Recordando los relojes antiguos

Recordando los relojes antiguos

Siempre han dado la hora, pero la evolución tecnológica y de estilo ha marcado nuestras muñecas

Javier Rodríguez
JAVIER RODRÍGUEZSantander

Disponemos hoy de modernísimos relojes. Algunos además de informarnos sobre la hora comunican muchas más cosas. Y tenemos también algo siempre clave: poder adquisitivo para comprarlos. En cambio, los de otros tiempos ni eran tecnológicamente tan sofisticados ni quedaban económicamente a mano (o sea, cartera) de la mayoría de la población. Un reloj era un lujo asiático.

Los había de todos los estilos: muñeca, pared, bolsillo… Y el inolvidable despertador de campanitas, que cuando entraba en acción montaba un escándalo doméstico sensacional. Tan enorme que te despertabas sobresaltado y te levantabas inmediatamente de la cama aunque sólo fuera para accionar su palanquita y dejar de oírlo. Hecho, reinaba la paz. Se valoraba el silencio.

Los niños también teníamos el reloj como referente e ilusión. Pero por regla general nos conformábamos -¡qué remedio!- con adquirirlos en… los kioscos de chucherías. Aunque eran de plástico, nos parecían «de verdad». Como los de las personas mayores. Resultaba tan importante el reloj que cuando hacíamos la Primera Comunión solía ser un regalo tradicional. ¡Y de los buenos! Nos pasábamos el día mirándolo y exhibiéndolo ante familiares y amigos. «¡Mira qué reloj tan chulo tengo!»….

Ahora, como ya somos todos multimillonarios, podemos cambiar de reloj cuando queremos. Salta a la vista que con este asunto sucede igual que con muchísimos más: el nivel de vida actual permite disfrutar de cosas que no hace demasiados años eran utopías. Pasado y presente. Tic, tac, tic, tac…

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