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Recuerdos salvados del fuego

setenta años del incendio

Recuerdos salvados del fuego

Cinco veteranos que sufrieron el incendio de Santander rememoran aquellos días de angustia en los que pasaron miedo y perdieron casas y negocios

13.02.11 - 00:13 -
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Foto: Celedonio | Vídeo: Pablo Bermúdez
Los santanderinos llamamos a aquel episodio del 15 y 16 de febrero de 1941 con sólo dos palabras, pero terribles: el fuego. En el incendio («cuando el fuego»), se perdieron en la capital de Cantabria palacios, iglesias, comercios, negocios y las casas e ilusiones de cientos de familias. Su ropa, sus muebles, sus fotografías, «todo menos nuestros recuerdos, que seguimos teniendo vivos. El terrible viento Sur, las llamas, los cables de la luz tirados por el suelo». Carmen González Echegaray tenía 16 años «la noche del fuego. La recuerdo con horror. La tarde estaba con mucho viento Sur y en las bocacalles pegaba muy, muy fuerte. La gente pasaba de la mano para poder cruzar por el Paseo de Pereda. Yo estaba en mi casa de Gómez Oreña y el viento nos arrancó el mirador entero. ¡El huracán era impresionante! Eran vecinos nuestros los Galán, de la joyería. Pablo pasó a nuestra casa y con los largueros de las camas sujetó las puertas, porque se abrían. Estábamos asustados por el viento que arrancaba los árboles, las tejas, los cables... pero nadie aún pensaba en la posibilidad de un incendio. Y llegó un momento en que se fue la luz y por la ventana vimos que había fuego por detrás de la Catedral. Mi hermano Rafael y yo salimos a ver qué pasaba, porque mi padre Joaquín González Doménech, tenía su almacén de coloniales y la oficina del consulado de Argentina en la calle Méndez Núñez. Llegamos como pudimos hasta cerca de la Catedral, pero ya estaba todo ardiendo y las campanas se estaban fundiendo y saltaban las chispas sobre las casas de lo que hoy es Calvo Sotelo. Prendían sobre las casas de aquellas rúas antiguas y pequeñas. Una de aquellas calles era la del ‘Infierno’, mire qué nombre. También ardió entera».
«Desde nuestra casa vimos cómo las llamas arrasaban todo. Me impresionó mucho que un barco, que estaba en la bahía, transmitió la noticia de que Santander ardía, estaba en llamas. Me sigue produciendo una sensación de angustia lo que dijo: ‘SOS, Santander en Llamas. SOS Santander en Llamas’. Y todo eso a oscuras. El barco ‘Canarias’ se instaló en la bahía más tarde para dar luz a la ciudad. Vinieron bomberos de toda España y fue un auténtico milagro que sólo muriese una persona, un bombero de Madrid. Decía don Sixto Córdoba, que era entones el párroco de Santa Lucía, que la santa obró un milagro, por eso ni una sola casa de esa parroquia se quemó».
Las ruinas también ocupan parte de los recuerdos de esta veterana historiadora. «Era una cosa terrible, todo en ruinas, no podías ir a ninguna parte. A los dos días hubo un rosario para dar las gracias a Santa Lucía por seguir vivos. Hubo mucha gente que, cuando el fuego, estaba en la cama, y salió como pudo, sólo con una manta y con el frío que hacía, porque era febrero. El centro estaba entero arrasado. Sólo las fotos de la época dan idea de cómo era Santander antes, de todo lo que se llevó el fuego, todo el patrimonio artístico e histórico y todo el patrimonio personal, como las fotos y los recuerdos familiares». El fuego se llevó, rememora González Echegaray, espléndidos edificios santanderinos «como el palacio de los Riva Herrera, en la calle de Santa Clara, junto a la iglesia de La Compañía. Quedaron en pie parte de las fachadas de piedra y el escudo de armas, que era espléndido. Las ruinas fueron derribadas y el escudo desapareció. Fue a parar a Bilbao».
