Profesores y alumnos, condenados a entenderse

El diálogo entre profesores y alumnos es fundamental para encontrar soluciones a los puntos más conflictivos en las aulas. /
El diálogo entre profesores y alumnos es fundamental para encontrar soluciones a los puntos más conflictivos en las aulas.

La evaluación, la asistencia a clase o las prácticas, principales focos de controversia en las aulas

JOSÉ CARLOS ROJO santander

Unos opinan de los otros y los otros de los unos. Profesores y alumnos coinciden en que no se puede estigmatizar a un colectivo, que es más una cuestión de personas; pero de fondo emergen coincidencias acerca de lo que aman y odian de la otra parte.

Los jóvenes detestan el modo de hacer de antaño. Ya no encajan en el modelo previo al Espacio Europeo, aquel en que mandaba la clase magistral y el examen único. Cuanto más joven es el profesor, más simpatías despierta entre sus discípulos. Del otro lado, los docentes lamentan el pobre nivel de conocimientos con el que los nuevos universitarios ingresan en primer curso. Algo que se puede solventar con buena predisposición y trabajo, y no es precisamente, según los profesores, algo generalizado.

«Hay catedráticos muy mayores que están cansados. No tienen ninguna pasión por lo que hacen, no les entusiasma la asignatura», explica José Ugarteburu, en el Máster de Ingeniería de Caminos. «Necesitamos que la enseñanza sea más práctica y menos teórica. Sinceramente no vendría mal un poco de sangre fresca en el cuerpo docente», apunta sobre un modo de impartir clase que precisa de una mayor interacción con el alumno «y donde lo importante debería ser que aprendieras, no que superaras un examen», agrega su compañero de clase, Mario Martínez.

Es fácil escuchar a alumnos protestando por los modos de evaluación. «En el examen exigen respuestas a cuestiones que no se han barajado en clase», apunta Martínez. Los jóvenes lo ven como una trampa para reducir el número de aprobados. Algunos profesores entienden que es el modo de valorar la madurez de un joven para enfrentar problemáticas nuevas. «El alumno busca el objetivo inmediato de superar el examen. El docente prefiere recrearse en la asignatura, profundizar, desmenuzar con esmero la temática, y entre esos dos mundos tiene que haber un equilibrio, porque está bien que estén obligados a entenderse», razona Francisco Javier Azcondo, director de la Escuela de Ingenieros Industriales y de Telecomunicaciones.

Sea como fuere muchas de estas disputas terminan en la oficina del Defensor del Universitario, cargo ocupado por el matemático y docente Ángel Cobo.

«El Defensor no puede hacer gran cosa porque los reglamentos no le dan muchos poderes», critica Julio Palomino, del grado en Dirección de Empresas. «Una vez sí que conseguimos que un profesor que cerraba la puerta de clase después de su entrada accediera a permitir la llegada de los estudiantes que venían de Torrelavega y que muchas veces venían tarde por culpa de retrasos en el autobús», explica. Pero en esa lucha de argumentos, normalmente la solución no es fácil y tensa la atmósfera en las aulas.

Momentos de tensión

«No tiene ningún sentido que una profesora exija, por otro lado con razón, que no se trastee con el móvil en clase, y luego sea ella quien lo haga, y en mitad de una exposición de un alumno. Esto ha pasado», denuncia Rebeca Rodríguez, de Educación. «Luego hay algo que nos afecta desde que se implantó el Espacio Europeo y que aún no se ha resuelto, y es el asunto de la sobrecarga de trabajos. Todo el mundo encarga prácticas y luego hay exámenes parciales. Nadie se coordina y al final estamos sobrecargados de trabajo. Es imposible hacerlo todo», explican varios de sus compañeros de aula en Educación.

El problema se identificó en la Escuela de Ingenieros Industriales y de Telecomunicación. «Se buscó una mayor coordinación para evitar esa sobrecarga y ahora los resultados han sido buenos. El trabajo está más racionalizado», concreta Francisco Javier Azcondo, director del centro.

Parte de esa carga de labor extra para casa se exige para subsanar las deficiencias de conocimiento que los jóvenes arrastran de Secundaria. «Se los nota un poco verdes en cuestiones fundamentales de la carrera. En conocimientos de base que deberían traer del instituto», afirma Francisco Matorras, decano de la Facultad de Ciencias. «Por otro lado son muy buenos en competencias antes inexistentes, como la habilidad de expresión en público, por ejemplo». Algunos cambios vienen derivados del curso de los tiempos. «Ahora los chavales están acostumbrados a las Redes Sociales y a transmitir un mensaje en 140 caracteres. Eso está bien, pero hay veces en que un concepto matemático necesita de veinte minutos de desarrollo para entenderse, y ahí les falla la atención», cuenta Matorras.

Ocurre eso en Ciencias y también en Filosofía y Letras: «Cuando en clase de primer curso preguntas cuantos alumnos han leído alguna vez algún libro de Historia y ninguno levanta la mano, te das cuenta de que algo falla. Les falta actitud, inquietud por aprender lo que se supone que les gusta», comenta Jesús Ángel Solórzano, decano de esa facultad. El buen docente es muchas veces el que alimenta ese interés.

«Te invitan a ir a tutorías e insisten tanto que acabas yendo. Luego te das cuenta de que te ha venido muy bien. Un buen profesor es el que te transmite la pasión por la asignatura, y para eso tiene que ser él el primero en amarla», razona Mónica Casanova, de Informática. «Los docentes jóvenes hacen las clases muy dinámicas. Me gusta los que plantean así sus clases», agrega María Chimeno, compañera de clase en Informática. Porque en la relación entre profesores y alumnos, como en todo, también hay quien se entiende.

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