'Delicias turcas'

Paul Verhoeven saltó a Hollywood con este inquietante retrato sobre el desencanto que fue vetado en el Festival de Cannes por considerarlo visualmente explícita

Rutger Hauer y Tonny Huurdeman en 'Delicias turcas' (1973)./
Rutger Hauer y Tonny Huurdeman en 'Delicias turcas' (1973).
Guillermo Balbona
GUILLERMO BALBONA

Quizás sea ese aire de provocación y desenfadado, de retrato instalado en la mirada antisistema y álbum de libertinaje. O su apuesta apasionada, entre el morbo y la obsesión. Lo cierto es que 'Delicias turcas' rompió en los setenta la crisálida de lo aparente y se internó en un inquietante retrato sobre el desencanto. Es la relación entre Olga y Eric, que el cineasta de 'Instinto básico' lleva a los extremos. Hay dosis de locura, sensualidad, sexo con rasgos de catarsis y alusiones escatológicas, erotismo y amor pero nunca convencionales.

El cineasta holandés Paul Verhoeven lograba con este filme su primer éxito internacional que le permitió dar el salto a Hollywood. Mirada crítica, polémica y transparencia. Todo es explícito en este golpe de sensualidad en el que la violencia sirve de resorte para crear turbación e inquietud, mientras protagonistas y espectadores caminan por el filo de la navaja. Verhoeven, que recientemente volvió con 'Elle', una cinta juguetona que rescataba todas sus perversiones, logró consolidar después su proyección con 'El cuarto hombre'.

Transgresión, libertad, contracultura, en una ambientación que tomaba los posos de Mayo del 68 y la revolución sexual. Libre de prejuicios sociales, el filme oscila entre el hedonismo y la provocación, lo desinhibido y lo físico, entre el amor y a muerte. Caben escenas escatológicas, irónicas, simbolismos y un catálogo sobre la enfermedad, la decadencia, los desnudos, los primeros planos, el cuerpo, exento de cualquier sombra de lo políticamente correcto y de concesiones moralistas.

Rutger Hauer, Marjol Flore y Monique van de Ven en 'Delicias turcas' (1973).
Rutger Hauer, Marjol Flore y Monique van de Ven en 'Delicias turcas' (1973).

Un filme que, pese al tiempo transcurrido, mantiene su coherencia y su mirada decidida. Además supuso el debut de Rutger Hauer, quien más tarde encarnó al inmortal replicante de 'Blade Runner', (Ridley Scott, 1999) y encauzó una larga carrera. A su lado, Monique van den Ven certificaba la química de la pareja. El resto de la receta estriba en su aire desprendido, distanciado, improvisado e inspirado en la nouvelle vague. 'Delicias turca', exitoso artefacto, a medio camino entre la taquilla y el culto, fue vetada en festivales como Cannes por considerarla visualmente explícita. Todo lo que en Bertolucci y su 'Último tango...' es poesía, material reflexivo, disección de una época, introspección y metáfora social y política, en la relación desaforada de Verhoeven es desgarro, desnudo, violencia en el sentido de lo descarnado, crudo y expuesto.

Con Amsterdam al fondo este encuentro que crece exento de prejuicios y se cuenta a través de un largo flashback, posee un clima especial que se mece entre la exaltación de la libertad sexual y cierta repulsión, entre un terreno sin tabúes y la frustración, el dolor y la desolación. El cineasta de 'Robocop' oscila entre la improvisación, el feísmo, el naturalismo, la espontaneidad y, al tiempo, una estudiada puesta en escena desde ese arranque que parece un documental de la juventud de la época. Pero la pareja debutante, la música academicista, exótica y lírica y la fotografía que incide en ese juego realista y viejuno, como de álbum deteriorado, conforman un retrato casi sociológico y una forma de hacer cine que en cierto modo Verhoeven mantuvo el resto de su filmografía.

Cartel promocional de 'Delicias turcas' (1973)

Es un filme feroz, sin titubeos, rupturista, juguetón, cargado de asociaciones visuales escatológicas donde el cuerpo está envuelto en cierto expresionismo, fetichismo y humor surreal. Potencia narrativa y versatilidad para mostrar una crítica social ácida y mordaz, en la que drama, vida y muerte, se aúnan y dejan en mera cáscara lo aparentemente pornográfico hasta su final demoledor. Verhoeven, que siempre ha ironizado con los géneros, es grave y trascendente pese a su aparente disfraz lúdico y frívolo.

Rutger Hauer y Monique van de Ven en una escena de 'Delicias turcas' (1973).
Rutger Hauer y Monique van de Ven en una escena de 'Delicias turcas' (1973).

El relato universal de una relación, su antes y su después, su pasión y su desmayo, su conciliación y colisión, resulta ser un documento anticonformista, fundamentado en unas criaturas que se muestran en toda su plenitud y sus heridas, dentro de una extraña cercanía, que nunca supone incomodidad sino reconocible y cómplice. Tuvo muchos malos imitadores y no ha envejecido como algunos esperaban. Una inmersión íntima y cruda que impregna la mirada de muchas otras.

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