En cartelera

La bruja de Isabelle Huppert

Isabelle Huppert, obsesionada con Chloë Grace Moretz en 'La viuda'.

La actriz francesa se ríe de sus papeles de mujer torturada en un juguetón cuento macabro firmado con oficio por Neil Jordan, el director de 'Entrevista con el vampiro'

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Se puede vivir en una gran ciudad, estar todo el día rodeado de gente, y sentirse solo. Lo sabía Travis Bickle, el protagonista de 'Taxi Driver' al volante de su ataúd de metal, y lo experimenta Isabelle Huppert en 'La viuda', la cinta de Neil Jordan que en su título castellano aporta más información sobre su personaje que el original, 'Greta'.

El director de 'Entrevista con el vampiro' y 'Juego de lágrimas' no sabe muy bien a qué carta quedarse. 'La viuda' parece un thriller sobre la soledad urbana cuando deriva en un cuento de terror inclinado al gran guiñol. Los ecos de 'La semilla del diablo' resuenan en su sugerente inicio, cuando la protagonista, una chica de Boston que ha perdido a su madre y ha venido a vivir a Manhattan (Chloë Grace Moretz), encuentra un bolso en el metro.

Buena samaritana, busca la dirección de su propietaria y decide devolvérselo. Resulta ser una amable viuda francesa, con quien entabla una relación de amistad. Por un lado le da pena y por otro suple a su madre desaparecida. El buen rollo inicial dará paso a un comportamiento obsesivo cuando empiece a acosar a la joven. Los bolsos son miguitas que esta bruja deja por la ciudad en busca de chicas a las que atraer a su morada.

Isabelle Huppert demuestra que sabe reírse de sí misma y de los papeles de mujeres torturadas que le han tocado en suerte. La protagonista de 'La pianista' se divierte a lo grande en su rol de desequilibrada. Le basta plantarse frente al restaurante donde trabaja el objeto de su obsesión o dar unos pasos de baile para resultar espeluznante. Se merienda viva a Chloë Grace Moretz, cuyo físico de chica sana norteamericana es aprovechado por el taimado Jordan.

El realizador irlandés inunda el filme de un humor perverso, por ejemplo en la utilización de las piezas de música clásica: nunca Liszt sonó tan amenazador. Juguetona (atención a la ensoñación que, después de todo, resulta no ser una ensoñación), 'La viuda' no provoca demasiada inquietud ni se lanza a tumba abierta al despiporre sanguinolento. El oficio de su autor consigue, eso sí, que su hora y media transcurra rauda y gozosa.