcanzó en esta zona la dureza aplicada en otras regiones.

Las razones de esta postura no están aun claras. Una hipótesis es que la pérdida del territorio privó de motivos para luchar al ejército autonómico, aunque sus dirigentes arguyeron la responsabilidad del Gobierno de la República al no haberles enviado aviones para hacer frente a la ofensiva franquista. No obstante, no parece factible que Indalecio Prieto, ministro republicano de Defensa Nacional por aquel entonces (gobierno Negrín) y muy ligado a Bilbao, no brindara los recursos necesarios para impedir la caída de la ciudad y de su Cinturón de Hierro.

Es evidente que la convivencia de dos milicias radicalmente diferentes, una la nacionalista al mando del PNV de carácter conservador y católico y otra la compuesta por seguidores de la izquierda y anarquistas, muchos de ellos participantes en la Revolución de 1934, era difícil y la realidad es que no había relación alguna entre ellas, pese a las órdenes expresas de formar brigadas mixtas.

En todo caso el comportamiento del nacionalismo vasco no dejó de tener importantes implicaciones militares. En palabras de Juan Ruiz Olazarán: «Con el abandono de las defensas encomendadas a los batallones vascos en territorios montañeses, que si hubiesen cumplido como era su deber, sin duda el avance italiano primero y falangista después, se hubiese retrasado el tiempo necesario y posible para dar tiempo a Santander a reorganizar su evacuación a Asturias»

Este hecho ha permanecido durante mucho tiempo en silencio por ambas partes, republicanos y nacionales.