Triste e incierto final de ciclo

Diego pone fin a trece años de liderazgo con una derrota cruel y Sáenz de Buruaga asume el reto de ganarse a la mitad del partido

JESÚS SERRERASantander

"Bueno, esto es democracia», decía Ignacio Diego, el rostro como un poema, mientras María José Sáenz de Buruaga subía al escenario para agradecer su exigua victoria por cuatro votos entre los más de 900 compromisarios del PP que se acercaron ayer tarde al Palacio de Exposiciones y Congresos. Una moneda al aire, el puro azar de que un puñado de representantes de Rionansa, por ejemplo, se animaran a coger el coche en un día de perros para bajar a votar a Santander, marca un futuro lleno de incertidumbre para el primer partido de Cantabria.

Eran las 18.25 horas y el exalcalde de Santander, Gonzalo Piñeiro, y su sucesor, el actual ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, recibían por teléfono en la cafetería de los Campos de Sport noticias preocupantes para su candidata, Sáenz de Buruaga, que en las horas previas al congreso manejaba una ventaja de 80 votos y que no comenzó con buen pie el escrutinio.

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Como en la primera fase del proceso congresual, en la votación de los militantes, Diego mejoró sus perspectivas, frente a los importantes apoyos de su adversaria. En Cantabria y también en Génova. De ahí su visible desplante al fugaz invitado de Madrid, Pablo Casado, al que el presidente del partido en Cantabria ni atendió ni llegó a tiempo de escuchar un discurso intrascendente, con mucho cuidado de no mojarse, lleno de lugares comunes sobre la unidad y fortaleza que necesita el partido y amables referencias a Menéndez Pelayo y Gerardo Diego.

Finalmente, Buruaga remontó en la votación de los compromisarios y se anunció su victoria por sólo cuatro votos, entre gritos de «tongo, tongo» de los más acérrimos partidarios de Diego y el rechazo de los senadores, que también apoyaban al presidente, a sumarse a la despedida del 12 Congreso. La nueva secretaria general, María José González Revuelta, ha sido seguramente una de las mejores bazas del bando ganador, a juzgar por el aplausómetro del congreso.

Salvo sorpresas de última hora, Diego cierra un ciclo de trece años con una derrota que, aunque ajustada, resulta más triste, cruel y amarga por innecesaria. El presidente del PP de Cantabria no ha querido o no ha sabido darse a sí mismo la salida airosa que desde luego merecía después de su intensa dedicación y de encabezar la gran victoria de 2011, la mayoría absoluta en el Parlamento, el Gobierno regional y las sesenta alcaldías logradas, la mejor cosecha en la historia del partido.

Pero Diego tuvo que haber renunciado al liderazgo del PP en las horas, en los días o en las semanas siguientes al descalabro de mayo de 2015, cuando perdió uno de cada tres votos que había ganado cuatro años antes. Debió irse porque al partido que presidía, aún siendo el más votado, no le alcanzaba para mantenerse en el Gobierno de Cantabria ni en las alcaldías más importantes. Debió irse como los que le antecedieron al mando cuando les llegó la hora. Irse con el respeto y el reconocimiento de todos, con el caudal de afecto intacto. Ha intentado quedarse contra viento y marea y ha perdido, por poco, con el rechazo de la mitad del partido. Demasiado para quien se había consagrado en tres congresos consecutivos con el 94% o el 98% de los votos. Diego nunca ha dejado muy claro si pensaba ser de nuevo candidato en 2019. Sus adversarios sospechaban que así era. Ahora la duda queda despejada.

Le toca a María José Sáenz de Buruaga tomar el relevo con su triunfo raspado que no llega al 51% de los compromisarios y sin haber ganado el respaldo de los militantes en la votación del 8 de marzo. Un mal antecedente, pero ese es el mecanismo que ha adoptado el PP en sus congresos. A Sáenz de Buruaga le ha costado convencer a su partido de que ella debe estar al frente del cambio necesario, luego de trece años como número dos de Ignacio Diego en el partido y en el Gobierno.

Pero también es cierto que ha sido la única en dar el paso para ofrecer una alternativa y que ha identificado correctamente los problemas: el PP ha sido en los últimos tiempos un partido sin rumbo, que en el futuro debe abrirse a la sociedad y que debe trocar la confrontación por el diálogo con otros partidos, mucho más en estos tiempos en los que las mayorías absolutas son poco menos que inalcanzables. Su gestión en el ámbito sanitario en los cuatro años que estuvo en el Gobierno avala una valiosa disposición al consenso.

Sáenz de Buruaga tiene a la mitad del partido en contra o cuando menos a la expectativa. Dos tercios de los trece diputados del Grupo Popular en el Parlamento, el principal referente de la política regional del PP, han sido sus adversarios en este congreso, entre ellos el propio Ignacio Diego. A dos años de la cita con las urnas en 2019, recuperar la cohesión y la vitalidad en la Cámara y en la vida del partido requerirá la generosidad de todos, vencedores y vencidos, y que la voluntad de integración que ayer prometió una y otra vez la nueva presidenta del PP de Cantabria trascienda de las palabras a los hechos.