'Los amores de una rubia'

Milos Forman dirige una mirada amarga al amor a través de una historia cargada de tensión sexual y humor socarrón en un marco que exuda magnetismo y potencia visual

Vladimír Pucholt en 'Los amores de una rubia' (1965)./
Vladimír Pucholt en 'Los amores de una rubia' (1965).
Guillermo Balbona
GUILLERMO BALBONA

Mucho antes de su primera gran película americana, 'Alguien voló sobre el nido del cuco', hubo un Milos Forman grandioso en su mirada, romántico y fácilmente cómplice con el espíritu de la nouvelle vague. Durante la Primavera de Praga hubo sitio para lo modesto y el humor, también para la crítica inteligente, todo ello con la deriva comunista, los tanques rusos y Mayo del 68 como fondo. '¡Al fuego, bomberos!' contribuyó a elevar su sello creativo y a expandir su nombre por el mundo.

El otro título de referencia, antes de su desembarco en EEUU es 'Los amores de una rubia', una historia sencilla, de aparente superficialidad que, sin embargo, revela los mimbres de una comedia agridulce, romántica, tan descarnada en su inmersión en el amor como amarga en su delicada mirada. Hay militares, una fábrica de zapatos, un pequeño pueblo checo, música, baile y cuerpos escenificando el deseo.

Candidata al premio Oscar como mejor filme extranjero, lo sutil y sereno, lo lúdico y costumbrista, la tensión sexual y el humor socarrón...todo está presente en esta historia de corte romántico, en la que asoman tras las veladuras rasgos satíricos y que recuerda a Godard o Resnais en sus formas y en sus intenciones.

Cartel promocional de 'Los amores de una rubia' (1965).
Cartel promocional de 'Los amores de una rubia' (1965).

Milos Forman se detiene en una pareja, un pianista y la joven cuyo cuerpo es comparado con la guitarra pintada por Picasso. Pero tras la anécdota 'Los amores de una rubia' supone un retrato de una sociedad en la que latían contradicciones, desazón y contrastes. El aroma de Milan Kundera, autor de 'La broma', candidato al Nobel –y entonces profesor de cine en la escuela de Praga, de donde surgieron algunos de los mejores cineastas de la nueva ola checa–, atraviesa el espíritu imaginativo y poético. Forman, que construyó su proyecto mezclando actores profesionales con los no actores, apuesta por la originalidad al indagar en los síntomas de ese periodo, lo verité tan reverenciado entonces, con una lúcida visión del mundo que le acompañaría en sus adaptaciones y en sus incursiones más ambiciosas, caso de 'Ragtime'.

La cinta se rodó en blanco y negro y el director de fotografía, Miroslav Ondrícek, encargó que pintasen todos los interiores en blanco y negro para que «la imagen adquiriera un tono más jugoso». «En aquel entonces –dijo Forman al vocar la película– todavía no estaba casado por segunda vez y muy a menudo vagaba sin rumbo a tontas y a locas, de un amigo a otro, de bar en bar. Un día, después de medianoche, estaba volviendo a casa en coche y de repente, en la calle Vsehrdova, vi cómo una chica iba arrastrándose con una maleta por el puente. Paré y le ofrecí echarle una mano.(...) Sin embargo, acababa de averiguar que la dirección que le había dado era falsa. Ella también me contó cómo era la situación en Varnsdorf, cosa que luego apareció en la película: fábricas de textiles gigantes en una región despoblada tras el desalojo de los alemanes y muchas más chicas que chicos.En Zruc pasaba lo mismo, sólo que la fábrica era nueva y estaba más cerca de Praga».

'Los amores de una rubia' desprende un aura especial, una atmósfera sutil del retrato colectivo y de la intimidad elocuente. El perfil del engranaje del régimen socialista que subyace en la ficción, sus limitaciones y paradojas engancharon pronto y el cineasta –que viajó de Praga a Hollywod sin perder su potencia narrativa y conservada hasta el final de sus días–, logró un éxito comercial descomunal.

Vladimír Mensík, Hana Brejchová y Vladimír Pucholt en 'Los amores de una rubia' (1965).

No hay que perder de vista títulos como 'La tienda en la calle mayor' (Janos Kladar y Elmar Klos, 1965) y, sobre todo, 'Trenes rigurosamente vigilados' (Jiri Menzel, 1966), pues representan una edad de oro ratificada con una proyección internacional indudable, certificada con los Oscar, y una explosión taquillera en su país. Una anécdota: 'Los amores...' estuvo a punto de no llegar a realizarse porque el dramaturgo más importante de los Estudios Barrandov declaró que se trataba del guión «más aburrido que había leído en los últimos años, muy ingenuo y artificial». Frente a una estructura más clásica, Milos Forman insufla su soplo de realidad, rebosante de humor y poética. Al cabo lo que hace aquí es construir cine de una anécdota y ver la vida. Una chica llega a una estación con una maleta en busca de un hombre que la ha engañado.

El resto es filosofía vital, humor, sarcasmo contenido, una especie de danza, de baile a veces sordo, pero que exuda magnetismo y potencia visual. Ligereza, levedad, como andar a puntillas pero dejando una huella reconocible e indeleble. Diversión y patetismo, individuo y papá Estado. Frescura y fascinación. Melancolía y desgarradura. Lo real y lo onírico.

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