Lars Von Trier desciende a los infiernos

Matt Dillon, el psicópata protagonista de 'La casa de Jack'.

Matt Dillon encarna a un psicópata que encadena crímenes a lo largo de doce años en la última provocación del director danés

BORJA CRESPO

Tras pasearse por numerosos festivales, entre ellos citas indispensables como Cannes y Sitges, llega por fin a la cartelera la última propuesta de Lars Von Trier, 'The house that Jack Built', en castellano 'La casa de Jack', con un Mat Dillon desbocado, sublime en la piel de un psicópata cruel y meticuloso que siembra la muerte a su paso. El pase en el macroevento galo revolvió el estómago a más de un espectador, y a unos cuantos críticos de cine encorsetados, debido a la abundancia de escenas de violencia explícita.

La provocación y la osadía van en el ADN del autor de 'Rompiendo las olas' y 'Melancolía', hasta el punto de retratar varios fragmentos de la vida de un asesino en serie para hablar de sí mismo, de sus singulares polémicas, de su propia obra y el concepto del arte en general. El humor negro y la perversión presentes sin tapujos en algunas secuencias de su retorcida cosecha, en títulos como 'Nynphomaniac' o 'Bailar en la oscuridad', se multiplican por diez en este escupitajo al espectador aburguesado que sirve al realizador danés para expulsar sus demonios internos una vez más y mirar a la locura de frente.

Excéntrico, depresivo y malencarado, su genialidad no tiene mesura. Prueba de ello es el excesivo metraje del filme, 155 minutos, nada más y nada menos, divididos en cinco partes diferenciadas que se centran en un crimen o matanza. Cinco incidentes en el transcurso de doce años, comenzando en los años 70, con 'La divina comedia' de Dante como guía en el camino.

Aquellos espectadores acostumbrados al cine de terror con escenas sanguinolentas pueden llevarse una decepción con los cacareados excesos de 'La casa de Jack', no va por ahí, aunque puede formar un buen triunvirato con 'Henry, retrato de un asesino' y 'Ocurrió cerca de su casa'. No hay tanta hemoglobina como algunas críticas destacan. Para los entusiastas del gore, puede resultar descafeinada, pero el público medio acostumbrado a las multisalas puede digerir fatal el tratamiento de la violencia de un filme emponzoñado de ironía que emplea la hilaridad sardónica para sembrar la inquietud en nuestra conciencia.

A ratos inspirada -ganaría puntos con alguna pieza menos, aliviando su duración-, el relato macabro se centra en un sujeto tan inteligente como despreciable, el sanguinario Jack, obsesionado con tomarse al pie de la letra el asesinato como una de las bellas artes. Sus barrabasadas, las de un tipo culto, aparentemente normal en su existencia diaria, son narradas desde su propio punto de vista, el de un inadaptado que necesita ir más allá para entender su enajenación, un descenso a los infiernos en toda regla. Con cada nuevo asesinato el protagonista crece y mengua a la vez, convirtiéndose en un yonqui de la muerte ajena, como si fuese un dios menor en la tierra que puede decidir el destino de los demás en su propio beneficio, eternamente insatisfecho, desafiante y chapucero a un mismo tiempo.

Matt Dillon carga sobre sus espaldas todo el peso de la acción con nota alta. Defender un papel tan desagradable y atractivo a la vez, sumamente controvertido, no es nada sencillo. Probablemente por poner en cuestionamiento nuestra ética no está nominado al Oscar (¿Bradley Cooper?, ¡por favor!). Uma Thurman, Siobhan Fallon Hogan y Sofie Gråbøl completan el reparto principal, repitiendo con uno de los directores más fuera de lugar del cine actual, uno de los pocos que se mantiene fiel a sus principios sin perder la etiqueta de autor, un agitador que se permite experimentar -el final deja la boca abierta- con el medio mientras reflexiona sobre la moral y sobre sí mismo, con un punto sádico, sin dejar de interesar a una audiencia considerable.