«El espectador medio está jodido»

Con 'The Wire', David Simon asentó las bases de una nueva forma de producción televisiva que deja de lado al espectador medio.

Las series que triunfan, como 'Mad Men', 'The Wire' o 'Dexter', se caracterizan por evitar la búsqueda de público generalista

MIKEL LABASTIDAValencia

Lo espetó David Simon y ha quedado para la posteridad. «Que se joda el espectador medio». Y jodido ha de seguir si asume ese rol. ¿Pero quién es el espectador medio? El creador de 'The Wire' lo explicó a propósito de los seguidores de su serie. "A lo largo de mi carrera como periodista trabajó en el Baltimore Sun- siempre me dijeron que tenía que escribir pensando en el lector medio. El lector medio, tal y como ellos lo entendían, era un suscriptor blanco, acomodado, con-dos-hijo-coma-algo y tres-coches-coma-algo, un perro y un gato, más los consabidos aparejos de jardín: una persona ignorante que necesita que se lo expliquen todo ya mismo. Así tu exposición se convierte en un peso increíble, en un auténtico coñazo. Que le jodan. Que le jodan pero bien". Soltaba esto tras reconocer que la manera que había elegido para contar su historia podía hacerle perder espectadores, "los que no se esforzaban lo suficiente para seguir el intrincado relato, los que se esforzaban al máximo pero se hacían un lío y los que, esperándose una ficción televisiva por episodios, se aburrirían terriblemente a causa del ritmo novelístico de la misma".

Sí, que se jodan todos ellos. Simon expresó en voz alta lo que muchos otros pensaban, lo que llevaban siglos queriendo exclamar y no se atrevían. Pero aquel que se jodan iba más allá del espectador. Era un que le jodan a las series de buenos muy buenos y malos muy malos, que le jodan a las tramas de familias felices unidas ante la adversidad, que le jodan a 'CSI', que le jodan a las historias ágiles con esquemas sencillos de introducción-nudo-desenlace, que le jodan a dejarlo todo explicado, que le jodan a las trampas para cazar espectadores al final de un capítulo con el fin de que regresasen al próximo. Que vuelvan si quieren. Y si no, que les jodan.

Eso pretendía aquella máxima que sólo podía soltar alguien como David Simon, un tipo con las ideas clarísimas y con la honestidad suficiente para no traicionarse a sí mismo por vender su producto. Cuenta Brett Martin en el libro 'Hombres fuera de serie' que el guionista se lamentaba cuando los fans hablaban más de sus personajes favoritos que del mensaje político de la serie. "Simon era un troyano perturbado por el arte de su propio caballo, molesto porque los espectadores estuvieran tan ocupados maravillándose ante su contorno y su pintura realista, que apenas se daban cuenta de que estaban siendo atacados", señala Martin, que recuerda que 'The Wire' era "una obra de arte en la que había que invertir varias horas sólo para saber de qué iba, y esa no es forma de que te den luz verde".

Esfuerzo, análisis y atención

Nadie dijo que 'The Wire' fuera a ser fácil. Exigía esfuerzo a sus seguidores, análisis y una atención absoluta. No hacía concesiones. Y Simon consideraba que era por el bien del espectador. "Si le preguntas a la audiencia siempre te pedirá helados. Tienes que comer verdura, le dices. No, quiero helado; la última vez me diste un helado y me gustó, responderá. La audiencia es como un niño", aseguraba Simon.

Y de este modo se asentaron las bases de una generación de series, de una nueva forma de producir televisión, dejando de lado al espectador de medio. Jodido o no. El caso es que este pasó a ocupar un lugar menos relevante. Para él ya existía una vía de alimentación que funcionaba a las mil maravillas. Ahora interesaba concentrase en otro público, uno más minoritario y selecto, crítico y analista, severo y decidido. En ese vuelca su empeño la industria y a él se le dedican horas de emisión, premios y ríos de tinta.

Porque las series de las que más se discute, las que más se analizan y más se galardonan no son ni mucho menos las más seguidas. No, nadie habla de 'NCIS', que despierta el interés de 21 millones de espectadores en Estados Unidos, ni de 'Blue Boods', con 15 millones de seguidores. Pocos artículos o ensayos se escriben para pormenorizar los episodios de 'Mentes criminales', pese a que son vistos por 14 millones de personas, o de 'El mentalista', con 12. No, las que acaparan los titulares, las redes sociales, los reportajes más profusos, las portadas de las revistas son otras con audiencias más reducidas. 'Mad Men', por ejemplo, en sus cotas más altas alcanzó los tres millones de espectadores, y en su primera tanda de capítulos apenas llegaba a uno. 'Dexter' rondaba el millón y medio y logró los 2,8 en su episodio final. 'Girls' estrenó su tercera temporada con récord de audiencia, 1,1 millones de espectadores; muy lejos de los 15 que consigue 'The Blacklist' o de los 13 de 'Scandal'. Pero las premiadas, las alabadas, las jaleadas son las que casi nadie ve, mientras que al resto casi se las trata con desprecio. ¿Por qué? Porque van destinadas a un espectador medio. Y el espectador medio está jodido.

No son series, son bofetadas

La tele ha dado cobijo, con gozo, a producciones de ritmos muy lentos ('Mad Men', 'Rectify'), a argumentos que trascienden el por qué para centrarse en el cómo ('The leftovers', 'True detective'), a tramas plagadas de simbología ('Carnivale'), a un humor finísimo no apto para cualquier paladar ('Louie', 'Parks and recreation'). No son series. Son bofetadas, son jarros de agua fría, son lecciones.

Los próximos Emmy están plagados de títulos que se olvidaron de los espectadores medios, de esos que demandan desayunos abundantes por las mañanas, amores con final feliz y convencional, y crímenes que se resuelven en veinte minutos, de los que se entretienen con 'Castle' y 'Hawaii 5.0'. Entre la lista de candidatas al drama se hallan propuestas de escaso calado entre el público pero con excelentes crítricas como 'Better call Saul' (atípica precuela de 'Breaking bad'), 'House of cards' (serie política que ni siquiera se emite en un canal al uso) u 'Orange is the new black' (producción carcelaria que cabalga entre el humor y la tragedia). Entre las comedias sólo 'Modern Family' sobresale por sus holgadas audiencias. El resto son auténticas desconocidas para el gran público, que nunca ha oído hablar de 'Veep', 'Unbreakable Kimmy Schmidt' o 'Silicon Valley'.

El espectador medio no conoce al padre transexual de 'Transparent', por mucho que el actor que lo interpreta colme los palmarés; ni al progenitor borracho de 'Shameless', aunque lleve seis temporadas en antena y los especialistas catódicos lo adoren; ni a ninguno de los personajes frikis de 'American Horror Story', pese a los ríos de tuits que generan cada curso en las redes. Así es. Pero la tele ha dejado de ser territorio del espectador medio. A ese se le sirve el menú clásico, bajo en grasa, sin colorantes ni conservantes, mientras que la carta de verdad (la de las especialidades, novedades y mayor variedad) se consagra a otro comensal más sibarita.

 

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