Diane Keaton, una actriz para historias corales

Diane Keaton. /
Diane Keaton.

Vecina madura, madrastra, atractivo ligue para segundos vuelos amorosos accidentales, suegra, madre de la novia y enredadora social son algunos de los rostros de una intérprete imprescindible que regresa con 'Ático sin ascensor'

GUILLERMO BALBONASantander

Transmite una extraña seguridad insegura. Posee un halo de mujer a la que le confesarías que te has enamorado de su mejor amiga aunque le dijeras al tiempo que eso nunca te pasaría con ella. En Diane Keaton, el método es ella misma. Tiene la imprecisa virtud de parecer que apareció al azar, que sus personajes son acompañantes necesarios y que interpretar o vivir, al cabo, son la misma cosa difusa, aunque la mujer y la actriz lo desmientan. A veces es como una de esas bebidas que eliges por reconocibles, cercanas y ajenas a la sofisticación de una cita que ya sabes fallida de antemano. Con Keaton, Woody Allen al margen, asoma siempre una familiaridad que arropa la mirada del espectador, muestra muchos rostros a la vez y deja claro que entre sonreír y llorar sólo queda una frontera inasible cuya diferencia radica en la dimensión de la mirada.

Es la única que puede aguantar más minutos a Jack Nicholson sin salir noqueada, como en 'Cuando menos te lo esperas' o abrazarse a Mel Gibson, como en 'Mrs Soffel', y que todo resulte antipáticamente natural; o bien que haya puesto orden en esos repartos de epifanía coral convertidos en carrera de fondo femenina, caso de 'El club de las primeras esposas'.

Es una actriz-mujer con sombreros y corbatas como apéndices que parece despreciar la elegancia canónica, el efecto pasarela, la foto oficial, el posado de estrella Diane Keaton es una pose que nunca posa, un gesto con poso que extrae algo de verdad cuando al guión ya no le quedan respuestas, ni recursos, ni aliento. Ahora, más de cuarenta películas después de que forjara ese noviazgo urbano e intelectual, de 'Annie Hall' y 'Manhattan', que se nos antojaba inteligente y solo con los tocamientos necesarios, se ha puesto a las órdenes, es un decir, de Richard Loncraine, cineasta de 'Firewall', para construir la arquitectura otoñal de un matrimonio que se desprende de su apartamento neoyorquino. Y donde está la ciudad surge ella como el decorado ad hoc, un icono sobre otra iconografía que es el propio cine, la mitología paseante de más de un siglo que nos refleja por fuera y por dentro.

La Keaton, porque el sonido de convertir su nombre en concepto cinematográfico subraya ese espacio acotado que reserva para sus personajes -con sus señales de aparcamiento para acólitos y ajenos, con miradas irritantes y complicidades enamoradizas- revela la identidad de su ejercicio. Su imperfección reside en que nunca sobra, en que salva situaciones y aporta voz a una escena desequilibrada y desquiciada. Hay una fe renovada cada temporada por directores, compañeros de reparto, y también por muchos espectadores, en que la actriz mantiene intacta esa capacidad para sobre-impresionar en la pantalla un sello generacional.

Un peculiar vínculo emocional

En el fondo sin abandonar su particular territorio 'buscando al sr. Allen', Diane Keaton se ha convertido en vecina madura, madrastra, atractivo ligue para segundos vuelos amorosos accidentales, suegra, madre de la novia, enredadora social, consejera embriagadora, madre sufridora y símbolo familiar.

Diane Keaton, junto a Woody Allen, en 'El dormilón'.
Diane Keaton, junto a Woody Allen, en 'El dormilón'.

Sin dejar de lado sus trabajos televisivos -muy pronto dirigida por Sorrentino y junto a Jude Law y Javier Cámara en una historia papal- la protagonista de 'Así nos va' ha trazado un peculiar vínculo emocional con la interpretación que nace del teatro, muta desde la escena con el propio Allen hasta restregarse con él por primera vez en pantalla en 'El dormilón', y ha probado el veneno de la dirección en 'Colgadas'. Su adherencia a un tipo de comedia romántica, familiar, desestructurada o no, coral, ha marcado sus trabajos más recurrentes. La californiana de 69 años declaró durante la promoción de 'Ático sin ascensor' que durante su relación le dijo en ocasiones al cineasta de 'Interiores': "eres la cucaracha que no se puede matar".

Fundamental y esencial en su profesión y en su vida, pese a su romance con Al Pacino, Keaton siempre ha sido esa rareza cotidiana, un lúdico rostro aunque transparentara ojos con lágrimas tras sus gafas. La vemos y es inevitable quedarse en un cometa de vis cómica, en un rastro de palabras a borbotones, atropelladas, en un selfie de Annie Hall (su verdadero apellido).

Fotógrafa compulsiva, devota de la arquitectura, quizás su milagro resida en que siempre ha puesto en entredicho su condición de actriz. Esa inseguridad segura que las máscaras proporcionan a los actores un especial magnetismo. Como muchos de sus personajes, entre la verborrea y la disposición al público del encanto personal, ha sido bloguera y la escritura, incluyendo dos libros de memorias, le ha dado otro cordón umbilical con el mundo. Pese a los encasillamientos y etiquetas, esa atmósfera de libertad de la chica setentera de pantalones anchos, chaleco, sombrero y corbata vuelve a mostrarse en cada personaje, aunque sea desde los efectos especiales de la nostalgia.