El fin del mundo llegó a 'The Leftovers'

en serie

La inclasificable serie echa el cierre con una temporada valiente y emotiva, cargada de guiños y de parodias

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Tres años han pasado desde que HBO estrenó la última producción de Damon Lindelof, uno de los creadores de 'Lost', título que le perseguirá por siempre jamás para bien y para mal. Qué le vamos a hacer. Siete años han pasado desde que la acción de 'The Leftovers' arrancaba, cuando en un acontecimiento conocido como la Ascensión un 2% de la población desapareció sin razón alguna. La trama ha llegado a su punto final. La historia que Lindelof, junto a Tom Perrotta, quería contar ha alcanzado el ocaso. El sol se ha puesto y los seguidores de esta serie estadounidense se han quedado a oscuras. Mucho más a oscuras, quiero decir.

'The Leftovers' siempre ha sido una serie de ánimo y perfil oscuro, de tinieblas, de turbiedades. De hecho posiblemente esa falta de luz (argumental) fue lo que ahuyentó a un buen número de espectadores. La apuesta de HBO, que quería aprovechar la fama y el hype de su promotor, no logró la repercusión ni la recepción que esperaba la cadena. La sombra de 'Lost' -ya lo mencionamos antes- es muy alargada. Muchos seguidores terminaron decepcionados con lo acontecido en la isla y no le dieron una nueva oportunidad a su creador. Otros esperaban que en esta nueva andadura propusiese misterios similares. Pero Lindelof se adelantó a aclarar que la mayoría de cuestiones no encontrarían respuesta. Y así evitó daños mayores.

La serie no iba sobre por qué había pasado, sino de cómo se gestiona lo que ha pasado. No se desvela el antes, sino que se indaga en el después. Esa ha sido la premisa de 'The Leftovers', gran parte del público no la entendió y le dio de lado. La crítica sí la apoyó, aunque tampoco con loas excesivamente encendidas. Los palmarés de premios la obviaron. Ahora se ha despedido con una tercera temporada de ocho capítulos que ha cerrado todas las tramas (de formas surrealistas, como no podía ser de otra manera) y que ha demostrado a dónde querían llegar los guionistas en este relato.

¿Ha estado a la altura del desenlace? Sí. Ha cumplido las expectativas y ha superado los miedos que muchos seguidores tenían sobre por dónde discurrirían estos últimos capítulos. 'The Leftovers' siempre ha sido imprevisible. El punto de origen -recordemos- fue un libro, el del propio Perrotta, de título 'Ascensión'. Ambientada en la ficticia ciudad de Mapleton, la obra se centraba en una familia tras un fenómeno que asoló a la humanidad, como fue la desaparición de miles de personas en un mismo día, de una manera volátil y sin explicación. Stephen King dijo que esta novela reflexionaba "sobre cómo la gente ordinaria reacciona ante sucesos extraordinarios". Y en este caso reaccionaron mal. La acción se inicia tres años después. Los Garvey forman una familia descompuesta tras aquel suceso. Kevin, el padre, vive atormentado por no haber sabido mantener cerca y unidos a los suyos. Se deja arrastrar por la vida sin conocer bien el camino que recorre. Los hijos, Jill y Tom, optaron por comportamientos diferentes. Ella es una adolescente rebelde, desapegada a todo y sin motivación ninguna, con una tendencia peligrosa hacia la destrucción. Él siguió los pasos de una especie de gurú experto, supuestamente, en eliminar el dolor de los humanos. Por su parte, Laurie, la madre, hace tiempo que los abandonó para ingresar en una secta, The Guilty Remnant, cuya finalidad es que nadie olvide lo que ocurrió, que nadie sea capaz de recuperar la calma. Y calma, lo que se dice calma, no hubo en aquella temporada en la que todos los protagonistas entraban en una vorágine tóxica y dañina de la que no conseguían salir y que solo les conducía a la autoflagelación.

Una escena de 'The Leftovers'.
Una escena de 'The Leftovers'.

La segunda temporada se encaró sin un libro en el que basarse. Perrotta se puso manos a la obra con Lindelof para escribir una continuación coherente y encontraron un punto cautivador, que gustó incluso más que los episodios con los que había comenzado la serie. Tenían claro lo que deseaban contar: cómo se supera la ausencia, cómo se vive con dolor, cómo se aminora el pesar. Así, la producción se reinventa y traslada la acción a otra localidad, Milagro, el único lugar en la Tierra en el que nadie desapareció el día de La Partida, un espacio en el que los habitantes se sienten unos seres privilegiados. Acceder a él no es sencillo. Se halla rodeado y vigilado por policías y se deben superar un sinfín de requisitos para encontrar acomodo en él. Allí conoceremos a los Murphy, un clan aparentemente perfecto, pero que también sufre su propia tormenta interior, que tarde o temprano saldrá a relucir. Serán vecinos de Kevin y de su nueva familia. Se traslada allí con su nueva mujer, Nora, y con un bebé que encontraron en el porche al finalizar la temporada anterior. La segunda tanda de capítulos navega entre alucinaciones y realidades alternativas para describir las mentiras y tablas de salvación de las que echamos mano las personas para superar la adversidad.

Y llegó el momento de concluir, de dejar de narrar una historia que podría alargarse eternamente, porque al fin y al cabo en 'The Leftovers' se habla de la vida. Ahí está el gran secreto de la serie: lo que cuenta es la propia vida y cómo nos mantenemos enteros en ella. Para el fin de fiesta los personajes se desplazan a Australia (Australia como gran metáfora del fin del mundo) y se preparan para vivir el séptimo aniversario de La Partida. Y cada uno lo hace de un modo diferente, aunque todos se parecen entre sí. La ficción tira de autorreferencias, se ríe de sí misma, lleva al extremo a muchos personajes, trabaja la autoparodia. Se ha librado de la carga de trascender y de contentar a los fans y ha hecho lo que le ha dado la gana. Y el público que quedaba, ya entregado, se lo ha agradecido.

'The Leftovers' ha sido una excepción, una producción absolutamente inclasificable a la que le han buscado parecidos con 'Twin Peaks' o 'Carnival', que ha apostado por una propuesta estética y por narrativas poco usuales en televisión. A muchos les ha irritado, a unos cuantos les ha entusiasmado. Lo importante es que ha sido muy atrevida en un mundo que cada vez lo es menos. Y eso siempre es bienvenido. Despidámonos de ella y hagámoslo con la música de Max Richter, que ha firmado un prodigio de banda sonora.

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