«Fuego en nuestra puerta»
La familia de Julián Pelayo, periodista jubilado de EL DIARIO MONTAÑÉS, perdió casa y negocios. «Vivíamos en Ruamayor, con trasera a la calle de Cádiz. El fuego se llevó la casa, el gimnasio, la cafetería y la tienda de ultramarinos de mi padre. Fue una tarde terrible. El viento, a las cuatro de la tarde, ya era fortísimo. Cada tarde bajaba a jugar al Palacio Episcopal, donde era portero mi padre. Era un edificio estupendo, que también se llevó el fuego por delante. De mi casa al Palacio Episcopal había unos 150 metros. Nunca en mi vida he visto tantos cables de la luz tirados en el suelo como en aquel momento. Era de espanto. Volví a mi casa, y a las siete de la tarde, desde allí vi vigas quemadas volar por los aires desde la calle Cádiz a la Catedral. A las ocho de la tarde nos marchamos de casa; el fuego ya estaba en nuestra puerta, y ya estaban los edificios de la calle Cádiz, a pocos metros del nuestro, quemándose y los tejados ardiendo. Mi padre y los cuatro hermanos salimos hacia la cuesta Garmendia, pero era todo terrible, mucho miedo. Así que nos refugiamos en la calle Magallanes, en casa de mi tía, que tenía una tienda. Fue un drama, perdimos todo... un gimnasio muy grande, donde se entrenaban conocidos boxeadores de la época. Salimos adelante muy mal. Mi padre entró a trabajar en una tienda en la calle de La Enseñanza, y después se instaló en la plazuela de Pombo, en uno de los barracones que se pusieron para dar acogida a los comerciantes. Pero no fue bien, porque los clientes se habían dispersado porque sus casas habían quedado arrasadas. Después del incendio recuerdo los barracones. En uno de ellas estaba la cafetería ‘La Flor’, en los jardines de Pereda. De casa de mi tía nos fuimos a vivir a Villa María, a los chalés de Prieto Lavín, luego a Perines y más tarde, ya casado, a Porrúa». «El incendio fue rapidísimo, la gente estaba asustada, tanto que no dio tiempo ni siquiera a que alguien pudiera robar. Lo primero era salvar la vida».
«Una chimenea en llamas»
Eduardo Delgado era hijo de bombero voluntario, su padre participó en la extinción del fuego. «Recuerdo que estábamos en casa, en el parque de los voluntarios. Mi padre era conductor y salió a a pagar una chimenea que estaba en llamas en la calle Florida, algo que era muy frecuente porque en las ‘cocinas económicas’ se quemaba de todo, desde serrín a las alpargatas viejas. Volvió de Florida y, al poco, tocó de nuevo la campana. Todos corrieron porque el incendio era entonces en la calle de Cádiz número 20. En el parque quedaron los niños y las mujeres. El jefe de los bomberos voluntarios era entonces Cañedo, un contratista de obras. Las noticias que nos llegaban a cada momento eran peores: el fuego había saltado Ruamayor y Ruamenor, a La Ribera y El Puente... Sólo se salvó la casa de Orán, la de la ferretería Ubierna, que acabada de ser construida. Llegaron en auxilio de Santander los bomberos de Vitoria, de Valladolid, de Palencia... en una semana, por orden militar, no se pudieron encender fuegos en las casas para cocinar. Mi padre y el resto de bomberos voluntarios faltaron de casa los dos días del incendio. Me acuerdo mucho de los días posteriores, con los bomberos tirando las paredes de las casas calcinadas y la reconstrucción de la zona siniestrada y los barracones en los jardines de Pereda, en la plaza del Ayuntamiento, en la Plaza de Pombo y en la Alameda Primera. Desaparecieron 376 edificios en catorce hectáreas, se quemaron 6.000 pisos, afectó a 30.000 personas, desaparecieron 500 comercios y las pérdidas fueron de 250 millones de pesetas de 1941. El fuego se dio por terminado a las 40 horas, luego sólo quedaron rescoldos y pequeños focos. En dos días desapareció todo el centro histórico de Santander, fue terrible».
Delgado, consejero de la directiva de los Bomberos Voluntarios, conserva recuerdos gráficos de aquellos días. Como el libro «que editó ese mismo año de 1941 SantiagoToca, con prólogo de ‘Pick’. Fue un compendio de lo que ocurrió aquellos días, que fue espantoso.Sólo las fotografías, como las que tenemos en el parque de bomberos voluntarios de Numancia, y los libros que se han escrito de aquellos sucesos, dan idea de lo que sufrieron los santanderinos en aquel febrero de 1941».
«El viento era terrible»
«Tengo unos recuerdos muy grabados en mi memoria. Estaba esperando el tranvía de Peñacastillo, que llevaba el letrero rojo, para ir a Campogiro, donde yo nací, en el número 5.Iba a casa de mi tía, para darle usos sacos, pues ella viajaba a Potes el día siguiente a comprar, creo que castañas, nueves y avellanas.Cuando el tranvía llego al cine ‘Alameda’, se paró, porque se cortó la corriente. Yaestaba quemándose el Obispado y toda esa zona, según nos contaron unos vecinos».
