La casa que Pablo soñó y nadie veía, hoy suena a jazz
En Piélagos, el empresario y hostelero Pablo Gutiérrez Cepeda diseñó un hogar abierto a la luz, el arte y la música. Un refugio pensado para trabajar, disfrutar y compartir
Aveces los grandes hallazgos nacen del azar. Pablo Gutiérrez Cepeda (Santander, 1978) buscaba un terreno en el que levantar la casa de sus sueños, pero los altos precios del mercado siempre le echaban para atrás. Hasta que una madrugada, navegando por Wallapop», se topó con un anuncio que le hizo pensar que a la cifra que veía le faltaba un cero. Aun así, llamó, y al día siguiente estaba pedaleando hacia Piélagos para comprobar si aquello era verdad. Lo que encontró fue el lugar perfecto: una finca inclinada, abierta, sin vecinos lo suficientemente cerca para disfrutar.
El terreno, rectangular y en cuesta, no prometía facilidades, pero Pablo –empresario y hostelero– está acostumbrado a transformar lo improbable. «Todos mis amigos pensaban que ... me iba a estrellar. Mi madre también se preocupaba por lo típico de: 'Hijo, ¿cómo vas a pagar todo esto?', y ahora vienen y me dicen: «Tienes que estar muy orgulloso, has hecho una casa espectacular». Y, como puede verse en las fotos que ilustran estas páginas, lo es. No por ostentación, sino por ingenio. «Hay materiales muy sencillos, incluso baratos, pero están bien colocados. No hace falta gastar más de lo necesario, sino saber dónde ponerlos. Y el conjunto funciona».
Construirla fue un proceso largo, «un infierno», recuerda ahora entre risas. El proyecto empezó en 2020, la obra en 2021 y, a finales de 2022, la familia ya dormía allí, aunque con el jardín y la piscina a medias. Dos años después, el sueño de Pablo está completo: 220 metros interiores distribuidos en una planta baja con cocina, salón y comedor en un espacio único, tres habitaciones, tres baños y el despacho en el que trabaja a diario. «Es una casa muy vivible -insiste-. Aquí todo está pensado para disfrutarse, no para mirarse».
Y eso se nota. Pablo la define como una casa «disfrutona», hecha para usarse, para abrir las ventanas, caminar descalzo y llenarla de vida. «Está todo muy pensado», explica. Nada está ahí por azar: ni los materiales, ni las proporciones, ni la orientación. Todo tiene una razón práctica, estética o emocional. Los ventanales, por ejemplo, se abren por completo y conectan el salón con el porche y la piscina. El suelo es el mismo dentro y fuera así que «cuando las cristaleras están abiertas, parece que la casa se duplica».
Bañera
Pese a su aspecto decorativo, su dueño la disfruta con frecuencia: «Todo está pensado para vivirse, no para mirarse».
Vida exterior
El jardín, diseñado y creado por el propio Pablo, rodea la piscina que utiliza durante casi todo el año.
Arte
En este rincón del dormitorio principal, el lavabo comparte protagonismo con los cuadros y las plantas, que reflejan el alma de la casa.1 /
Pese a sus dimensiones, es una vivienda cómoda y «fácil de limpiar», dice con satisfacción. «Al final, eso también es diseño: que todo funcione, que no te quite tiempo». Y lo cierto es que funciona. Porque más allá de la belleza evidente, hay una lógica doméstica que lo sostiene todo: materiales resistentes, soluciones prácticas y una distribución que permite que la vida fluya sin esfuerzo.
Su rincón favorito
«Mi rincón favorito es el sillón de la música –dice–. Está en medio del salón. Es el centro neurálgico. Todo gira en torno a eso». Y no es una metáfora: la casa suena literalmente, sobre todo a jazz. La canción que, según él, la representa: Build, de The Housemartins. En las notas de este tema hay algo del espíritu de Pablo, del ritmo que mezcla oficio, pasión y sentido del humor. No en vano, es dueño de un bar en Santander y lleva años organizando conciertos. En su casa hace lo mismo: cuartetos improvisados con amigos, músicos que llegan y tocan con los instrumentos que Pablo tiene perfectamente colocados. «Cuando la casa se llena de música en directo es cuando siento realmente la felicidad».
La casa es una lección de ingenio con materiales sencillos colocados con acierto
El arte también late en las paredes: cuadros de autores cántabros, esculturas y piezas con historia, como el lienzo que tiene sobre la chimenea y es su favorito. «Lo pintó mi padre con la esponja con la que me limpiaban el culete de bebé». Su afición por la música la mamó desde niño. «Con seis-siete años tenía mis discos, mi plato… y lo mismo escuchaba a Los Pitufos y Enrique y Ana que me ponía a Pink Floyd o King Crimson». Hoy conserva aquellos vinilos y los utiliza como salvamanteles cuando tiene visitas. Pablo convive con un perro, un gato y varias gallinas que completan la familia. «Me encanta estar en casa -dice-. Trabajo aquí y, aunque me gusta viajar, en verano prefiero estar en la piscina que ir a la playa. Aquí tengo todo lo que necesito». Esa sensación de refugio se percibe también en la mirada de sus hijos. «Papá, nunca pensé que viviría en una casa así», le dijeron un día. Y cuando se le pregunta qué haría diferente si pudiera empezar de nuevo, no duda ni un segundo. «Prácticamente nada». Porque todo está en su sitio. Todo responde a una intuición que el tiempo confirmó.
Y es que esta casa no es un capricho. Es un manifiesto de coherencia. Un lugar donde la vida, el trabajo y la música conviven sin ruido. «Espero morirme aquí -dice con calma-». Tal vez por eso no le interesan otros terrenos ni nuevos proyectos. Su casa ya es su canción y basta dejar que suene.
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