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Salma Hayek en 'El cuento de los cuentos'.

Cuentos inmorales

  • De estreno

  • La última película del director italiano Matteo Garrone recupera la esencia del cine fantástico europeo de la década de los setenta, aunando imágenes grotescas, violencia y erotismo

En la secuencia de apertura de 'El cuento de los cuentos' ('Il racconto dei racconti'), el séquito de un monarca presencia con alborozo un espectáculo circense. Magia, sátira y actitudes bufonescas. Todos los asistentes ríen. Todos aplauden entusiasmados ante el arrojo de la compañía de cómicos ambulantes. Todos, menos uno: la reina, que no puede ocultar la irritación que le causa la escena que contempla. Algunos de los destinatarios del último largometraje de Matteo Garrone asumirán esa misma postura frente a la extraña representación que se oficia en la pantalla. Porque la película es hija de otro tiempo, una fantasía demodé que alude al cine europeo de los setenta, a un universo fílmico en el que se daban cita lo macabro y lo grotesco, lo sublime y lo absurdo, donde el erotismo decadente y de grosor específico convivía con lecciones morales no siempre complacientes. Una coproducción italo-franco-británica (otra evocación de aquella época gloriosa) que saluda a Fellini y se siente deudora de la 'trilogía de la vida' de Pasolini, que opta por emparentarse con los 'Cuentos inmorales' de Walerian Borowczyk antes que con las épicas medievales de corte y confección.

En su salto al vacío (y no sólo por el cambio de registro que representa en una filmografía que hasta ahora se encomendaba al realismo social), el director de 'Gomorra' adapta tres relatos de 'El Pentamerón' ('La cierva hechizada', 'La pulga' y 'La anciana desollada'), una obra del siglo XVII, publicada tras la muerte de su autor, el poeta italiano Giambattista Basile, que, en su viaje a través de los vericuetos de la tradición oral, portaba la semilla de la que nacerían algunas de las historias más célebres de Charles Perrault y los hermanos Grimm. Garrone, ajeno a los hábitos de consumo y las tendencias imperantes, se apropia de la violencia y la crueldad de los originales, de la podredumbre, la corrupción de la carne y el horror primitivo que germinaban en el interior de los mismos.

En 'El cuento de los cuentos' coexisten príncipes albinos, brujas del bosque y ogros deformes, doncellas que sueñan con volar lejos del castillo, nobles abrasados en el horno del deseo y una soberana que, anhelando la maternidad, devora el corazón de una bestia hervido por una virgen. Personajes extravagantes que deambulan por laberintos de piedra, grutas en las profundidades de la tierra y palacios florentinos. Y cuenta, por supuesto, con su propia colección de animales fantásticos: pulgas gigantes, monstruos marinos y criaturas aladas que concilian la creación digital y los animatronics heredados de la Jim Henson's Creature Shop.

A contracorriente

Ya desde sus primeros compases, desconcierta un diseño de producción que se adjudica elecciones arriesgadas. Frente a la pomposidad que a priori se podría intuir en el material de partida, la escenografía, por ejemplo, resulta sorprendentemente austera. Solo el barroquismo del trabajo de maquillaje y vestuario (algunos trajes llevan la firma de la casa Tirelli) aporta algo de color y boato. Sin embargo, Garrone tampoco disimula sus pretensiones, los préstamos de Goya y 'El nacimiento de Venus' de Botticelli, de las ilustraciones de Edmund Dulac y Gustave Doré, invocando incluso, de forma inconsciente, las imágenes líquidas y simbólicas del norteamericano Matthew Barney, un artista igualmente obsesionado con la mitología y la cultura popular.

Tal vez funcionase como reclamo para aquellos que financiaron esta loca aventura, y poco se puede reprochar al reparto que encabezan Salma Hayek, Vincent Cassel, Toby Jones, John C. Reilly y Stacy Martin, pero cabe preguntarse si, dadas las circunstancias, el proyecto no exigía un plantel de actores napolitanos. Sea lo que fuere, 'El cuento de los cuentos' (feliz coincidencia con el título de uno de los mejores cortometrajes de animación de la historia) es una de esas dichosas anomalías que nadan a contracorriente en el cine contemporáneo. Y en ese acto de valentía reside su naturaleza transgresora, insólita para un público acostumbrado a lecturas edulcoradas y condescendientes del cuento de hadas. ¡Viva el anacronismo!

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