Alejandro Gago era entonces «un chaval de trece años» y tiene muy claras las imágenes. «Eran las diez de la noche o por ahí. Me di cuenta de que no era posible llegar a casa de mi tía, y eso que quería estar con ella porque, de paso cenaba en su casa... era la época del hambre, la posguerra... Decidí regresar a mi casa, me puse los sacos a la cabeza porque caían cristales de las ventanas que rompía el viento. Dos guardias municipales me pararon y me preguntaron dónde iba con aquellos sacos. Les dije ‘donde Queipo’, que era el apellido de mi tía. Llegué a casa agotado, me acosté y me quedé roque. El viento era tan fuerte que arrancó la ventana de mi habitación y el hijo de la vecina la clavó con unas maderas. El viento era terrible».
Al día siguiente, Gago vio las llamas. «Mi madre no me quería dejar salir de nuestra casa de la calle de La Florida, pero yo me fui a la calle y vi como el fuego quemaba las calles de San Francisco y La Blanca.Era tremendo, por lo menos durante una semana no dejaban hacer fuego, así que no se podía ni cocinar, tuvimos que comer cosas crudas. Las autoridades tenían miedo de que volviese a quemarse Santander... era una tontería, el centro ya no existía, había desaparecido...».
Al barrio donde vivía Gago no llegó el fuego, pero sí muy cerca. «Se quemaron los almacenes ‘El Águila, que estaban según bajabas La Florida enfrente.No quedó nada, era una almacén de ropa, sobre todo de caballero. Dicen que hubo un sólo muerto, un soldado al que echó el alto la policía porque había robado algo. No paró, le dispararon y murió. Son cosas que pasan en esas circunstancias. Me lo contaron así».
«No hubo pillaje»
Discrepa en este punto Baldomero Madrazo, letrado no ejerciente y escritor, autor de ‘Gavias de través, Santander 1941-1945’ . Retrató en esta novela el incendio de la capital de Cantabria y la vida cotidiana de aquella ciudad en la posguerra. «No hubo pillaje, ni detenciones. Tres o cuatro raqueros que hicieron alguna de las suyas, como algo habitual, pero no hubo asaltos, ni robos, ni nada. Primero porque, y eso hay que destacarlo, la actitud de la gente, el comportamiento de los santanderinos fue ejemplar, de verdad. No se oyó nada, la gente iba compungida y llorando, llevando sus pertenencias, pero en silencio, sin alboroto. Lo segundo es que nadie, ni hay noticias de ello, realizó asalto alguno. A la gente que salía de las zonas abrasadas la encauzaron las autoridades hacia los jardines, los cines... Los del Oeste, a El Sardinero y los delEste, hacia el Hogar Cántabro y Cuatro Caminos».
«Muchos también se querían refugiar en las iglesias, pero los templos tenían un gran inconveniente, no había aseos y sí en los cines. Y en las salas se refugiaron muchos en un primer momento».
«Salvo los que estaban en el cogollo de Santander, que es lo que se quemó, el resto de santanderinos se refugiaba del viento, no del fuego. De un viento fortísimo, era brutal, tanto que rebanó la esquina de una casa del Muelle con General Mola, la arrancó toda, de arriba abajo, como si hubieran cortado una tarta. Arrancó infinidad de tejados, muchos árboles, en la Ciudad Jardín partió un chalé por la mitad y se lo llevó por los aires... Todo el mundo se refugiaba del viento y los que estaban en las calles en llamas huían de los edificios que ardían, que lo hacían a toda velocidad. Se calcula que, en los primeros momentos, se quemaba una casa por minuto. Desde la calle Cádiz a la Catedral yRuamenor y a la acera de acá, de lo que es hoy es Calvo Sotelo, que era entonces La Rivera, el viento arrasaba.¡Ardía en pompa Santander! y las casas siguieron quemándose durante horas».
¿Por qué se propagó el fuego tan rápido? «Porque el viento había arrancado las tejas, la estructura era toda de madera generalmente podrida y ardió todo, como la yesca. Por eso no se quemó la que salvaron los bomberos voluntarios y ahí sigue, la de Orán, también conocida como de Ubierna, que no era de madera. Hay fotos de los bomberos voluntarios, en las que aparece cómo se estaba quemando la de al lado, en la calle San Francisco, donde estaba Samot, la tienda de fotografía».
El fuego empezó «hacia las diez de la noche del sábado 15 de febrero, y todo el domingo 16 estuvo Santander ardiendo. Las autoridades estaban desconcertadas por la magnitud del incendio y porque la ciudad estaba aislada, pues el viento había tirado las líneas telegráficas e impedido circular los trenes. Hasta pensaron que el fuego hubiera sido intencionado, pero enseguida vieron que no, que era la naturaleza. Mandaron motoristas a Burgos y Bilbao en busca de auxilio. En la tarde del día 16 fueron voladas varias calles para cortar el fuego y, entretanto, los barcos del puerto empezaron a transmitir por radio y lanzar mensajes de socorro que llegaron hasta Madrid. Y comenzó a llegar la ayuda».
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