«Quiero contagiar de amor al espectador»

Hirokazu Kore-eda. /
Hirokazu Kore-eda.

cineasta

DAVID LÓPEZ

Siempre que pienso en Hirokazu Kore-eda suelo evocar una entrevista de Yoshishige Yoshida, publicada en 'Cahiers du Cinéma', en la que el director de 'Eros + Massacre' recordaba que Kenji Mizoguchi empezó a trabajar a principios de la era Showa, es decir, antes del periodo del militarismo japonés. Razón por la cual "dispuso de la libertad necesaria para crear un cine de autor". Incluso cuando asumió las fórmulas del 'cine popular' después de la guerra, "Mizoguchi pudo seguir filmando con la misma libertad gracias a la ambigüedad de tal etiqueta". Películas para todos sin traicionar una filosofía, una manera singular de entender la estética y la ética del séptimo arte. Películas que pueden encandilar a la crítica y recibir el cariño del público allá donde se estrenen. Características que hoy reúne 'Nuestra hermana pequeña', en salas españolas desde el pasado viernes.

El último trabajo de Kore-eda rehúye de todo exceso a la hora de inmiscuirse en la intimidad de las hermanas Kouda, que, tras asistir al funeral de su padre, acogen en la casa que comparten a la hija adolescente que su difunto progenitor tuvo con otra pareja. Con suma elegancia y serenidad, sin subrayados dramáticos ni florituras, el realizador nipón logra componer una obra que transita de lo particular a lo universal, que lo mismo habla de heridas sin curar y cuentas pendientes que de los pequeños placeres de la vida. Emociones puras que palpitan tras la aparente sencillez de esas imágenes que no precisan de mayores riesgos formales.

Imagino que ya se ha acostumbrado a que le consideren el heredero oficial de grandes maestros del cine japonés como Yasujiro Ozu o Mikio Naruse, una opinión que rara vez ha compartido. Pero en esta ocasión, como en 'Still walking', resulta imposible no advertir en sus fotogramas ecos de estos autores.

Aunque no sea consciente de ello cuando asumo un nuevo proyecto, es cierto que la mayoría de mis trabajos giran en torno a las vicisitudes de una familia. En consonancia, la crítica ha situado toda mi trayectoria en la estela de Ozu, una comparación que agradezco desde la admiración y el respeto, aunque personalmente no me parezca tan evidente. Sin embargo, en esta película sí reconozco por primera vez esa influencia, especialmente en lo que se refiere al retrato del universo femenino. Considero que aún estoy lejos de los registros de Ozu. Hay quien le achacaba que rodaba una y otra vez la misma historia. Él se defendía de estas acusaciones recordando que nunca engañó a nadie: aquél que se enfrentaba a su obra ya sabía a qué atenerse.

No seré yo quien ponga en duda su versatilidad, al menos en sus inicios.

Sí, no siempre he sido un director de melodramas familiares. 'After life' era una película en la que la fantasía se reservaba un papel destacado. Ese componente mágico o fantástico se repite, por ejemplo, en 'Air doll'. Y también es cierto que empecé mi carrera filmando documentales.

Es la segunda vez que adapta material ajeno. La primera fue precisamente 'Air doll', en la que tomó como referencia las viñetas de Yoshiie Goda.

Akimi Yoshida, mi fuente de inspiración en esta ocasión, es una de mis mangakas de cabecera. Curiosamente creí hallar la huella de Ozu en su serie 'Umimachi Diary', aún inacabada y destinada a un público femenino adulto. 'Nuestra hermana pequeña' no es una adaptación al uso, pero sí comparte con el original esa voluntad de ofrecer un relato fragmentado, pues Yoshida construye un diario de la vida cotidiana en una ciudad costera y lo hace desde múltiples puntos de vista.

Vuelve a ponderar el peso del legado que los padres transfieren a sus descendientes.

Durante la última década he perdido a mis progenitores. Sentía un gran vacío cuando constataba su ausencia, pero todo cambió el día que nació mi hija. Los padres contraen la responsabilidad de transmitir la herencia familiar a las nuevas generaciones, que representan el futuro, pero también deben mirar hacia adelante, buscar su propio camino. Las cuatro protagonistas de 'Nuestra hermana pequeña' rinden tributo a la memoria de un padre al que han sido capaces de perdonar por los errores que cometió en el pasado y, simultáneamente, logran superar los traumas que arrastraban con una actitud que rebosa vitalidad. En el fondo, es la historia de unos personajes que no han disfrutado de una infancia convencional y se ven obligados a encarar el reto de crecer a marchas forzadas para alcanzar la madurez que su entorno les demanda.

Ya que lo sugiere, 'Nuestra hermana pequeña' es, sin duda, una de sus películas más luminosas y optimistas.

Es lo que tiene la paternidad, que nos ablanda el corazón. Bromas aparte, no creo que como realizador haya cambiado mucho mi forma de entender el arte y la vida, pero todo el mundo contrasta esta película con 'Nadie sabe' para subrayar esa idea según la cual he abandonado progresivamente el pesimismo. El tono de 'Nadie sabe' podía resultar triste, pero nunca he pretendido caer en el desánimo. Hablo de sentimientos, de esperanza. Quiero contagiar de amor al espectador, hacerle partícipe de las mismas emociones que yo encontré en el cine de Federico Fellini, Hou Hsiao-hsien o Víctor Erice durante mi juventud.

 

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